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Tres anotaciones sobre los comicios

  • Michael Reed H. | Michael Reed H.
    Michael Reed H. | Michael Reed H.
17 de marzo de 2010
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Tristes elecciones, estas últimas, por al menos tres razones. Los resultados representan la ignorancia o el rechazo de las valientes acciones del Poder Judicial por hacer frente a conductas criminales cometidas por la clase política. Algunas votaciones reflejan una tendencia marcada de respaldo a mentalidades que piden mano dura recargada frente a la problemática social y política del país. Y los resultados evidencian, además, un desvanecimiento del espectro político y su estructuración en torno a proyectos personalistas.

Primero, y de mayor gravedad, los resultados confirman que fueron elegidos varios de los herederos de los parapolíticos o personas que están siendo activamente investigadas por sus vínculos con paramilitares. Por ejemplo, sólo en el Partido de la U, nueve de los elegidos están bajo investigación en la Corte Suprema por parapolítica. Claro que la presunción de inocencia es válida, con fines penales, pero preocupa que al electorado no le alarme la existencia de estos antecedentes ante la gravedad de la información que sale en las sentencias condenatorias.

Las implicaciones regionales son gravísimas. A manera de ejemplo, en la Costa Atlántica: o al electorado no le importó que la Corte Suprema haya declarado a Álvaro García Romero culpable de paramilitarismo y de ser el máximo responsable de delitos atroces, o el aparato organizado de poder sigue en firme y logra por medio de la violencia coercitiva imponer su visión de región, o una desconocida (Teresita) logra conseguir milagrosamente más de 48.000 voticos. El caso de la familia García Romero se extiende a otro hermano, el también condenado por paramilitarismo ex senador Juan José Romero, y esposo de la también investigada senadora Piedad Zuccardi de García (y, ahora, reelecta).

Con el fin de ir más allá de un caso familiar, cabe destacar un caso partidista: los elegidos por el Partido de Integración Nacional (PIN) tienen todos vínculos con Enilce López, Juan Carlos Martínez o Luis Alberto Gil. ¡Ay de la Costa, y ay del Valle! Y, ¡ay (en general)! Este es el Congreso que se acaba de elegir.

Segundo, el éxito contundente de candidatos con campañas alarmistas frente al riesgo del crimen y mediante la promoción de métodos crueles de castigos también debe ser objeto de introversión. Tanto por los que clamaron por castigos potentes contra monstruos -como Gilma Giménez Gómez (con sus aplastantes 188.000 votos) o Simón Gaviria (con su joven e irreflexivo discurso frente a la cadena perpetua)- como por los que sólo ven salida en más guerra -y la lista es extensa- debe preocuparnos que se favorezcan salidas violentas y mágicas a problemas sociales y políticos que son estructurales y de tan largo aliento. El favorecimiento de salidas de mano dura no es una tendencia netamente colombiana; está bastante generalizada en el mundo. No obstante, el punto de preocupación es que los colombianos piensen -y por el respaldo obtenido parece que muchos piensan- que con mano dura se puede responder de manera efectiva a problemas sociales y políticos, tan complejos como la criminalidad sexual y el conflicto armado. Sé que es un poco exótico mezclar a rebeldes con violadores reincidentes en una misma frase, pero no soy yo quien mezcla peras con manzanas; es la tendencia a pensar que con una promesa de inflación penal, los criminales dejarán de cometer delitos.

Tercero, los resultados de las elecciones reflejan la pérdida de cualquier noción de conciencia colectiva en lo político. La mayoría del electorado no votó en respaldo de ciertas ideas, no votó por una visión de izquierda o de derecha, no votó ni siquiera por un partido. La mayoría del electorado fue polarizado en torno a un paradigma personalísimo: uribista o anti-uribista. Lo triste de la división es que no es claro qué es lo uno y qué es lo otro. El "otoño del patriarca" nos tiene sumidos en un desesperado baile de avales e imitaciones que tiñe el campo de la cosa pública con motes y clichés personalistas. El debate político se perdió.

Y, como colofón inevitable, la verdad, y aunque duela: la mayoría del electorado no votó o su voto no contó o, sencillamente, vendió su voto al mayor postor. Tristes elecciones, estas últimas.

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