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Trashumantes del grano migran al Suroeste

12 de noviembre de 2009
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Leonardo de Jesús Bermúdez mide dos metros de altura y ahora que lo piensa, fue por simple descuido que se dedicó a coger café y no al baloncesto, donde hubiera triunfado.

Esa desidia le comenzó a pesar cuando vinieron los achaques en su espalda y cintura. Mientras desgrana y habla con su esposa María Joana Montoya, una mujer de apenas 1,45 metros para acabar de ajustar, Leonardo parece un poste encorvado en medio del cafetal. "¡Enano, ahora sí vas a ser famoso!", le gritan desde el otro lado de la siembra.

Es extraño que en Concordia alguien alcance los dos metros y menos un cosechero. Entre averiguaciones, Leonardo supo que tuvo un ancestro de raíces nórdicas que midió 2,22 metros. Ese sí que era una vara.

El sueño de este hombre de 35 años de edad, no está en la NBA y ni siquiera en la Liga de Baloncesto de Antioquia. Su meta es seguir arrancando granitos de la mata, hasta que Dios le dé vida y salud. Así de simple.

No hay un recolector que levante sus ojos por encima de ese sueño, tal vez porque es un estilo de vida que, "una vez los asumís, no lo podés abandonar".

A decir verdad, es mal pago. Los salarios de estos hombres que comienzan la jornada de madrugada y terminan a las 6:00 de la tarde, dependen de la mano con que cojan el café, la pereza que hagan, el lote donde estén y la época del año, dice el dueño de una finca.

En esta cosecha, por ejemplo, un recolector se está haciendo 70 mil pesos semanales, libres de alojamiento y comida. Muy poquita plata para pensar en que en enero deberán tomar un rumbo que a veces se hace incierto.

De 100 hombres que se dedican al oficio, sólo tres o cuatro saben guardar lo que se ganan. Muchos llegan al pueblo los fines de semana y dejan sus pesos al arbitrio de las prostitutas y el licor, reconoce uno de ellos.

No es el caso de don Arcángel Franco Herrera, un viejo de 62 años que todavía se echa al hombro bultos de 70 kilos en una montaña inclinada. Dice que tuvo que empeñar su guitarra puntera en Sevilla, Valle, para poder llegar a Ciudad Bolívar, a tiempo para la cosecha.

Las épocas gloriosas de Arcángel no fueron precisamente gracias a la bonanza cafetera de la década del 80. El esplendor del billete lo vivió en Girardot, Cundinamarca, hace por lo menos diez años de cuenta de impostar a Los Visconti.

Cierto día, dice, venía de coger algodón cuando se encontró con un muchacho que afinaba como los grandes. Arcángel le propuso hacerle la segunda voz, una que había ejercitado en la soledad de los cafetales desde que tenía 7 añitos.

El dueto no fue nada original, por lo menos por el nombre. Se hicieron llamar 'Los Visconti' y comenzaron a recorrer las tabernas vestidos, en ese calor del infierno, con cachaco blanco y pantalón azul oscuro de paño.

En cuestión de dos meses todos tenían que ver con las nuevas promesas tardías de la canción y comenzaron a contratarlos. Arcángel se hacía 100 mil pesos en una sola noche y con eso hasta compró casa.

Pero no fue sino que al muchacho le cogiera ventaja el bazuco y que Arcángel se colgara con las cuotas de la vivienda, para que se acabaran la fama, la plata y la buena suerte.

El corte, como llaman a los pequeños segmentos de los cafetales, esperó al viejo pacientemente hasta que volvió. Hoy, algo desilusionado por los dientes que se le han caído, aún espera por una oportunidad, por una disquera o algo que se le parezca.

María Flor Miranda es oriunda de Popayán y lleva 20 años peregrinando de cultivo en cultivo. Su historia sería la de muchos otros si no fuera porque tiene una hija a la que crió entre las montañas.

Mientras María Flor desmenuzaba la mata de café, la niñita, hoy de 20 años de edad, se entretenía con un oso de peluche acostada en un costal.

Su nombre es Joana Miranda y no tuvo que enrolarse como recolectora, porque sencillamente así creció y nunca estudió ni conoció algo diferente. El primer granito de café lo empuñó cuando cumplió un año y medio. Entre que María Flor avanzaba por la trocha, Joana se iba detrás recogiendo las pepitas.

Joana es bajita, mide 1,43 metros y conserva en su cara esa inefable inocencia de los del campo. ¿Te gusta esta vida? "Es lo único que se hacer", dice. ¿Qué piensas del futuro? "Echar para adelante, mejor dicho, coger café hasta cuando me muera", agrega.

Sin haber tenido nunca un amigo de su edad, en lo único que piensa es en que llegue la noche para irse al cuartel donde los capataces los proveen de alimentación. Luego, dormir y esperar a que llegue el otro día.

Cuando se acabe la cosecha, María Flor se irá con su hija para Vegalarga, Huila, a las fincas donde hasta la guerrilla la conoce de tiempo atrás. Y así pasará una semana y otra, hasta cuando menos piense se le acabe la vida que ella misma eligió.

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