Sobre es una preposición, pero a la vez es una posición. Mi vecino, que es apasionado del mundo de Grecia y de Roma, de Mesopotamia y de las tierras más allá del Sambatión (lugar en que se supone están las diez tribus perdidas de Israel), está de acuerdo. Aclaro que es un anarquista, aunque ya no protesta sino que pica el ojo. Y, con los días, se ha vuelto un buen burgués. Para él, el Metro (palabra que viene de Metropolitano y en otras partes se nombra como Underground, S-Bahn y U-Bahn) es el sistema perfecto de transporte en medio del desorden. No contamina, suena poco, se mueve con un recurso renovable y es puntual. Por esto, dice, es el ideal de la Ética (debe ser porque no estorba). Y no es una cultura sino una civilización. Y un signo de inteligencia porque va de A a B sin enredarse.
Las estaciones de Metro, sean a nivel de la calle, elevadas o subterráneas, son referentes urbanos que tocan con la estética de la ciudad, que no es arte de galería sino el orden necesario para que cada cosa se entienda y mueva sin obstáculos. Hablando de estética, mi vecino se pone rojo o azul, todo depende del ataque. Y cuando menciona estaciones de metro las clasifica: ordenadas como las de Berlín (excepto la de Corbuser Tor); con olor a calle sin pavimentar, como las de México D.F.; mágicas y oscuras como las de Buenos Aires; con aire de cita pecaminosa como las de París; aceleradas como las de New York; rococós como las de Moscú, etc. A las de Medellín, mi vecino las estudia con cuidado y sin entrar a ofender. Por fuera de la línea amarilla pasan cosas, aunque no se saben.
La gente de las estaciones de metro es variopinta. Allí, además de mi vecino (que en ocasiones posa de espía), se ven científicos y vagos, delirantes y enamorados, creyentes y ateos aburridos, filósofos flacos y ancianas gordas, teólogos que huyen del Paraíso y gente que duerme parada. Y no faltan los que tienen hambre o los que van indigestados. Y no sé si algunos muertos, de esos que resucitan al escondido y cada tanto vuelven a las suyas. Sin que falten los traficantes de historias, que son invisibles y quién sabe si estudiaron. Sobre esta fauna y flora sin clasificar, tratará esta columna. Y se hablará de asuntos de cuando existían y no existían las estaciones de metro. Y de cuando el metro (en las mañanas y las tardes) no se llenaba en las primeras dos estaciones, dejando a los otros quietos.
Acotación: una de las líneas de metro más extrañas que conozco es la U-8, de Berlín. Allí la gente aparece y desaparece, muchos cambian de religión en el trayecto y se habla la lengua de la torre de Babel, lo que descontrola a los agentes secretos que piden tiquetes en el momento menos pensado. Es una línea rara.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8