Los cuarenta años son los nuevos veinte, decían por ahí en alguna película. Al menos para los hombres parece funcionar más esta juguetona sentencia, seguramente diseñada para reconfortarlos en ese momento crítico de sus vidas. Pero éste no es el caso de los protagonistas de esta cinta, quienes se encuentran no tanto experimentando un nuevo impulso en sus vidas, sino más bien en una encrucijada existencial.
Esta película se propone reflexionar sobre ese momento en la vida de los hombres, cuando sus cuarenta años de existencia parece obligarlos a hacer balances. Y esta reflexión no es desde la perspectiva de aquellos que satisfactoria y felizmente le sacan provecho a sus "nuevos veinte", sino desde la mirada de tres hombrecitos que parecieran querer volver a tener veinte, más que para vivirlos de nuevo, para corregir el rumbo.
A este recurso de tres miradas a los cuarenta años masculinos se suma un paralelo que atraviesa toda la trama, y es el que se hace con la vida de ellos mismos, pero en su juventud, cuando están llenos de sueños y propósitos. Es este contraste entre los jóvenes y los viejos el que más mal parados deja a los personajes, el que evidencia su estado de frustración y ese vacío de lo irrecuperable.
Este sentimiento de frustración cruza todo el relato y es sólo interrumpido por fugaces momentos de charla, complicidad y camaradería. Porque tienen ante sí el balance de más de la mitad de sus vidas y parece que no tienen nada: únicamente algunas comodidades materiales, ilusiones rotas, la maldita nostalgia, promesas incumplidas y, cual adolescentes con calva y panza, desorientación existencial.
Hasta aquí este texto parece complacerse con lo visto en la película, sin embargo, todo eso está enunciado sólo a partir de sus componentes, del guión y la puesta en escena. Decirlo es muy distinto que hacerlo y es en ese trance donde se decide la buena o mala afortuna de una historia de cine. En este caso, se trata más bien de la mala fortuna, pues la materialización de esas ideas enunciadas no son tan eficaces en términos narrativos y de factura.
La historia que cuenta este filme es el encuentro de tres amigos en una casa de campo durante un día. Salvo por esos flashbacks que le echan una mirada a su ensoñadora juventud, la necesaria dinámica del relato es construida a partir de los diálogos, lo cual puede ser una desventaja si no están bien escritos, si no encuentran el tono propio o si los actores no consiguen defenderlos.
En este caso sucede un poco de todo, es decir, buena parte de esos diálogos funcionan muy bien porque alcanzan a ser divertidos y hasta lúcidos, por momentos logran transmitir lo que quieren y dejar en claro lo que sienten estos hombres y la lógica de ese proceso que están viviendo, la cual pretende ser representativa de las vivencias de muchos otros hombres.
Pero por otro lado, también hay momentos en que esos diálogos se antojan forzados, pues fueron diseñados para echar discursos furibundos o provocadores, para hacer explícitas las tesis que la película y su director quisieron plantear. Es por eso que la película nunca deja que el espectador esté cómodo con esta historia y sus personajes.
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