La aprobación del TLC por parte del Congreso de Estados Unidos tiene un gran significado para la política comercial del país, pues dicha nación no sólo es la economía más grande del mundo, sino que ha sido, por décadas, el principal mercado para nuestras exportaciones. Al mismo tiempo, el reto que tienen los aparatos productivos y de servicios es enorme, pues nuestras empresas y nuestros productores tendrán que enfrentar la competencia abierta de sus pares estadounidenses.
Esto hace que, como en todo acuerdo comercial entre países, haya sectores con altos potenciales de mercado y mayores capacidades para competir, mientras que otros podrían verse perjudicados. Pero, al embarcarse el país en esta negociación, bien sabía que, a pesar de esa realidad, el resultado final le deberá ser favorable.
Bajo esta óptica, la agricultura entró a ser parte de la negociación. La premisa que se tuvo es que, aunque la actual estructura productiva agrícola tiene serias dificultades para enfrentar la competencia, existen grandes potenciales que no se han explotado. Por ello, a los sectores sensibles, como los cereales y las oleaginosas, se les otorgaron largos períodos de desgravación, al tiempo que a aquellos con altos potenciales para la exportación, como las frutas y las hortalizas, se les abrieron las puertas del mercado estadounidense.
Hasta hoy Colombia ha desarrollado una agricultura que se soporta en una estructura derivada de la visión de desarrollo que predominó desde principios de la década de los cincuenta del siglo pasado. Ello implicó que, antes que explotar la riqueza y la diversidad de nuestros recursos naturales, se siguieran los patrones de desarrollo de las agriculturas de otras latitudes, lo que le impuso un techo a su capacidad de crecimiento y mostró que, a pesar de su exuberancia, el trópico también tiene sus limitaciones, como lo muestran los resultados productivos de algunos cultivos, como el trigo y la cebada, en los cuales el país tiene grandes dificultades para alcanzar altos niveles de productividad y competitividad.
Sin embargo, y como lo evidencian diferentes estudios, el país tiene claras ventajas comparativas y competitivas en bienes propios de nuestras condiciones agroecológicas. Ejemplo de ello son las diversas frutas u otros productos, como el plátano y la yuca. Según un estudio reciente de Fedesarrollo, en este tipo de bienes, más muchos otros con diversos grados de transformación, Colombia tiene inmensas oportunidades productivas y comerciales, pues las condiciones naturales les son favorables y los mercados externos se caracterizan por su amplia diversidad, alto dinamismo y gran tamaño.
Adicionalmente, y contrario a lo que ocurre en la actualidad, en que el grueso de la producción se concentra en unos pocos productores y regiones, las oportunidades en ese tipo de bienes se dan en las diferentes regiones del país y en su desarrollo participan los pequeños productores. Además, su producción es intensiva en el uso de mano de obra y facilita la agregación de valor directamente en las zonas rurales. En otras palabras, impulsan la transformación regional y son generadoras de círculos virtuosos de desarrollo locales, que es lo que, al final, importa.
Países como Nueva Zelanda o Chile son claros ejemplos de que ello es posible. Más aún, en Nueva Zelanda la transformación implicó un ajuste draconiano en sectores tradicionales, como el lechero y el ovino, a favor del frutícola, pero con ganancias netas en todos ellos.
El TLC con Estados Unidos, aunado a las señales que se están dando respecto al mejor uso de la tierra y mejor acceso a ella, abren una nueva ruta de desarrollo de la agricultura colombiana, que se muestra más promisoria y virtuosa que la que hasta ahora hemos tenido. Esto no le resta trascendencia al inmenso reto que tiene por delante la política agrícola del país.
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