Las historias de los agentes que se infiltraron en el crimen

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Por nelson matta colorado | Publicado el 16 de abril de 2018
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Las historias de un detective que perdió su matrimonio por infiltrarse en una red de narcos, y de un soldado que pasó 12 años encubierto detrás del “Mono Jojoy”.

En tiempos de los ataques con drones, el espionaje satelital y el hackeo electrónico, la inteligencia humana sigue teniendo un valor incalculable.

Y en particular aquella realizada por agentes encubiertos, hombres y mujeres que están tras las líneas enemigas, metidos en la boca del lobo.

En Colombia hacen operaciones encubiertas la Dirección Nacional de Inteligencia (DNI), la Policía y las Fuerzas Militares. Los procedimientos son reglamentados por la Ley de Inteligencia y Contrainteligencia (1621 de 2013), el Código de Procedimiento Penal (artículo 242), directrices ministeriales y decisiones de la Junta de Inteligencia Conjunta (JIC).

Gracias al coraje de estos agentes, se han dado importantes golpes a las guerrillas, carteles y bandas que azotan al país hace décadas.

El presente trabajo periodístico reúne cuatro historias de miembros de la Fuerza Pública que se infiltraron en grupos criminales. Unos lograron su propósito y salieron ilesos, otros sacrificaron su vida o su hogar en esa misión.

El policía campesino que se infiltró en el Clan del Golfo

Objetivo: alias “Tommy”

“Entre los integrantes de la banda, se decía que si pillaban a un sapo, lo picaban. Yo no les creía, hasta que me contaron la historia de ‘Willy’, un antiguo compañero de ellos, y me mostraron por celular las fotos de sus piernas, brazos y partes descuartizadas. Ahí tragué saliva y pensé que eso me podía pasar a mí si me descubrían”.

El policía Meléndez*, de 29 años, tiene vivo el recuerdo de esa experiencia, pues estuvo 12 meses como agente encubierto en la organización criminal Clan del Golfo. Fueron tiempos brutales, en los que su vida estuvo al borde del precipicio. Su relato continúa así:

“Me asignaron la misión en junio de 2016. El objetivo era identificar a los cabecillas y miembros del frente Jorge Iván Arboleda, una subestructura del Clan que delinque en el Nordeste y el Magdalena Medio antioqueño y se dedica a las extorsiones, narcotráfico, sicariato y minería ilegal de oro.

La fachada era entrar a la zona como empleado de finca. Fui escogido porque conocía esos municipios y me crié en una vereda con campesinos, conozco las labores del campo.

Llegué a pedir trabajo y me colaboraron en una finca. La jornada era de 7:00 a.m. a 4:00 p.m., ordeñando vacas, curando terneros, alambrando el predio y voliando azadón.

Una vez llegó una escuadra a la finca, con alias ‘Hernán’, el cabecilla militar, y siete escoltas. Descansaron ahí. Fue la primera vez que lo vi, y le reporté a mi oficial de control la clase de armamento que llevaba y su descripción física.

A los cuatro meses ya conocía a los ‘puntos’, así les dicen a las personas que hacen la vigilancia en lugares fijos. Para ganarme su confianza les avisaba si veía policías o gente rara en el pueblo.

Cuando se cumplieron seis meses de estar en la zona y ellos estaban acostumbrados a mi presencia, me ofrecieron $480.000 para ser campanero. Esa fue mi entrada a la organización. Con el tiempo me dejaron ir a los campamentos y así conocí a ‘Tomy’, el máximo jefe del frente, y a su hermano ‘Brandon’”.

UNO MÁS DE ELLOS

“Me reclutaron en enero de 2017, por un pago de $800.000 mensuales, y me volví patrullero del Clan del Golfo en el monte. También hacía de pájaro, que es como ellos le dicen a los escoltas de civil, y acompañaba a ‘Hernán’ a todas partes, le hacía compras y le recogía en Vegachí a las prostitutas que llegaban de Medellín, muchachas entre 18 y 23 años, no tan bonitas.

La rutina con ellos no era fácil. Había exparamilitares despiadados que no tenían corazón, y algunos miembros que fueron enlistados con engaños y lloraban porque si desertaban eran hombres muertos. Cuando en la escuadra formábamos filas, vi cómo castigaban sin piedad a su tropa. A un pelao lo acusaron de sapo y le dieron la pela: el comandante lo golpeaba a culatazos de fusil, patadas, puños y con palos, o lo ahorcaban hasta que se desmayaba; el que quisiera se podía unir a la golpiza. Yo me quedé quieto, mirando cómo entre seis le cascaban al muchacho.

Uno de los momentos de más riesgo fue en marzo de 2017, cuando nos ordenaron ir a Yondó a pelear contra el Eln, para recuperar el control de ese municipio. Nos desplazamos durante 15 días, con armamento pesado, y yo pensaba ‘¿qué voy a hacer aquí?’. Había probabilidades de morir, porque en la Fuerza Pública al menos hay un respaldo, aquí no sabíamos nada. Por suerte, cuando estábamos en Puerto Berrío, cambiaron la orden y mandaron a otro frente.

Cada que podía me comunicaba con el oficial de control, vía chat de celular, para informarle lo que pasaba. Yo tenía un bolso y una riñonera equipadas con cámaras diminutas, y un marcador satelital en una bota. Con eso marcaba las coordenadas de los sitios donde acampábamos.

Para junio de 2017 ya había identificado a 60 integrantes. Mi misión llegaba a su fin, pero aún quedaba pendiente mi escape. ¿Cómo lo iba a hacer, para no levantar sospechas?

El oficial de control me advirtió que unos pelotones del Ejército estaban llegando al área. El miedo era que se armara una balacera, porque ahí nadie pregunta quién es quién. Tenía que irme ya, como fuera.

Por pura coincidencia, estábamos haciendo un desplazamiento por la selva, me caí y aporrié el tobillo. Aproveché la situación, exageré el dolor y le dije al jefe de escuadra que no podía caminar. Me dijo que yo era un debilucho, un perroculo y me dio puñetazos en el estómago. Me pateó en el suelo, me quitó el arma y el camuflado, dejándome descalzo y en pantaloneta.

Cuando se fueron y me dejaron atrás, caminé varias horas y salí a una vereda de Maceo. Llegué a una finca y me regalaron botas y una sudadera, pero por miedo, porque sabían que yo era del Clan del Golfo. Después fui al corregimiento La Susana, donde estaba el Ejército, y me les entregué, simulando una desmovilización para que el cuento fuera redondo. Estando en la guarnición militar llamé a mi jefe y este le contó la situación al coronel del batallón, y mis compañeros fueron a recogerme con el pretexto de judicializarme. Así pude salir de la zona.

Gracias a la información que conseguí durante ese año de encubierto, la Policía hizo cuatro operaciones contra el frente Jorge Iván Grisales. El 14 de mayo de 2017, en Yalí, fue capturado Heder Cabrera Quejada, alias ‘Hernán’, con siete subalternos y un arsenal; el 19 de junio siguiente detuvimos a otros nueve en Yolombó y San Roque, aunque en el procedimiento ellos nos mataron al patrullero Luis Javier Ruiz Palomino.

El 18 de enero de 2018, en una finca de la vereda La Alondra de Yalí, fue dado de baja el jefe William Soto Salcedo (’Tomy’) y un escolta que le decían ‘Gorra’. Y el 9 de marzo capturamos a Heiner Soto Salcedo (’Brandon’), en ese mismo municipio.

Me acuerdo que en las reuniones, ‘Tomy’ siempre decía que él no se iba a dejar coger, que primero se hacía matar. Uno no se alegra por la muerte de nadie, pero yo soy del campo, sé cómo sufren los campesinos por culpa de estos grupos. Por eso completar esta misión fue gratificante”.

Alias “Tomy” (en el recuadro) y su escolta “Gorra” murieron en un enfrentamiento con la Policía, en el municipio antioqueño de Yalí. FOTOS CORTESÍA
Alias “Tomy” (en el recuadro) y su escolta “Gorra” murieron en un enfrentamiento con la Policía, en el municipio antioqueño de Yalí. FOTOS CORTESÍA

UNA TRAICIÓN CONVIRTIÓ EL OPERATIVO EN TRAMPA MORTAL

Objetivo: alias “Megateo”

“La operación fue planeada correctamente, el problema es que se rompió el secreto”, confesó el entonces director del DAS, Andrés Peñate, asumiendo responsabilidad por una de las más grandes calamidades que haya padecido la Inteligencia colombiana en su historia.

La tragedia comenzó cuando el informante Óscar Murillo se acercó al organismo estatal, en enero de 2006, diciendo que podía facilitar la captura del exguerrillero y narcotraficante Víctor Ramón Navarro Serrano, alias “Megateo”, cabecilla del frente Libardo Mora Toro, una disidencia del Epl. Este hombre delinquía en la región del Catatumbo, limítrofe con Venezuela, una zona de orden público complejo, donde también actuaban las Farc y el Eln. Entrar allí era muy difícil, por eso no había que perder esta oportunidad.

“El caso se lo dieron a mi compañero José Elvar Cárdenas Bedoya. Él era todo un señor, de mucha experiencia, con unos 17 años de servicio”, relata el detective Pares*, quien conoció los detalles de lo sucedido.

José Elvar, por intermedio del informante Murillo, contactó a “Megateo”. Su fachada era la de un traficante de armas, y tras varias semanas de negociación, se pactó la venta de un lote de 50 fusiles.

El plan del DAS era capturar al objetivo durante la entrega del arsenal, el 20 de abril de 2006. Para el procedimiento se eligieron 10 detectives con entrenamiento táctico de combate y seis militares de Fuerzas Especiales, que se reunieron un día antes en el batallón Santander, en Ocaña.

En la base acondicionaron el caballo de Troya: un camión 600 de estacas que transportaba guacales, en cuyo interior iba acondicionado un cajón blindado. Adentro de esa bóveda irían los soldados y ocho agentes armados hasta los dientes, cada uno con 15 proveedores de munición.

“El cajón blindado se usó antes, dentro de un carrotanque de leche. Salimos a cazar retenes de la guerrilla en la vía de Florencia a San Vicente, en Caquetá”, detalla el funcionario.

Si todo salía según lo pensado, “Megateo” llegaría con dos escoltas al punto de encuentro, y ahí serían capturados. En caso de que hubiese una balacera, los uniformados podrían aguantar 10 minutos dentro de la cápsula acorazada, hasta que llegara el apoyo. Cerca del sitio estarían tres pelotones de la Brigada 30 del Ejército y otros 30 detectives, como respaldo del grupo principal.

Al amanecer del día señalado, el camión partió a su destino, un paraje rural en el municipio de Hacarí, Norte de Santander. El conductor era el investigador Jesús Antonio Rodríguez y de copiloto iba José Elvar.

A las 9:30 a.m. pasaban por una carretera destapada del sector Mesa Rica, cuando dos bombas sacudieron el mundo. El vehículo se destruyó como una cáscara de huevo en un puño cerrado. Nadie sobrevivió.

Los equipos de reacción acudieron de inmediato, pero explotó una tercera bomba a 500 metros del estallido inicial. La onda arrojó por los aires un tronco de árbol, que impactó entre el cuello y la cabeza al cabo segundo Jorge Ayure Rátiva, quitándole la vida. Luego se armó un tiroteo con los disidentes, que duró hasta el crepúsculo y dejó tres heridos.

Cuando por fin llegaron al punto de la tragedia, encontraron las latas retorcidas del camión, incrustadas en la ladera de la montaña. El estado de los cuerpos era indescriptible. Las láminas blindadas quedaron separadas por toda la escena y, sobre una de ellas, los verdugos dejaron su firma con aerosol rojo: Epl.

Según archivos de prensa, las víctimas, además de José Elvar, Jesús Antonio y el cabo Ayure, fueron los detectives José Acosta, Alexis López, Dubián Moncada, Oliverio Cañón, Luis Albarracín, John Castellanos, Rubén Vacca y José González; el sargento segundo Alfonso Catalán, el cabo Norberto Burgos y los soldados Luis Gutiérrez, Julio Ochoa, Edwin Ramírez y Carlos Cordero.

“De Recursos Humanos mandaron sicólogos a todos los grupos del DAS. Fue un momento muy difícil”, añade Pares.

EL CONTRAGOLPE

Era claro que lo sucedido en Hacarí había sido una trampa, ¿pero dónde estuvo la fuga de información? En los meses siguientes, varios agentes encubiertos fueron enviados a la zona, unos como campesinos, otros de transportadores y comerciantes. El primer hallazgo fue el cuerpo del informante Murillo, que estaba como NN en un cementerio de Ocaña. Sus asesinos lo torturaron, le quemaron los dedos para borrar las huellas digitales y le arrancaron la cara.

La segunda pista obtenida en el terreno fue que un tipo apodado “Rastrillo” le había vendido a “Megateo” la información sobre el plan de captura, por lo que el capo pudo preparar la celada mortal.

“Rastrillo” era un soplón que trabajaba para el mejor postor. Fungía de cooperante del Ejército, incluso salía uniformado con la tropa para conducirla a caletas y laboratorios de drogas en el Catatumbo, pero también filtraba secretos al enemigo.

El día en que los funcionarios acondicionaron el camión, él estaba presente en el batallón Santander, y así se enteró de la trama.

“Yo estuve cuando capturamos a ‘Rastrillo’ allá en el batallón, en diciembre de 2006. Iba a salir con los soldados, pero lo hicimos llamar a la oficina del comandante y allá le pusimos las esposas. Luego lo llevamos a un kiosko, mientras llegaba el transporte. Me tocó ver cómo llegaron varios de mis compañeros y, uno por uno, le daban cachetadas”, dice la fuente.

En el mismo operativo fueron detenidos 15 integrantes de la red de apoyo de “Megateo”, aunque él se les escapó en ese momento y en otras dos oportunidades: en un choque armado sobrevivió a un disparo en el abdomen; y cuando se lanzó del volco de una camioneta en la que lo llevaban esposado.

“El DAS lo persiguió hasta el último día, hasta que el Gobierno desmanteló la institución en 2012”, acota Pares.

“Megateo” no se salió con la suya. Nueve años más tarde otros agentes encubiertos del Ejército infiltraron su anillo de seguridad, esta vez con la fachada de vendedores de explosivos. El 2 de octubre de 2015 acordaron una cita en un predio del corregimiento San José del Tarra, en Hacarí. Y cuando estaba dentro de una caseta que funcionaba como armerillo, le hicieron explotar una de las bombas que le iban a vender.

Cuando el rumor de esa muerte se esparció, el DAS no existía, mas quedaban las marcas de aquel brutal atentado en sus antiguos integrantes. Pares no pudo evitar sentirse aliviado.

*Nombres cambiados por protección de las fuentes

Así quedó el camión en el que se desplazaban los 10 detectives y seis militares que iban a capturar a “Megateo” (recuadro), en Hacarí, Norte de Santander. FOTOS: CORTESÍAS
Así quedó el camión en el que se desplazaban los 10 detectives y seis militares que iban a capturar a “Megateo” (recuadro), en Hacarí, Norte de Santander. FOTOS: CORTESÍAS

Contexto de la Noticia

Egresado de la U.P.B. Periodista del Área de Investigaciones, especializado en temas de seguridad, crimen organizado y delincuencia local y transnacional.

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