¿Quién era Atanasio Girardot, el prócer que se robaron en el Centro de Medellín?

  • Busto de Atanasio Girardot en el Centro de Medellín. FOTO CORTESÍA MUSEO DE ANTIOQUIA
    Busto de Atanasio Girardot en el Centro de Medellín. FOTO CORTESÍA MUSEO DE ANTIOQUIA
ESTEFANÍA CARVAJAL RESTREPO | Publicado el 11 de agosto de 2017

Cuando los paisas escuchan el nombre de Atanasio Girardot, probablemente piensan en el estadio municipal que ha sido testigo de lágrimas y alegrías de los hinchas del Nacional y del Medellín.

Algunos, quizás, recuerdan el colegio del que se graduaron -pues hay dos con el mismo nombre en el norte del Valle de Aburrá-, y tal vez otros se imaginan las calles de Girardota, ese municipio del Área Metropolitana que es más famoso por los milagros del Señor Caído que por el militar antioqueño al que le debe su nombre.

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El pasado jueves, 204 años después de su muerte, el abogado y militar Manuel Atanasio Girardot Díaz, nacido en San Jerónimo y educado en la sabana de Bogotá, volvió a ser noticia. No por sus hazañas de hace dos siglos -casualmente, hoy se celebra el aniversario del grito de independencia de Antioquia-, sino porque tres vándalos se robaron a plena luz del día el busto que le hacía honores en las afueras de la iglesia de La Veracruz, en el Centro de Medellín.

¿Será que los ladrones saben que el rostro de bronce es el de es Atanasio Girardot? Es más: ¿cuántas veces ha pasado usted por La Veracruz sin percatarse siquiera de la presencia de la estatua? Hagamos una prueba:

Atanasio Girardot era hijo de un francés que se dedicaba a la minería y de Marta Josefa Díaz, antioqueña de pura cepa. Se graduó como abogado del Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario de Bogotá en 1810 y desde ese año, hasta el día de su muerte, dedicó todos sus esfuerzos a luchar por la independencia de Colombia y Venezuela.

Primero, Girardot se fue en una expedición para el sur de Colombia, peleó en la batalla del Bajo Palacé y consiguió liberar a Popayán, el 28 de marzo de 1811.

Lo que hoy es historia patria en ese momento fue casi un milagro: el antioqueño tenía un pequeño frente de 75 soldados -ubicados, eso sí, en un puente estratégico-, mientras que el enemigo contaba con un ejército de 2.000 hombres comandados por un español de apellido Tacón, al que apodaban “el tirano de Popayán”.

Con las uñas, Girardot venció al “tirano” y les pegó un susto a los enviados de la corona española, que por fin entendieron que eso de la independencia iba en serio y que los criollos ya no comían cuento de la monarquía. Lo del florero de Llorente no había sido sólo un chisme santafereño.

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Una vez de vuelta en Bogotá, el presidente del Estado Libre de Cundinamarca, Antonio Nariño, elevó a Girardot al grado de capitán: un ascenso más que merecido después de la épica batalla del Bajo Palacé.

En ese momento, además de la amenaza española, los criollos de la independencia ya estaban peleando entre sí porque los unos querían un estado federal y los otros pretendían formar un gobierno centralista con capital en Bogotá -el tiempo de la famosa Patria Boba-. Así, Nariño mandó a Girardot a someter a las provincias federalistas de Tunja y El Socorro, en lo que hoy es Boyacá y Santander.

Sin embargo, Girardot traicionó a Nariño y se unió a las filas del otro bando: un ejército federal de las Provincias Unidas que fue vencido en Bogotá en enero de 1813.

Como ya no tenía nada que hacer en Colombia, Girardot se unió a la Campaña Admirable de Simón Bolívar en Venezuela. En menos de un año, el antioqueño liberó las ciudades de Trujillo, Mérida y Caracas, en heroicas batallas que todavía son recordadas en los países de bandera tricolor.

En la capital venezolana, y cuando estaba en el mejor momento de su carrera militar, a Girardot lo visitó la parca. Murió el 30 de septiembre cuando la bala de un fusil lo alcanzó mientras colocaba la bandera de la independencia en el territorio conquistado, en plena batalla de Bárbula. El coronel tenía apenas 22 años.

El cuerpo del antioqueño fue sepultado en la iglesia Matriz de Valencia (Venezuela), pero Bolívar ordenó que su corazón fuera enterrado en una urna en la catedral de Caracas.

Años después, cuando Colombia y Venezuela fueron repúblicas hechas y derechas, el nombre de Atanasio Girardot apareció por todas partes: en los estadios, en las calles, en los barrios, en los colegios, en las plazas, en los batallones del Ejército venezolano y en los municipios de Colombia.

Hasta en Buenos Aires, Argentina, hay una calle que se llama Atanasio Girardot (¿será que allá sí pasan la prueba?).

Contexto de la Noticia

Estefanía Carvajal Restrepo

Soy periodista del área digital de El Colombiano. Si la vida no me hubiera arrastrado hasta el periodismo, tal vez habría sido bailarina.

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