Londres ardió y esta vez no se trató de una metáfora literaria o la letra de una canción de rock.
Encapuchados corrieron con bombas molotov en la mano mientras otros cuantos rompieron ventanas de almacenes y saquearon lo que tenían a mano. Voltearon carros, robaron televisores y golpearon gente.
Durante cuatro días, noche tras noche, vándalos convirtieron el verano inglés en un infierno de miedo y amenazas. Manchester, Liverpool y Nottingham se contagiaron y el mundo quedó estupefacto al ver al calmado país convertido en un campo de guerra.
En un año en el que las protestas juveniles han dado paso a grandes transformaciones y a miles de análisis sobre la importancia de las nuevas generaciones en la evolución de las democracias, lo ocurrido en Inglaterra pareció en un principio ir encaminado a la misma idea. Sin embargo, con solo el pasar de unas horas las revueltas ocasionadas por la muerte de un joven a manos de la Policía se volvieron un simple hecho de pillaje y vandalismo.
Mientras en el norte de África las marchas tumbaron dictadores y en España los indignados empiezan a hacer mella en la forma en la que se tiene que ver la economía, en Inglaterra la ola de inconformismo se desvió a la destrucción y la violencia incontrolable.
No es descabellado ni justificador reconocer que bajo los desmanes ingleses existe también un trasfondo de descomposición y desazón social. Un buen porcentaje de jóvenes de la isla no tiene una figura de autoridad, consideran el sistema político un engaño, sufren por el desempleo y no tienen un objetivo a futuro por el cual luchar. Los gobiernos los han olvidado por décadas. La economía, como en buena parte del mundo, es una cadena de desastres, la educación ha subido en costos y la calidad de vida empeora a pasos agigantados.
Ese increíble caldo de cultivo que en otros territorios ha sido el punto de quiebre para pasar la página y construir un mejor país, en Inglaterra fue la cortina tras la cual ocultar una semana de odio.
El gobierno del conservador David Cameron se demoró en actuar y tuvo que reconocer que ahora necesita más mano dura. Si alguno de los miles de jóvenes que salieron a las calles estaba realmente motivado por un cambio social, su grito quedó ahogado tras el humo de sus incendios.
No existió nada inspirador, ni cohesionador, ni altruista en lo que vimos la semana pasada. No hay una sola imagen que pueda refutar la idea de que Inglaterra corre acelerada en medio de un ambiente de descomposición y de desinterés juvenil.
Mientras los silencios de miles de jóvenes españoles inspiran, los gritos y los puños de los jóvenes ingleses preocupan.
Es bien conocido el análisis que dice que cuando los hombres están arropados por el actuar de una horda, atacan sin pensar en las consecuencias. Un solo hombre de 18 años no hubiera sido capaz de romper un vidrio y robar un computador. Cuando lo hace acompañado por otros diez, el imaginario de sentirse apoyado lo hace olvidarse de su responsabilidad.
Cuatro personas murieron y miles quedaron heridas. La bola de nieve que empieza tirando botellas de alcohol se transforma en segundos en vidrios rotos y en gente golpeada. Si los pillos tienen que defender el vandalismo y están juntos, pueden gritar. Si el peligro sube y hay que golpear, golpean, y cuando la adrenalina del descontrol sube y tiene que matar, matan.
Inglaterra cambió en cuatro días porque cayó parte de su inocencia. Sin embargo, a diferencia de las otras protestas que han definido al 2011 aquí no sobresalen respuestas de cambio y quedan flotando miles de preguntas. Lo triste es que en los incendios han terminado por tener tanta culpa los agresores como los gobiernos que por años se han olvidado de la gente.
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