Sólo tres horas más tarde de que la administración de Barack Obama le anunciara al mundo que sus tropas se replegarían en Irak, la incertidumbre quedó de manifiesto cuando un carro bomba mató a 30 personas en un nuevo atentado en Kirkuk.
La situación en Irak no es fácil ni lo será a mediano plazo. El país político, económico y social aún no vuelve a la normalidad y la presencia militar extranjera generaba cierta "estabilidad". La cicatriz abierta por la larga intervención estadounidense no ha sanado y con el paso de los días tiende a abrirse, pues varios grupos nacionalistas de todos los frentes en disputa quieren demostrarle al mundo que gracias a su accionar bélico las tropas americanas han decidido empezar a irse de su país.
Obama prometió en campaña revisar la presencia de sus tropas en Irak y les está cumpliendo a sus electores, pero la situación en el país asiático no se ha estabilizado y lejos de hacerlo está sumido en una espiral de violencia.
Es iluso pensar que cuando los marines se vayan, todo volverá a la calma. Máxime si se observa con cuidado lo que está sucediendo en Afganistán, en donde el talibán ha pasado del retiro de sus militantes al ataque frontal a las fuerzas internacionales que intervinieron hace unos ocho años.
Los militares estadounidenses han jugado un papel fundamental en la resolución de situaciones bélicas en los países asiáticos, y aunque hayan cometido muchos errores, su papel es loable en términos de estabilización política y control de violentos que amenazan Estados aparentemente soberanos.
El anunciado repliegue militar en esa región debe tomarse con mucho cuidado, pues la situación en Irak, Irán y Afganistán, más que mejorar tiende a empeorar.
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