Los héroes de las avalanchas en Manizales

  • Los recuerdos de otra avalancha llevaron a Víctor Vásquez al lugar de la tragedia. FOTos manuel saldarriaga
    Los recuerdos de otra avalancha llevaron a Víctor Vásquez al lugar de la tragedia. FOTos manuel saldarriaga
  • Óscar Pérez corrió para salvar su vida y luego no fue capaz de dejar atrás a sus vecinos, regresó pasa sacar el lodo de su barrio y ayudar a los damnificados.
    Óscar Pérez corrió para salvar su vida y luego no fue capaz de dejar atrás a sus vecinos, regresó pasa sacar el lodo de su barrio y ayudar a los damnificados.
Por JULIÁN AMOROCHO BECERRA | Publicado el 21 de abril de 2017

Para llegar a la parte baja del barrio Persia, hay que recorrer una serie de escalones y senderos empinados, como los cientos que hay en Manizales, caminos que atraviesan un valle hecho por dos lomas tapizadas por casas. El panorama era de ranchos sostenidos por palos de guaduas, que vistos desde abajo parecían palillos que en cualquier momento podían ceder y así fue.

Tras la avalancha que cayó en la madrugada de este miércoles, este valle ahora lo interrumpe una montaña de barro de la que aún sobresalen los restos de mecedoras, juguetes y muebles.

Los vecinos, reprimiendo los bostezos por la falta de sueño, se resisten a abandonar la escena, están acompañados de amigos, hermanos y primos que, junto a los cuerpos de Bomberos, Ejército, Policía y Rescate, llevan más de 24 horas con palas tratando de abrirse paso entre la tragedia.

Estas son sus historias .

EN DEFINITIVA
A estos hombres no les importó arriesgar su propia vida por ayudar a los demás, en medio de la noche, la lluvia y el lodo corrieron a la zona más afectada para evitar más muerte y dolor.

Contexto de la Noticia

Trabajando entre recuerdos en Malabar

A las 3:00 a.m. del miércoles llegó Víctor Alejandro Vásquez junto con un equipo, el Grupo Especial Rescate, GER, al barrio Malabar, alertado por las llamadas de vecinos que imploraban ayuda porque la montaña se les había venido encima.

Aún entre la oscuridad, no pudo alejar los recuerdos del 5 de noviembre de 2011, cuando otra avalancha dejó sin vida a 48 personas en Cervantes, otro barrio de Manizales que queda a 20 minutos de Malabar.

En aquellos días, Vásquez llevaba ya seis años trabajando con el GER, y por ello le tocó lidiar con uno de los desastres más fuertes que han golpeado a la capital de Caldas en los últimos tiempos.

“Es difícil esto, porque me recuerda las otras tragedias. Uno no tiene un trauma sicológico, pero aún así hay un estrés y un cansancio físico y mental”, explica soltando las palabras con rapidez, como si estuviera dando un reporte a sus superiores.

Vásquez explica que los rescatistas no son impermeables ante el dolor de una tragedia, pero la experiencia lo llama a actuar primero y meditar después”.

“Mientras unos corren, otros entramos”, asegura, al recordar los primeros minutos tras llegar al barrio afectado.

En ese momento todo fue confusión y peligro. La comunidad, enloquecida por el miedo, corría de un lado a otro sin saber si volver a sus casas, auxiliar a los que estaban gritando o si salir huyendo.

“Ya uno no entra a la loca, hay más respeto con las avalanchas y toca empezar a calmar a la comunidad”, manifiesta, aunque recalca que la posibilidad de que caiga más tierra mientras trabajan les generaba zozobra.

Poco más de 24 horas después, hacía las 7:00 a.m. de ayer, Víctor Alejandro se encuentra recostado sobre una pared desde donde se ve, en medio de la neblina y el frío, la magnitud del derrumbe en otro barrio, el González. Alrededor están otros hombres del GER, ahorrando energías para cuando den la orden para entrar y continuar el rescate. Se dice que debajo de ese lodazal habrían otros tres cuerpos.

El llamado se da y antes de partir, recuerda su mantra para todas las ocasiones: “Uno no piensa en su seguridad, sino en ayudar a toda la gente”.

El héroe anónimo de Aranjuez

Lo recuerdan como “un vecino”, pero no se aventuran a decir un nombre. Sin embargo, quienes viven en la calle 40 del barrio Aranjuez, que fue arrasada de tajo por la violenta avalancha del cerro en el occidente de Manizales, aseguran que sus gritos les salvaron la vida a muchos.

Recuerdan que en medio de la lluvia que no cesaba y con los golpeteos de las piedras sobre los techos que hacían presagiar lo peor, un grito de alerta atravesó la penumbra, pues hasta la luz se había ido.

“El vecino gritaba: ¡que salgan, que se vino la avalancha!, venía corriendo desde abajo, sacando la gente”, cuentan.

Atrapado entre dos avalanchas

Cuando el alud arrasó con todo, Óscar Pérez, a quien conocen sus vecinos como ‘Cachaco’ ya estaba despierto y atento al agua que escurría por la loma en donde se ubica el barrio.

“Todos salimos listos para ayudar y lo primero que hicimos fue quedarnos muy callados, para tratar de escuchar a alguien pidiendo auxilio”, asegura este hombre de algo más de 1,6 metros, a quien al parecer el frío no le afecta.

Eran aproximadamente las 2:30 a.m. del miércoles y en ese estado de alerta estuvieron, Cachaco y sus vecinos, algo más de una hora.

Sin embargo, hacia las 3:30 escucharon otro estruendo, esta vez más fuerte y a sus espaldas. El desprendimiento de la montaña en la parte alta del barrio acabó con la relativa calma en la que intentaban encontrar posibles víctimas.

“Ahí en ese momento nos enloquecimos. Todos salimos corriendo, ¿pero para dónde? la tierra se nos vino encima por lado y lado”, cuenta señalando los dos extremos de la calle en donde estuvo trabajando las últimas horas para tratar de sacar a las víctimas que devoró la avalancha.

Cachaco, presa también del pánico, agarró a su hermana y dos sobrinos, con los que vivía y se apresuró loma abajo hasta un barrio llamado Villaluz, en donde vive una hermana. “Yo dije: nos llegó la hora. Ya me veía muerto”.

Poco pudo quedarse en la casa. “Yo tengo 54 años y he vivido 46 en este barrio. Conocía a todos los habitantes. Entonces me devolví. A mi me nació porque, como dicen, hoy por ti mañana por mi”.

Pasadas las 4:00 a.m. llegó este hombre al barrio y cuando salió el sol empezó a sacar barro. Una labor desgastante y lenta, pero necesaria en un sitio que, por su topografía, es de difícil acceso para la maquinaria pesada.

Desde entonces no ha parado, salvo para comprar algunas curitas para los dedos. “Las carretillas están ya astilladas y lastiman”, dice aunque reconoce que no quiere parar.

¿Por qué?, pues porque detenerse es recordar. “Uno puede ser muy echado pa´ lante, pero ante esto, uno siente pánico y angustia por todos los que fallecieron. Hay mucho sentimiento, por ver que se mueren los amigos de uno”, dice y le flaquea por primera vez la voz.

No le dura mucho. Acto seguido, parece recordar que el trabajo no ha terminado, se sacude las manos para ver que las curas hayan quedado bien agarradas a las ampollas y se marcha, no antes de recordar que “bendito Dios que no nos pasó nada”.

Julián Amorocho Becerra

Periodista bumangués del área digital de El Colombiano. Busco historias que demuestren que la realidad siempre supera a la ficción.

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