“No le tengo miedo a la historia”: Belisario Betancur

  • Entrevista inédita al expresidente Belisario Betancur realizada por Martha Ortiz Gómez, directora de EL COLOMBIANO, el 7 de enero de 2015, en su casa en Barichara, Santander. Fotos Emanuel Zerbos.
    Entrevista inédita al expresidente Belisario Betancur realizada por Martha Ortiz Gómez, directora de EL COLOMBIANO, el 7 de enero de 2015, en su casa en Barichara, Santander. Fotos Emanuel Zerbos.
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  • “No le tengo miedo a la historia”: Belisario Betancur
Por Martha Ortiz Gómez, directora de EL COLOMBIANO | Publicado el 17 de diciembre de 2018

Por las curvas del bello Chicamocha, y en los aires armoniosos de Barichara, se dio esta entrevista que el presidente Belisario Betancur llamó “sui géneris”, pues es quizás más una conversación desde la curiosidad

Hace dos años le había pedido que hiciéramos una entrevista detenida, el presidente la concedió con una salvedad, no hablar de política. Acepté. Betancur, con más de noventa años, era un hombre multifacético y la agenda temática era rica e interminable y quizás ese sería el punto de partida para otras conversaciones. “No sé qué estamos haciendo, pero me encanta”, le dijo a un invitado en su bella casa de Barichara cuando estábamos en el medio de los dos días de conversación.

Así compartí con el hombre que nació en un pueblo conservador y católico de Antioquia, pero que de niño descubrió el conocimiento y a partir de ahí su talante y talento lo llevaron a destinos ilimitados, donde conoció el amor, la libertad y la esclavitud. Escuchar y observar a las personas es un privilegio y uno de los míos fue recorrer el Chicamocha con Betancur, sentarme en la sala de su casa en Barichara a oírle sus anécdotas, su poesía y su canto, observarle muy temprano leyendo, como le gustaba, sentado en el escritorio, acompañado del aire fresco y de música clásica. Allí supe sus historias clandestinas con EL COLOMBIANO, que no quiso escribir sus memorias, que no le tenía miedo a la historia ni tampoco a la muerte.

Este encuentro memorable lo guardé porque quería editarlo con calma, quienes lo conocieron saben que sus conversaciones eran interminables, después el silencio político del presidente se interrumpió el día que pidió perdón por el Palacio de Justicia, entonces guardé la entrevista esperando el momento oportuno para pedirle un nuevo encuentro, que justamente sería el jueves 6 de diciembre de 2018, cuando los jurados de El Colombiano Ejemplar nos quedamos esperando al presidente de nuestro jurado en el JW Marriott de Bogotá, pues había sido hospitalizado para un día después partir definitivamente.

En Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar propone que: “El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente”. ¿Usted nació en Amagá, pero, dónde nació usted desde esa mirada? ¿Ha nacido más de una vez?

“Qué hermosa pregunta. Tuve la fortuna de nacer sin fortuna. Saramago me decía que esa frase que acababa de decirle, debería ser el inicio de mis memorias. En el campo en donde nací y crecí, no en el pueblo sino muy arriba, no había ninguna clase de comunicación sino pata al suelo, pata limpia, solamente había escuelita rural de pisos de tierra, con una sola maestra regordeta, muy bondadosa y llena de sabiduría, a quien le dedico todo lo que me pase bueno en la vida. Se llamaba misia Rosario Rivera. Un día le hice a la maestra una pregunta: ¿Misia Rosario, por qué cuando Aquiles, pies ligeros, iba a dar la batalla final contra Héctor, el Rey de Troya, se devolvió a buscar a su amigo Patroclo, por qué no se fue solo si él era invencible? Y misia Rosario no supo contestarme. Esa noche, la maestra indagó en los libros que tenía, pero al día siguiente no me supo responder. ¿Por qué no me supo responder? Pues porque en esa época no existía en el lenguaje el homosexualismo y Aquiles, pies ligeros, era homosexual y su amigo se llamaba Patroclo. Entonces, me dijo: ‘Voy a averiguar y le digo’. Bueno, ahí descubrí el conocimiento, descubrí que se pueden aprender cosas. De ahí en adelante todo me fue muy fácil, porque no me detenía nada, yo quería aprender”.

Usted ha sido estudiante, seminarista, arquitecto, abogado, profesor, periodista, político, presidente, traductor, empresario, poeta, artista... ‘plurioficio’, lo ha llamado. ¿Quién es, en definitiva, usted?

“Cuando terminé estudios en la Universidad Pontificia Bolivariana, me fui para Bogotá. No me fui a buscar empleo, sino a buscar destino y destino es empleo más los sueños. Todos esos oficios son una búsqueda del conocimiento. Quise ser escritor, pero me desvió el quehacer de la política, entonces tomé el conocimiento que tenía de los elementos literarios como instrumento de creatividad que aplicaba al quehacer de la política. Hice periodismo en EL COLOMBIANO y en La Defensa de Medellín. Siendo estudiante fundé un semanario que se llamaba Jerarquía. En mis mocedades escribí cuentos, y hay en algunas antologías antiguas del cuento hispanoamericano, algunos cuentos míos y poemas, pero la vieja frase ‘lo que natura no da, Salamanca no lo presta’, en mi caso tuvo plenitud apoteósica porque natura no me había dado aptitudes de creatividad como novelista ni como cuentista, entonces los cuentos eran más bien la retórica de la época, la retórica principalmente de la escuela grecocaldense de los grecolatinos. Vuelco todo mi afecto por esa retórica y por la poesía de aquella época, todo aquello llovía sobre mí y me estimulaba para moverme en ese ámbito retórico. Porque todo ese retoricismo lo aplicaba al quehacer de la política y me convertí en escritor político, pero uno que en la época del Partido Liberal en Antioquia era temible. El poeta vallecaucano Antonio Llanos me dijo: ‘Usted no se debe llamar Belisario sino Bélico’”.

¿Y quién definitivamente no es Belisario Betancur?

“¿Quién definitivamente no soy? Pues a pesar de que salí de la violencia interpartidista, nunca fui un violento y siempre he sido cultor de la paz. No obstante todas las vicisitudes que me ha tocado surcar en la vida, siempre he sido un buscador de paz, porque la concibo no como una entidad metafísica sino como una entidad casi que antropológica como fundamentación de todo quehacer positivo del ser humano. Hay una concepción de Immanuel Kant, el filósofo alemán, sobre la paz y sobre la guerra. La paz, dice, no es solamente la ausencia de guerra sino la plenitud de las condiciones, de las coordenadas del ser humano, de su existencia. Soy antes que nada sembrador de paz, sembrador de destino entre mis compatriotas, mis compatriotas, para decirlo con lenguaje de Barba Jacob, nuestro paisano, mis compatriotas son los habitantes del mundo. Me siento compatriota donde quiera”.

Se ha dicho que usted es el último presidente humanista que tuvo Colombia. ¿Cuáles considera usted que fueron los pros y los contra de esa faceta humanista en su liderazgo?

“Lo que quise ser quizás no lo fui por completo porque en mi propio ser la incompletud es una especie de estado de insatisfacción permanente. No poder llegar es la insaciabilidad metafísica del ser humano, es la búsqueda. Entonces repudio la condición de humanista. Me queda grande”.

Lo dice María Mercedes Carranza.

“Pues me queda grande. No le ponga total atención a lo de María Mercedes porque fuimos muy amigos y la amistad es un lente que deforma las apreciaciones críticas. Soy más bien un buscador, eso sí he sido desde niño, desde cuando con aquella maestra rural descubrí el conocimiento. Un buscador con deseos de transmitir, no con mi nombre, sino de transmitir conocimiento, o sea que soy un maestro de escuela, definitivamente, en donde quiera que me encuentre”.

El café está delicioso, gracias...

“¿Cuál café? ¿Amor Perfecto? Es que ahora en el aeropuerto, nos tomamos un café que decía Amor Perfecto y hace como un mes o dos meses, en un seminario que hizo mi mujer en Barichara, se presentó un señor de origen paisa que produce café con esa marca. Yo creo que no hay amor perfecto. Ni amor eterno. Lo dijo Luis Rosales: ¨el amor es eterno mientras dura¨. Le juró amor eterno por este almuerzo, durante este almuerzo”.

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PERIODISMO Y LIBERTAD DE PRENSA

Dentro de sus “plurioficios” hay uno recurrente, el de periodista. ¿Cuál es para usted el rol de la prensa en la sociedad y cuál es su opinión de los medios colombianos hoy?

“La misión del medio es mantener al interlocutor, que es el destinatario o lector, al tanto del acontecer, pero al mismo tiempo mantenerlo positivamente, y en ningún caso, en ningún caso, ser cortapisas. Hoy, con la velocidad de la información, es cuando finalmente somos contemporáneos los unos de los otros. Ya no como una metáfora sino como una certidumbre, hoy, entonces, la función de la prensa es todavía más apremiante, su responsabilidad es pedagógica. Es de enseñanza, de informar enseñando, o enseñar informando. En la Oración a Jesucristo, que pronunció don Marco Fidel Suárez cuando era presidente, existe una frase que a mí me conmueve mucho: El destino de la humanidad, es progresar padeciendo. Esa frase pronunciada precisamente hace un siglo es el acta notarial de la realidad contemporánea. Qué duda cabe de que la humanidad está progresando, pero tampoco cabe duda de que está padeciendo”.

¿Y cuál es su opinión frente a la libertad de prensa en el país?

“A mi juicio hoy por hoy hay plena libertad de prensa en Colombia, tanta que en ocasiones no nos damos cuenta de esa plenitud. En un poema de Eduardo Carranza le dice a su amada: ‘Tan cerca estás de mí que no te veo’. De tener tan próximas las cosas, terminan en ocasiones más bien recortando la visión, autorrecortándola en función de la proximidad. Quiero decirle, Martha, que en razón del disfrute de esa plenitud, en ocasiones le establecemos cortapisas, pero eso dentro del propio ámbito de la libertad de que se le disfruta. En ningún caso que yo sepa hay censura de prensa, ni siquiera cuando esa censura de prensa podría tener a juicio de quién la ejerza, alguna justificación. Pero no, para mí, la censura no tendría justificación de ninguna clase. Y le repito que incluso llegué al exceso dialéctico de decir: si tuviera que escoger entre el desbordamiento y la censura, me quedaría con la autorresponsabilidad, en ningún caso censura, que no cuenten conmigo, porque yo no censuraré. Y hoy por hoy creo que la prensa en Colombia es muy constructiva”.

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POLÍTICA

Cuando lo estudio tengo una duda: ¿usted fue conservador por nacimiento o por convicción? ¿Qué me responde?

“Esa es una pregunta perversa”.

No, es una pregunta justa, porque sin duda su pensamiento es liberal.

“Bueno, en primer lugar, la herencia por mucho que la queramos es irracional. La herencia no nos pregunta, la herencia nos establece. Sin derecho a protesta de nuestra parte. La protesta sería ex post facto, después de que se tiene, lo que se hereda, y en todo caso prevalece, es el afecto mismo creado por el ámbito familiar con cualquiera de esas consideraciones o desavenencias en cuanto a lo que se hereda.

A mí no me preguntaron al nacer en una montaña al Suroeste de Antioquia, ni por el color de mi piel, ni por la religión, ni por el partido político. Yo nací conservador y nací católico y sigo siendo católico, y no obstante algunas veleidades en el camino, sigo siendo conservador. Nací en un hogar recalcitrantemente conservador campesino, que no deliberaba su creencia política ni tampoco su creencia religiosa. Eran conservadores y católicos porque sí, como el amor y como las rosas. En mi niñez tuve un pariente que era mi primo Álvaro Mejía, que era un ídolo mío”.

¿El maquinista?

“Sí, el maquinista de la 45 y de la 42”.

El chico malo...

“Él era ateo y liberal de izquierda, en ocasiones comunista. Y a mí me parecía eso tan raro, tan raro, que yo admiraba mucho a mi primo. Él era bajito, rechoncho, con una inteligencia y una sagacidad, no le cabía el alma en el pequeño cuerpo. Y yo me preguntaba: ¿Y cómo es un ateo? ¿cómo será por dentro? ¿Sus habitaciones interiores cómo serán? La exterior era la máquina de carbón. Sin embargo, no establecí ninguna antinomia en mi propio comportamiento y lo que había llegado por el cauce arbitrario de la sangre. Ahora, en el curso de los años fui introduciéndole contenido al hecho de ser conservador y sustrayéndole cantidades también: esto yo no soy, esto sí soy, a esto que soy le falta esto. Por eso tuve tantas discrepancias con las directivas conservadoras de Antioquia. Entonces, quedó digamos que una esencialidad en la que mis comportamientos intelectuales no caben plenamente en una casilla. En un seminario de sociólogos en Europa, le preguntaron a Felipe González: ‘¿Usted que es un hombre de izquierda, cómo hace para ser tan amigo de Betancur, que es un hombre de extrema derecha?’ Entonces, Felipe contestó inmediatamente: ‘tanto Betancur como yo estamos mal rotulados, punto’. El que le había interrogado se quedó viendo estrellas. Y entonces fue a seguir la charla e interrumpí: ‘un momento que he sido aludido, he sido calificado de extrema derecha y yo soy de extrema izquierda’. Y hubo una carcajada general. Y, entonces, dejen explicar: ¨Yo soy la extrema izquierda de la extrema derecha’. ‘¿Y eso tan raro que significa? Pues el extremo centro. Yo soy de extremo centro’.

Entonces, conservo la esencialidad del pensamiento Conservador. Sobretodo complementado en don José Eusebio Caro y en don Mariano Ospina Rodríguez, que fueron los fundadores del Partido Conservador en 1849, y la esencia liberal del pensamiento social cristiano. Por eso siempre pensé que lo que el Frente Nacional hizo que fue afirmar los dos partidos históricos, era sabio. Lo que no fue sabio fue olvidar que había otras corrientes distintas del Partido Liberal y del Partido Conservador que estaban moviéndose por los alrededores y que esas corrientes tenían que tener expresión institucional. Por ese pensamiento, cuando ya aspiré algún día a la Presidencia quise hacer un movimiento nacional y comprometerme a que todos, todos, todos los instrumentos de control irían a estar en manos del partido contrario. Y todos, absolutamente todos, se pusieron en manos del Partido Liberal. Entonces, digamos que soy un hombre de centro con raíces profundas en el Partido Conservador. Entre los maestros domésticos, Fernando Gómez Martínez, no Juan Zuleta, que era muy conservador, pero el doctor Gómez Martínez, que fue mi profesor de Derecho Constitucional, sí. El propio eslogan del periódico EL COLOMBIANO durante tantos años ‘Un periódico de todos y para todos’ está diciendo de la universalidad que se le quiere dar, no al ámbito de los avisos, al ámbito del pensamiento, al ámbito de la orientación general, es lo que es EL COLOMBIANO en sus manos”.

Ha dicho que la distancia en tiempo le permite hablar con libertad del pasado y que para las nuevas generaciones es importante entender la historia, pero afirma que no quiere hablar de política, ¿llegará el día en que hablemos de política?

“Vivo hablando de política, pero vivo hablando de la suprapolítica. Por ejemplo, qué más de la esencialidad de la política que la educación, ese es el meollo mismo de la política. Se debería ser político en tanto que se es activista de la educación. Porque si la política tiene como propósito y como contenido la dignidad de ese ser humano, el factor fundamental para esa exaltación es sin duda la educación. Y qué más político que la cultura, y yo vivo inmerso en los temas de la cultura, y ella es parte de la esencialidad misma de la política. A un filósofo austro-alemán llamado Max Scheler le preguntaron qué es a juicio suyo la cultura y él escribió un libro para dar respuesta a esa pregunta, se llama El saber y la cultura. Y una de las respuestas que da es esta: ‘la cultura es todo aquello que nos queda después de haber olvidado todo lo que hemos aprendido’. Y uno ve a alguien y dice: ‘qué persona tan culta’ y ¿qué es lo que le ve? Hay como una segunda naturaleza, como un traje que lo distingue especialmente en el grupo social. ¡Qué culto es! Es decir, olvidó todo lo que había aprendido, pero le quedó por allá, un sustrato que es la cultura. Entonces, digamos que no quiero hablar de la política politiquera. Entonces, sí, sí quiero hablar de la política”.

¿Está escribiendo sus memorias?

“Me puedes mochar de ese rumor”.

Entonces, al no ser usted quien cuente su propia historia, otros la van a contar por usted. ¿Le teme a los errores que puedan tener esas narrativas históricas?

“No le tengo miedo a la historia porque no le tengo miedo a ningún episodio de mi vida y, por consiguiente, la narrativa o la interpretación que de esos episodios se formule desde cualquier situación es explicable en la libertad del ser humano, en torno a las apreciaciones en el contexto de la libertad, y yo soy muy respetuoso de esa libertad. No, no le tengo ninguna salvedad”.

¿Qué deberían hacer los partidos políticos colombianos tradicionales para reconectar con la Colombia de hoy?

“Si nos devolvemos a pensar en lo que es un partido político, nos hacemos la pregunta qué es partido y qué es política. Porque no es lo mismo un partido de fútbol. ¿Qué es partido en política y qué es la política? La política, como por repetirlo retóricamente, es el oficio de dirigir los pueblos a través de la historia en busca de la felicidad -eso casi es un poema-. La esencialidad en la política en la práctica es eso. Y ¿qué es un partido político? Un partido político se puede definir de muchas maneras, pero creo que la más simplista puede ser: un conjunto de gentes -los activistas- que siguen un conjunto de ideas -los programas- con el objeto de ascender al poder, de capturar el poder para aplicar esos programas en beneficio de la comunidad, de hacer feliz a la misma, eso puede ser una definición. Ahora su pregunta: ¿Y qué deben hacer los partidos históricos en Colombia para conectar e identificarse con la comunidad? Pues lo primero es hablar el lenguaje de la sinceridad a la comunidad y hacerlo en un lenguaje no cifrado, y no solamente sobre sus propias carencias, sino también sobre sus ensoñaciones o el derecho a la felicidad. Lo que yo le comentaba que fue mi reflexión cuando me vine de Medellín. Termino estudios en la Bolivariana y me vengo a buscar destino”.

Si ese fin último es la felicidad, defíname por favor qué es la felicidad...

“La plenitud del ser”.

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PROCESO DE PAZ

TODAVÍA ESTABAN LAS CONVERSACIONES EN LA HABANA CUANDO SE HIZO ESTA ENTREVISTA, EL 7 DE ENERO DE 2015

¿Cómo evalúa el proceso de paz?

“Para mí los procesos subversivos en América Latina fundamentalmente cobraban -yo digo en copreterito porque esas situaciones creo que ya son obsoletas- cobraban factores o agentes subjetivos y objetivos.

Subjetivos, los protagonistas, y objetivos, las causaciones, las motivaciones por las cuales esos protagonistas se iban, por ejemplo, al monte. Entonces, era la respuesta a la pregunta por qué unos jóvenes intelectuales se iban al monte cuando podían seguir sus actividades de protesta en el ámbito universitario o en el ámbito intelectual. Por qué cambiaban de escenario. Y la respuesta es en primer lugar porque esos factores o agentes subjetivos, por cualesquiera motivaciones en un momento dado, sentían bloqueados sus esquemas mentales y entonces optaban por irse al monte en donde con un fusil, rompían los valladares, las barreras que se oponían a ser oídos. Ahora bien, ¿cuáles eran esas motivaciones o factores objetivos? Por ejemplo, la dependencia externa, la falta de educación, el analfabetismo o para decirlo eufemísticamente, las falencias en infraestructura social: hospitales, acueductos, alcantarillados. Por un lado, se sentían bloqueados mentalmente, entonces iban a desbloquearse a través de un fusil, y por otro lado, evidentemente, existían unas motivaciones, unas causaciones objetivas.

Siempre pensé y lo escribí en uno de mis primeros libros, Colombia cara a cara, que se necesita una revolución por consentimiento. O sea, estas motivaciones o agentes objetivos que inducen a los agentes subjetivos a irse al monte, necesitan una conjunción de voluntades entre la dirigencia, que se aplique esa conjunción de voluntades para subsanar las falencias objetivas.

La dependencia externa por ejemplo. Esto no se va a hacer de la noche a la mañana, ni por decreto. Si fuera por decreto sería muy fácil, una orden presidencial, pero eso no es posible. Entonces yo lo llamé la revolución por consentimiento que sería una conjunción de dirigencias de todos los partidos, en una dirección que es la solución de trato obsesivo con toda la rapidez que se pueda, de esas motivaciones o agentes objetivos. Esto ya no es por completo válido porque se ha avanzado mucho, pero todavía las desigualdades siguen siendo muy grandes y evidentes. De manera que todavía siguen existiendo digamos que no justificaciones plenamente, pero sí explica los movimientos subversivos.

Cuando llegué al gobierno entonces me apliqué fundamentalmente a atender los dos frentes: el de los agentes o factores subjetivos, se abrieron conversaciones con los grupos guerrilleros, con todos se sustituyó el tratamiento militar que se venía dando a los movimientos subversivos con el tratamiento del diálogo. Se le otorgó poder a la palabra y se llevó a la conciencia entre Tirios y Troyanos de que si las motivaciones o causaciones no eran solubles de la noche a la mañana, sí eran solubles con las voluntades conjuntas en esa dirección.

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FILOSOFÍA Y HUMANIDADES

¿Cuál considera es la diferencia entre filosofía e ideología? ¿Sigue usted filosofías o ideologías en su vida?

“¿Qué es un partido político? Preguntémonos qué es un partido político y en la respuesta está implícita la respuesta a su pregunta. Digamos que un partido político es un conjunto de gentes, los activistas que siguen un conjunto de ideas, programas, con el objeto de ejecutar esas ideas y esos programas desde el poder, por consiguiente, tiene implícito la vocación de poder, de ejecutar desde el poder en beneficio de la comunidad. Esa es una definición un tanto retórica, también, pero en ella va implícita la respuesta a su pregunta, si se confunden las ideologías de los partidos, ese meollo de los partidos, cuya envoltura es lo epistemológico, lo metodológico, si se confunde con afectaciones a la integridad, a la esencialidad del ser humano, se estará desvirtuando lo profundo de la ideología misma. Desde Platón se supo en su hermosa obra Politeia, se supo del Zóon politikon, del animal político que es el hombre. Pero de un Zóon politikon que está inscrito en una pirámide. Y en esa pirámide está la esencialidad antropológica. Está el meollo, el tuétano del por qué y el para qué de esos principios y de esas militancias, de esos activismos que son, y no para otra cosa, para la dignificación del ser humano, independientemente del factor religioso”.

Jorge Edwards decía que en la América Latina de hoy existen muchos prejuicios y dogmas. ¿Usted coincide con esa afirmación o está en desacuerdo?

“A mí me repugna todo fundamentalismo, empezando por el fundamentalismo político y el fundamentalismo religioso. Y como he expresado, soy fundamentalmente católico por una herencia que complementé después con el conocimiento y soy opuesto a todo fundamentalismo político porque pienso que en materias políticas, filosóficas y económicas, no hay verdades absolutas. Todas son aproximaciones a la verdad. El ser humano está buscando esa verdad desde lo profundo de los siglos y todos sus esfuerzos han sido vanos porque las veces ilustres en las cuales algunos especímes eximios han descubierto verdades que se creían la verdad, a la postre han resultado aproximaciones a la verdad.

Qué hicieron los griegos sino buscar en los dioses respuesta a la precariedad de sus conocimientos sobre la verdad y establecerla en cada una de las deidades y cuando no pudieron cifrarlas todas en Zeus del Olimpo, entonces cifraron partes de la verdad en determinados especímenes dionisíacos, délficos, y llegó el cristianismo y con el cristianismo llegaron también las verdades absolutas de Cristo y de lo que se cifraba en Cristo, que era la sociedad Teocéntrica que tomaba por base, por centro y medida de todas las cosas. Pero llegan las divisiones, por ejemplo, el Luteranismo, que fue y es a mi juicio, un fundamentalismo revisado, revisado digamos que en lo logístico, pero sigue siendo cristiano. Y tuvieron que llegar unos filósofos en Escocia que vieron que estaba bien colocar a Dios como centro y medida de todas las cosas en lo religioso, pero no en lo administrativo, no en la gobernabilidad, entonces, de ahí nació la Ilustración y la Ilustración fue la entronización de la razón, fue el pensar, con todo respeto, dejemos a Dios allá, que administre todos los temas relacionados con el alma, con esa interioridad o esa sacralidad del ser humano, dejémoslo allá, pero en la gobernabilidad de los seres humanos, vamos nosotros a pensar, no vamos a inmiscuir la Divinidad en esos temas, porque esos temas son de suyo pertenencia de nuestra capacidad de discernir. Esa capacidad de discernir dada por la razón. Entonces, nació el Racionalismo. Y dio el salto a Francia y en Francia lo recibieron los enciclopedistas D’Alembert, Montaigne, Rousseau y Voltaire -que no me canso de leer-, ellos recibieron aquello que en Escocia habían elaborado esos pensadores, entonces el Enciclopedismo o Racionalismo se devolvió a Alemania en donde lo recibió un joven llamado Immanuel Kant, quien comenzó por afirmar la prevalencia de la razón pura sobre la razón práctica y sus concomitancias al mismo tiempo.

Y aquí la anécdota: estaba con mi mujer en Barcelona y nos sobraron cuatro días y unos cuantos euros, entonces le propuse que nos fuéramos para Berlín, quería visitar la tumba de Hegel, discípulo de Kant, quien negó que los habitantes de los nuevos territorios descubiertos, tuvieran alma y que por consiguiente la guerra de ocupación por España de estos territorios y el arrasamiento de culturas, se justificaba porque los habitantes de las tierras recién descubiertas no tenían alma. Y yo quería ir a la tumba de Hegel a pasarle la cuenta de cobro. ¡Ah, con que no! ¡Muy bonito y muy buen discípulo de Kant, de manera que no tenemos alma! Se necesitó que hubiera Neruda, Octavio Paz, García Márquez, etc., para que admitieran que teníamos alma. Y entonces, llegamos a ese cementerio y encontramos la tumba de Hegel. Yo iba además a buscar otra tumba en ese cementerio...”.

Presidente, pero me está dejando a Latinoamérica por fuera.

“Un momento que ya voy a llegar. Es que soy muy proustiano, doy muchos rodeos. Entonces establecer elementos de identidad entre ideología y fundamentalismo creo que es equivocar la vocación de las partes, poner a las partes a decir lo que esas partes en su esencialidad no quieren decir. Entonces, póngame a mí otra vez a trabajar al servicio de unas ideologías con fundamentación en la dignidad del ser humano... Y entonces la vocación es hacia allá en cualesquiera sean sus manifestaciones. En mi caso, en la suprapolítica de la educación, en la suprapolítica de la cultura. Esta es una entrevista sui géneris”.

Retomando las Memorias de Adriano, allí se dice que para evaluar la existencia humana hay tres medios: el estudio de sí mismo, la observación de los hombres y los hitos. ¿Qué ha aprendido de usted mismo y qué ha aprendido de los hombres?

“Pues todo lo resuelvo en anécdotas porque a estas horas de mi vida se vuelve uno muy anecdótico. Yo tuve un amigo muy amigo de la adolescencia que fue Bernardo Ramírez y ese amigo tenía fuero conmigo. Yo decía que lo tenía yo a sueldo con el objeto de que me hundiera alfileres cuando me viera muy envanecido o sea, muy pinchao, y él me decía todas las pertinencias e impertinencias en privado claro, en público era muy respetuoso. Entonces me hundía alfileres, en algunas ocasiones yo protestaba, me defendía de los alfileres y en medio de todo llegábamos él y yo a la conclusión de que mi más dolorosa verdad es que confiaba demasiado en mí mismo porque creía haber aprehendido -con h en la mitad- el conocimiento en aquellos menesteres para los cuales finalmente había combinado. Entonces él me decía: ‘no te confíes demasiado en tu propio entender, en tu propio saber’. Y yo le replicaba que en ocasiones era también un escepticismo sobre el valor de los valores puesto en cabeza de la política. Y entonces como que me sentía inseguro con la política misma. No le señalo sector político, con la política en la cual confiaba a plenitud en poca gente. No quiero mencionar nombres, pero diría que uno confiaba a plenitud en Laureano Gómez y en Carlos Lleras Restrepo. Fíjese que le enunció personalidades de distintas procedencias, entonces ahí como que me quedo en vilo en las respuestas. Como que me quedo como decía aquel: ¿Cómo se encuentra? Estoy firme en mi indecisión. Firme sobre bases móviles”.

Según esto aprendió sobre sí mismo a no confiar de pronto en sí mismo.

“Es por no decir la negativa”.

¿Y qué aprendió de observar a las personas, al ser humano?

“Yo soy un admirador de esa criatura que es el ser humano por la capacidad que tiene esa criatura de asimilación del conocimiento y de creatividad. Y pongo este ejemplo: Dios o los dioses nos dieron un país cruzado por tres cordilleras. Durante muchos años yo creí que había sido un castigo de Dios o de los dioses, tres cordilleras. Los chilenos tienen con una, los bolivianos otra y los peruanos y los ecuatorianos, una, y pensar que al llegar a Colombia la cordillera de los Andes se divide en tres. ¿Qué les hicimos a Dios o a los dioses? Al cabo de los años descubrí que la potencialidad de esa creatura del ser humano estaba transmutando la dificultad de esas tres cordilleras en unas fuentes formidables de desarrollo en beneficio de las comunidades. Porque estábamos recogiendo aguas para regar zonas desérticas o recogiendo aguas para transformarlas en energía eléctrica de origen hídrico, que es la más barata. Y si no que nos pregunten a los antioqueños cómo fue la visión que tuvieron aquellos jóvenes ingenieros de la República Liberal que comenzaron con Guadalupe Uno y mire donde vamos: en Ituango. Y entonces creo que mi furia con los dioses se ha transmutado en un acto de gratitud permanente con Dios o los dioses que nos dieron una prueba de que creían en nuestras propias potencialidades y nos dijeron: ‘aquí están esas cordilleras, por ahí hay ríos, hagan ustedes el resto. Esto parece excesivamente simplista, pero corresponde a una realidad. Mire lo que las tres cordilleras y los ríos que van por ellas, están consiguiendo en la Colombia contemporánea y si quiere que le diga algo narcisista míreme a mí, lo que la educación ha hecho de mí. Y una educación que se ha hecho santuariamente, porque nunca pude salir a tener estudios en una universidad norteamericana o inglesa. Entonces, vivo en acto de admiración hacia la creatividad del ser humano. Hacia esa capacidad de creatividad, por eso soy activista de la supracultura de la educación y la suprapolítica”.

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EL CONVERSADOR

Usted ha tenido el privilegio de las buenas conversaciones: La tertulia del Bosque de la Independencia, la de doña Paulina Posada Escobar, la del Café automático...

“¿Y cómo fue que usted supo todo eso?” (risas).

Mi pregunta es, en todos estos años de buenas conversaciones, ¿quién ha sido el mejor interlocutor?

“María Mercedes Carranza”.

¿Y por qué?

“Ella era agnóstica en política en el sentido de que era una demócrata a profundidad, pero sin partido político, pero descubrió en Luis Carlos Galán su modelo político, no por liberal ni por su juventud, en la figura y en el pensamiento, en la praxis y en la formulación coincidió plenamente con Luis Carlos Galán, entonces, cuando llegaron las elecciones presidenciales y Betancur triunfó sobre López y... sobre Galán, ella enfiló baterías sentimentales y mentales contra mí en el sentido de que yo no existía. No, no existía.

Pero una vez se me ocurrió rehabilitar los ferrocarriles nacionales, llamé a su director, que era director de estaciones vacías y le dije: ‘vamos a rehabilitar el ferrocarril de la sabana, a convertirlo en un tren turístico de Bogotá hasta Nemocón, pasando por Zipaquirá, y vamos a hacer vagones cómodos del mismo tenor todos, no primero y segundo, sino todos de primera y muy confortables y con el propósito de dar un entretenimiento barato a la gente. Y para la inauguración invité escritores, poetas, pintores, entre ellos a Eduardo Carranza y a María Mercedes Carranza, su hija. Y ella, con gesto de pocos amigos para mí, pero su padre muy amigo mío -me llamaba El Príncipe-. Iban los trenes llenos, no tuvimos puestos, entonces íbamos prendidos de los agarraderos que hay en el centro de los vagones para la gente que va de pie, y, de repente, me dijo el maestro Carranza:

- ‘¿Cuál es tu ídolo actual?’

- Y le dije: ‘pues mi ídolo actual es mi ídolo de hace mucho tiempo’.

- Dijo: ‘¿quién?’

- ‘Albert Camus’

- Dijo ¿qué?

- ‘Y lo conocí’.

- ‘¿Cómo que lo conociste?’

‘Sí, lo conocí”.

Iba yo al primer viaje a Europa financiado por unos tíos ricos de mi primera mujer, ellos me prestaron el dinero. Había trabajado yo en la Revista Semana que la dirigía -eso es otro cuento- que la dirigía el escritor Hernando Téllez, el subdirector era Edi Torres -mi amigo Eddy Torres, otro capítulo- y yo era el Jefe de Redacción. Entonces renuncié para la llegada a la Presidencia y le pregunté al director Hernando Téllez que fue muchos años cónsul general de Colombia en Marsella y en París:

- ¿‘Cómo hago para conocer a Albert Camus?’, que ya había sido Premio Nobel de Literatura. Entonces me dijo -por tomadura de pelo-:

- ‘Llegas a París, te instalan en un hotel, en la mesa de noche encontrarás un libro muy gordo, que es la guía telefónica, abres la guía telefónica en la C: Camus Albert, y llamas y te contesta o no te contesta’.

Pero por pura tomadura de pelo. Pues hice eso, esa tomadura de pelo. Me instalé. Directorio telefónico, Camus Albert y llamé. Mi francés es precario pero se deja entender, y entonces le dije:

- ‘Soy un profesor Latinoamericano’. Contestó él. ‘Y querría solamente tomarme un café con usted en diez minutos’. Y él me dijo...

Apenas empecé a contar este cuento María Mercedes dijo:

-‘¿Usted?’

- ‘Sí, yo’.

- ‘¿Y usted tomó café?’.

- “No, algo más’.

Entonces ahí me devolvió el afecto y le conté cómo fui a encontrarme con Albert Camus. Me dijo que él iría al día siguiente a almorzar a un restaurante en el barrio Latino, diagonal de la Iglesia Saint-Germain-des-Prés. La cita era a la una y yo estaba desde las 11:00 tomando café y atisbando. Yo lo conocía por fotografías, usaba un sombrerito de ala a la derecha -como el sesgo coqueto que usted le puso a mi cachucha- y una gabardina con cinturón apretado. Lo vi pasar y me lancé, pasé la calle y entré al restaurante.

- ‘Señor Camus, soy el profesor Betancur’.

- ‘¡Oh! Qué gusto. Mire un café”.

Y al cabo del rato me dijo:

- ‘Yo voy a almorzar, lo invito a almorzar’.

- Le dije: ‘le acepto, pero lo invito yo’.

- ‘No, lo invito yo’.

Bueno, eso. Y María Mercedes me rehabilitó por completo y entonces de ahí siguió una larguísima amistad que se expresó en la reconstrucción de la Casa de Poesía Silva. Bueno, pues, con María Mercedes reconstruimos la Casa de Poesía Silva y fuimos muy amigos, muy amigos”.

¿Y qué atributos tenían esas conversaciones?

“Todos los días a la madrugada nos llamábamos”.

¿Todos los días?

“Todos los días. O me llamaba o la llamaba. Yo creo que mi primera esposa sospechaba que ahí podía haber algo más porque todos los días: ¿supiste que tal cosa?... que fulanito de tal, que sutanita, que no sé qué...Toda la chismografía literaria de la república de las letras, y de la otra república, y por supuesto de libros y de versos y de todo. Ella era una mujer culta, muy independiente e informada. Entonces, era una excelente interlocutora, magnífica conversadora. Pues ese sería mi ejemplo, por no hablar de Otto Morales Benítez, mi amigo y compañero sobre quién creo que los colombianos cometimos un error muy grande que fue no hacerlo presidente.

¿Con quién tiene aún una conversación pendiente?

“Tengo una conversación pendiente. Sí. No se me vaya a reír, no es una tomadura de pelo lo que le voy a decir, tengo una conversación pendiente y es con Platón. Le tengo muchas preguntas, no sé cuándo se las haré, pero quiero verlo”.

¿Y cuáles preguntas le haría?

“Una de las preguntas que tengo para hacerle es cómo dejó que Sócrates bebiera la cicuta. Sócrates se negó a escapar porque alegaba que los jueces que lo condenaron eran jueces legítimos, pero la condena era visiblemente ilegítima... Pues sí, tengo esa conversación pendiente”.

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LIBERTAD Y ESCLAVITUD

¿Cuál ha sido su momento de mayor esclavitud y su momento de mayor libertad?

“La mayor esclavitud, la Presidencia que asumí el 7 de agosto de 1982, y el momento de mayor libertad, cuando dejé la Presidencia, el 7 de agosto de 1986”.

¿Cómo sintió esa esclavitud y esa libertad?

“La esclavitud la sentí en el sentido de considerar los problemas que encontré y los que se vinieron encima, en razón de la situación de la deuda externa que los países ricos habían suspendido, México, Argentina, Brasil, Venezuela, y que yo tenía la determinación de no suspender”.

Pero descríbanos porqué el momento de la esclavitud y después descríbanos el de la libertad.

“Los problemas que encontré eran muy arduos y los que se en ese momento se vinieron encima, los agravaron aún más. El problema que encontré fue el déficit fiscal. No había un céntimo, la deuda externa era muy alta. Habíamos asumido unos compromisos internacionales, adquisición de elementos que yo no quería asumir. Por ejemplo, al principio nos habíamos comprometido a hacer el Mundial de Fútbol y lo suspendí. Aproveché el momento psicológico en que supimos que a García Márquez le habían dado el Premio Nobel y en ese momento en la euforia nacional general, la euforia de América Latina, anuncié que el Estado colombiano no estaba en capacidad financiera de hacer el Mundial de Fútbol, pero que en cambio del Mundial que daba una gloria efímera, teníamos una gloria perenne en el Premio Nobel colombiano que duraría por los siglos de los siglos. En lo cual no me equivoqué. Entonces me dediqué más bien a organizar respuestas a esas falencias que hicieron tan duro el encuentro con la realidad y recuerdo que realicé un viaje de un avión de Avianca - que Avianca suministró gratuitamente-, con ningún delegado de la presidencia, ninguno, y con los amigos de García Márquez e hicimos inmediatamente el lanzamiento de una estampilla con la esfinge de García Márquez. Lo llamé en la víspera de recibir el galardón en Estocolmo le comenté sobre la estampilla y me dijo por el teléfono: espero que con esa estampilla solo se envíen cartas de amor”.

¿Cómo describe ese cambio a la libertad?

“El momento es que retornaba a mi ser buscador del conocimiento que se encuentra por doquier. Solo que hay que saber buscarlo, saber encontrarlo... Por cierto, el protocolo establece que en el automóvil el lugar de honor donde va el Presidente de la República es éste y donde va la primera dama es donde viene Martha, eso es impajaritable, es así y a nadie se le ocurre que la primera dama se siente aquí, no. Los edecanes no la dejan sentar, le dicen: señora usted es allá. El 7 de agosto de 1986 salimos a las 3:30 o 4:00 del Palacio Presidencial después de haberle entregado el gobierno al doctor Virgilio Barco, nos esperaban automóviles de la Presidencia asignados al expresidente y yo me fui a sentar en este sitio y mi mujer Rosa Elena Álvarez me dijo: ‘No, a ti te toca allí. Hasta hace media hora te tocaba donde ahora pretendes sentarte, pero ahora me toca a mí allí’”.

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EL COLOMBIANO

Cuénteme de su relación con EL COLOMBIANO.

“Pues bueno, yo ya tenía resuelto el problema de mi educación porque ya en el Parque de Bolívar me había, no acogido, sino recogido la Universidad Bolivariana. Me había ganado un concurso de una beca emulando con ciento y tantos estudiantes de todo el país. Entonces ya tenía resuelto mi colegio, ya estaba interno, tenía comida, dormida, estudio, biblioteca.

Y les pedí a las directivas trabajar en la biblioteca de la universidad. Me dieron entonces acceso a la revista de la universidad que manejaba Germán Fernández Jaramillo, así que empecé a escribir -tendría 16, 17, 18 años-. Vivíamos informados de lo que estaba ocurriendo en el mundo entero y éramos unos privilegiados minoritarios, unas especies de elegidos que muy jóvenes estábamos en las tertulias en Medellín, éramos los que llevábamos la voz cantante. ¿Por qué? Porque recibíamos las revistas. Y entonces llegó Miguel Arbeláez Sarmiento a dirigir las revista y llegó también Otto Morales Benítez a estudiar a la Bolivariana. Decían esa universidad de godos y de curas, y Otto Morales era el único liberal para mostrar, era intocable, y hoy mismo recordamos con mucho, mucho agrado esas épocas. Estos fueron contratados inmediatamente por el doctor Fernando Gómez Martínez, que era el profesor de Derecho Constitucional en la Bolivariana, materia que daba sobre un tratado escrito por el doctor Francisco de Paula Pérez, fundador de EL COLOMBIANO, entonces por todos lados dábamos con EL COLOMBIANO. Pero le iba a contar que yo ya tenía resuelto mi problema: comida, dormida, biblioteca, lo tenía todo, pero me faltaba la plata de bolsillo, no tenía ni un centavo en el bolsillo porque mi familia se había desbaratado. Se acabaron los arrieros y mi papá, que era un proletario, lo que tenía eran cuatro mulas y otras cuatro que alquilaba. Y entonces en EL COLOMBIANO existía la sección Ecos y Comentarios en la página Quinta”.

Todavía existe, pero se llama solo Ecos.

“Pero ahora son breves. En aquella época eran de arriba a abajo y entonces Jaime Sanín Echeverri, Miguel Arbeláez Sarmiento y Otto Morales Benítez escribían dos ecos todos los días y yo tan metiche que era el que les daba informaciones de lo que estaba ocurriendo en el mundo. ¿Por qué? Porque estaba manejando las revistas. Entonces en algún momento a ellos se les ocurrió cederme cada uno un Eco y ahí se arreglaron mis problemas de plata de bolsillo porque esto lo hacíamos a espaldas de las directivas de EL COLOMBIANO. Entonces, yo tenía que escribir todos los días tres Ecos, pero con tres estilos distintos, con el estilo de Otto Morales, que eran Ecos sin un solo punto aparte y siempre, siempre, citando a Víctor Raúl Haya de la Torre o a José Carlos Mariategui. Jaime Sanín Echeverri usaba mucho el lenguaje de los escritores españoles del Siglo de Oro y me quedaba fácil porque yo estaba ahí en la Biblioteca (de la UPB.) con la colección de Espasa y eso se subsanaba con poner dos o tres palabritas rebuscadas. Y la columna de Miguel Arbeláez sí era más fácil para mí porque era el avant garde, era Hermann Hesse, era Rilke, era Kafka... Entonces, eran tres estilos distintos cada día”.

A escondidas...

“A escondidas, aprendí a escribir a la fuerza. Y entonces siempre les entregaba o les mandaba a la oficina de ellos para que ellos con el otro eco lo juntaran y lo mandaran, y al final del mes, me daban el dinerito. Esa fue mi primera vinculación con EL COLOMBIANO, la clandestinidad. Muchos, muchos años después tuvimos la sospecha de que sí sabían. De que don Julio Hernández sabía, pero nos toleraba porque yo era un muchachito enjuto y no me cabía el alma en el cuerpo. Y en todo caso se trata de escribir notas intemporales y espaciales de manera que si se cortaba alguna, servía para más adelante. Eso me sirvió a lo largo de la vida como usted no se lo imagina.

Y al cabo del tiempo en el vespertino La Defensa necesitaron un Jefe de Redacción, un todero, y le ofrecieron a Miguel Arbeláez y dijo no porque yo estoy en EL COLOMBIANO. ¡Qué iba a cambiar a EL COLOMBIANO, un monstruo, por una cosita chiquitica y sectaria por allá en La Veracruz! Le ofrecieron también a Jaime Sanín y dijo no. Y entonces ellos dijeron, pero tenemos un tipo que es un tigre, que es Betancur, está estudiando Derecho en la Bolivariana. Me llevaron a La Defensa, Jaime, Otto y Miguel Arbeláez a presentarme al director, que era el doctor Manuel J. Betancur, nada que ver conmigo, nada. Entonces él me dijo: ‘joven Betancur y usted sabe...’, ‘sí doctor yo sé’. ‘¿Sabe titular?’ ‘Sí, yo sé’. ‘¿Armar? Claro que yo sé armar. Yo sabía de todo y no sabía nada, porque hasta entonces mis vínculos con EL COLOMBIANO eran los que te dije antes: la clandestinidad en tres estilos. No tenía la menor idea, todo eso era mentira. ‘Entonces, venga el lunes para que comencemos, martes y miércoles’. Y aquí la expresión para definir terror era: !Me tragó la tierra! Era una expresión dura, medio vulgar.

En EL COLOMBIANO el jefe de armada era Alberto Acosta, era tartamudo, lo llamábamos a veces el doctor Caca porque era ca... ca... camaradita. Desde el martes o miércoles estuve en los talleres de EL COLOMBIANO clandestinamente, primero, recibiendo cables, luego mirando cómo se distribuía la noticia en las páginas, titulando; ‘el miércoles, el jueves y el viernes camaradita te va a tocar solo’. Alberto Acosta se iba a tomar trago en el Café, que era en la esquina por la misma acera de EL COLOMBIANO y yo les llevaba allá pruebas de las páginas que iban saliendo, y ellos con un lápiz rojo -que todavía me aterra-, rayaban y seguían tomando trago y yo volvía y corregía. El sábado en la noche me dijo: te toca sólo ya no vamos a estar y les dije: ¡no tienen que estar por aquí, por teléfono o lo que sea! Y el domingo, estaba sólo, se perdieron los tipos. Yo trabajé toda la noche hasta el momento en que saqué el periódico como a las 3:00 de la mañana y ahí sobre una bobinas me quedé a dormir. Y ahí me tiene, periodista a la fuerza con fórceps, pero hecho en EL COLOMBIANO por completo, Martha. Por completo es por completo”.

¡Por EL COLOMBIANO, pero en la clandestinidad!

“Sí. Y entonces, después mi profesor de Derecho Constitucional fue el doctor Gómez Martínez, imagínese”.

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EL ÉXITO

¿Qué es para usted el éxito?

“La plenitud del conocimiento en cualquier escenario, como ahora se dice”.

¿A quién considera usted una persona exitosa?

“Gonzalo Restrepo. Gonzalo es de la familia de los Restrepo Jaramillo, fue el espécimen que no quiso seguir el derrotero familiar, en las letras, en la política, en las artes, sino que fue un ser pragmático que prefirió la praxis y una vez que prefirió la praxis, alcanzó el éxito. Éxito por cierto en unos almacenes que llevan ese nombre: Éxito. ¡Qué coincidencia! Este hombre se ha aplicado -ya se jubiló- a hacer el bien silenciosamente, casi que a escondidas de sí mismo, como soslayándose”.

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EL AMOR

Vamos a cambiar de tema. Uno que se llama el amor.

“El amor es eterno mientras dura”.

¿Cómo define el amor?

“Como decía mi amigo Rosales: ‘el amor es eterno mientras dura’”.

¿Y qué es eso que es eterno mientras dura? ¿Qué es el amor presidente?

“Es la dación del ser humano”.

¿Qué es el amor? Esa es una respuesta importante.

“Es la entrega del ser humano a una querencia que hace la plenitud de su propio ser. Y que equivocada o acertadamente desde la antigüedad tiene como territorio privativo una víscera llamada el corazón”.

¿Ese amor que usted define es posible o imposible?

“Pues es posible, lo demuestra toda la historia de las artes y las letras a lo largo de los siglos. Un amor imposible también tuve, no vaya a pensar que es broma: Margarita Gautier -La dama de las camelias-”.

¿Y por qué ella fue un amor y qué lo enamoró?

“Su vida tan desgarrada y su creatividad”.

Presidente, ¿y usted ha amado?

“Yo he amado y soy hombre de lealtades muy largas, muy largas, porque estuve casado con Rosa Elena, mi novia de adolescencia y de estudiante, algo más de 50 años, y llevo con Dalita creo que 15. Entonces soy de lealtades largas, lentas. Mi amigo Bernardo Ramírez decía que no es que sea de lealtades lentas y largas sino que soy muy dificilito para los alimentos”.

¿Se ha sentido amado?

“Sí, me he sentido amado”.

¿...Y no me va hablar más...?

“Me he sentido amado por Elvira Silva, por ejemplo, la hermana de José Asunción Silva. Somos contemporáneos. Y dentro de sus contemporáneos, lo llamaban José Presunción Silva porque era muy presumido”.

Y de los poemas que no son suyos ¿cuál es el poema del amor que más lo emociona?

“Uno que obtuvo el Premio Nacional por votación de Darío Jaramillo que dice: ... A pesar de tal cosa y de tal otra -y una enumeración- y termina, yo te amo. Está en un pequeño libro muy bello suyo que se llama Historia de una pasión, que es una autobiografía muy bella y que cuenta su infancia en Santa Rosa de Osos y su adolescencia en Medellín y en Bogotá y sus relaciones con personas, con poetas, y de un accidente que tuvo por allá en una hacienda en la Sabana de Bogotá donde pisó una mina quiebrapatas que le voló el pie derecho, entonces escribió poemas en torno al vacío de su pie. También recoge ahí las bromas que le hacían los amigos y le decían: ‘bueno ya no te pueden decir metepatas porque te falta una. Y cuando andaba en muletas, una amiga muy elocuente le decía: nada tan parecido a un cuadrúpedo como tu: dos muletas y dos remos, uno de ellos maltrecho”.

¿Para terminar con el amor, ¿cuál es la diferencia entre sensualidad, erotismo y sexualidad?

¿No son más o menos la misma cosa con distinto nombre?

Yo solo pregunto...

“Yo creo que son la misma cosa con distinto nombre. Un disparadero hacia los mismos objetivos (risas).

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VIAJES

Dentro de los viajes reales ¿dónde está el rincón de la tierra que más lo ha sorprendido?

“Praga”.

¿Por qué?

“Porque aunque no hablo alemán, el choque de las culturas en Praga es tan evidente que se palpa. Se encuentran Oriente y Occidente, las invasiones. No se cuántas veces he estado en la casa número 22 de Kafka, entonces como que me afiancé en Praga sin menoscabo de otras ciudades, Salamanca o Florencia”.

¿Medellín, Bogotá y Barichara o hay otros amores que yo no tengo aquí?

“En Medellín me eduqué. Medellín me educó. Me educó la Universidad Pontificia Bolivariana. Me educó EL COLOMBIANO. Me educó el vespertino La Defensa... Cómo no tenerle afecto a esa ciudad en la que crecí intelectualmente y en la que aprecié los distintos estamentos de la sociedad, pienso que mirándome en el espejo retrovisor, con un poco de resentimiento de mi parte, entre los de arriba y los de abajo, yo estaba en los de abajo. Pero, como en virtud del conocimiento fui ascendiendo en la escala social, guardo afectos muy grandes por esa ciudad. Y luego me vengo a buscar destino a Bogotá (...). Empiezo a participar en las tertulias literarias y políticas. Ya había desaparecido el escritor que quise ser. Porque ya entonces el poder de la palabra y de la escritura que había adquirido en EL COLOMBIANO y en la Bolivariana los apliqué al menester de la política”.

¿Dónde empieza el amor con Bogotá?

“Cuando empiezo a participar en todas las tertulias literarias y políticas. Entonces, ya había desaparecido el escritor que quise ser, desaparecido, apenas noticas por ahí. Porque ya entonces el poder de la palabra y de la escritura que había adquirido en EL COLOMBIANO y en la Bolivariana los apliqué al menester de la política”.

¿A dónde va en los viajes imaginarios, los de la mente?

“Pues sitios imaginarios... uno que era imaginario, pero lo realicé, fue a La Patagonia, la Tierra del Fuego, el Estrecho de Magallanes y el canal, siempre soñé con ese territorio. Y otro sitio es el Tibet, pero nunca pude ir, no sé porqué. Yo estuve por ahí en los municipios vecinos. A Nepal he ido dos veces en una crisis religiosa que tuve por una torpeza mía, después de la caída de Rojas Pinilla, pues yo estaba luchando contra esa dictadura. Recuerdo que García Márquez me invitó a que nos fuéramos del país. Me dijo: nos van a matar. Vámonos. Le dije: vete tu, pero yo me voy a quedar peleando y tratando de que no me maten, pero vete tu. En esos momento prácticamente el Episcopado estaba apoyando en su casi totalidad y entonces yo me desengañé. Este es un dictador que está trasgrediendo todos los derechos humanos y como es que el Episcopado, representante de una Iglesia, lo está apoyando. Quiere decir que esa iglesia no defiende los derechos humanos, entonces yo perdí la fe y me excomulgaron, pero además de que me excomulgaron yo inducía a que me excomulgaran, iba a las ciudades y desafiaba al obispo y al arzobispo: necesito que me excomulguen porque no quiero pertenecer, en público. Me quedé sin ir al Tibet”.

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LIBROS

¿Qué es lo que más le impactó de Fernando González?

“Su autenticidad y la búsqueda de sí mismo en todos sus libros. Y estaba muy joven, era estudiante y él sacaba la revista Antioquia de la cual sacaba 500 ejemplares suficientes para armar las que armaba. Toda la obra de Fernando González, absolutamente toda, es la de un buscador, buscador de la verdad y quizás agnóstico, que no es el que niega todo, sino el que dice: puede ser, puede ser, y sus personajes tan de la raíz de la propia tierra y el conocimiento de la raíz del conocimiento, siempre me sedujeron”.

¿Y Tomás González?

“A mi juicio es el novelista colombiano por encima de Vásquez y de Héctor Abad, no para ponerlos por debajo de Tomás sino para decir que es padre de estos que tienen una aureola de fama muy bien ganada, por cierto, pero Tomás es la mesura y el castigo en el lenguaje y es la rebeldía”.

¿Tiene un tema que le obsesione estudiar?

“Sí, la filosofía. “Sí, la filosofía. Yo sí leo mucho, mucho es mucho y asisto a certámenes de filosofía, generalmente como discípulo, muy pocas veces como expositor. En algunas ocasiones en universidades europeas”.

¿Y por qué nació esa obsesión por la filosofía, qué lo inquieta o qué lo seduce?

“Por la búsqueda del conocimiento”.

¿Tuvo usted relación con Nicolás Gómez Dávila?

“Muy poca, lo conocí, lo traté y aquí tengo su obra completa, la tengo también en Bogotá y la tengo por doquier”.

¿Cómo es su hábito de lectura? ¿Tiene algún ritual con los libros cuando los termina?

“Leo varios libros a la vez, según el estado de ánimo. Leo mucha poesía, y sabía mucha poesía, ya no. Y mucha filosofía, desde los griegos y la Teogonía... de los romanos y toda la filosofía de la Ilustración. Soy especialista en la Ilustración, que es uno de mis temas predilectos y de mis muletillas para la interpretación de los acaeceres en América Latina, del descubrimiento, de la colonización, y, concretamente, la Independencia de Colombia, por lo mucho que tuvo que ver a mi juicio la Ilustración que llegó a través de la Real Expedición Botánica de Mutis y del Orinoco ilustrado del Jesuita José Bonilla y que tuvo que ver con la generación de la Independencia”.

Cuando se conoce a un autor a veces se pelea con él, sus ideas o sus libros. ¿Ha tenido grandes peleas con algún autor?

“Sí, he tenido grandes peleas con filósofos grandes, inmensas peleas. Sobretodo con los filósofos de la Escolástica, porque desde el propio seminario de Misiones de Yarumal empezó mi discordia frente a la escolástica, no tanto por el pensamiento de Aristóteles, sino por la manera como la Escolástica se enseñaba en el mundo entero y el apoderamiento que hizo el catolicismo de ella”.

¿Por qué el amor por la poesía?

“En la poesía se expresa absolutamente todo el universo vivencial, el cosmos vivencial del ser humano. A través de un verso o mediante un poema, se llega muy profundamente a la esencialidad del ser humano, a su razón de ser más que en otras ciencias u oficios, sin necesidad de llegar al cánon de los parnasianos, que era sacrificar un mundo para pulir un verso, no”.

¿El verso libre entonces?

“El verso libre o el verso a través de los cánones de la retórica, no tengo ninguna predilección. Pero por ejemplo, los poetas malditos cuyas huellas he seguido en París, escribían indistintamente en versos libres o en versos a través de los cánones retóricos. Y entonces en la poesía mis predilecciones son muy variopintas, no estoy casado con este o aquel autor exclusiva y excluyentemente, no. Tengo predilección por los poetas malditos, los simbolistas o por la Generación del 27 de España, de esa me seduce: García Lorca, Alberti, Cernuda, Aleixandre, don Pedro Salinas, Manuel Altolaguirre, Concha Méndez, casi los dije todos. Y en Colombia, la Generación de Piedra y Cielo, casi todos o todos, pero fundamentalmente Eduardo Carranza y un poeta llamado Tomás Vargas Osorio, que murió muy joven. Murió de 33 años, la edad de Cristo, de un cáncer y sin salir de su pueblo, solamente pasó a Socorro que queda al ladito, ¡qué escritor!”

Le pido recomendar un libro a cuatro tipos de personas: a sí mismo, a sus nietos, a los jóvenes colombianos y a mí.

El primero es a sí mismo:

“El Quijote”.

El segundo, a los nietos:

“El Quijote”.

El tercero, a los jóvenes de Colombia:

“El Quijote”.

Y el cuarto, a mí.

“El Quijote”.

¿Por qué el Quijote?

“Por su contenido y su continente. Porque su contenido es una suma de caracteres recogidos de una manera muy sabia por Cervantes. Por el lenguaje, por la manera como el español que había surgido por allá en la Edad Media en Latín, ahí se fue depurando. El español había tomado cuerpo con el Cantar de Mío Cid en el año 1207 y llegó Cervantes y ese lenguaje vacilante del cancionero de Mío Cid, no del Mío, sino de Mío Cid, Cervantes lo transmutó”.

¿Y si pido una recomendación, dos o tres libros?

“Ahí sí me la pone muy complicada. Porque soy un gran lector de la Biblia independientemente de toda connotación religiosa. Pero también soy especialista en James Joyce. Recomendaría a Joyce, pero sé que esas son palabras mayores, porque tiene sus dificultades. Pero recomiendo los clásicos”.

¿Tiene algún clásico que casi es una irreverencia decir que no le gusta?

“No”.

¿Se ha entendido bien con todos?

“No, pues tengo predilecciones, pero no que me disgusten, no. Porque desde niño fui formado en los clásicos. Esas pequeñas ediciones importadas por el profesor López de Mesa con dibujitos, en pasta dura y para niños, y entonces -casi que digo la palabra antioqueña- un culicagado de cinco años hablando de Homero y de los clásicos, una curiosidad especial, no, y predilecciones, todas”.

¿Y de los contemporáneos?

“De los contemporáneos, todo lo de García Márquez, todo lo del boom latinoamericano, todo. Por ejemplo, si me preguntan por García Márquez, claro que Cien años de soledad era la apoteosis, pero a mi La Hojarasca y El Coronel me gustan mucho y algunos de sus cuentos...

“Hice un libro del maestro de Greiff que fue como una indemnización póstuma de mis infamias con él. Hicimos una caja en una edición de 300 ejemplares de un cuaderno que apareció entre el muladar, que era la biblioteca del maestro de Greiff, en donde solamente él metía la mano y al tacto -como hacen las señoras- iba sacando las cosas. En este cuaderno aparece la cocina del poeta, el cómo cocinó algunos de sus poemas. Como sus Rondeles, ¿recuerdan un rondel muy famoso del maestro, el de La Rosa?:

“Esta rosa fue testigo

de ese, que si amor no fue,

ningún otro amor sería.

Esta rosa fue testigo

de cuando te diste mía!

...

De tus labios escuché

la más dulce melodía,

esta rosa fue testigo:

...

Esta rosa fue testigo

de ese, que si amor no fue,

ningún otro amor sería.

El día, ya no lo sé,

-sí lo sé, mas no lo digo-.

Esta rosa fue testigo”.

Y otro rondel:

“Esta mujer es una urna

llena de místico perfume,

como Annabel, como una Ulalume.

y para mi alma taciturna

por el dolor que la consume.

esta mujer es una urna,

llena de místico perfume”.

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ARTES PLÁSTICAS

Hablemos de tres pintores: Manzur, Débora Arango y de un pintor un poco escondido que se llama Belisario Betancur. ¿Cómo describe el misterio de la obra de su amigo David Manzur?

“Pues yo le he hablado en varias oportunidades de los buscadores de destino y Manzur es un buscador formidable porque ha hecho el tránsito. Es un gran dibujante, en primer lugar, y para ser pintor hay que ser antes que nada dibujante. La pintura, como decía Balzac, es un ave que pasa y hay que prenderla ahí sino se le va a uno, y se le aprende con el dibujo. Manzur es un gran dibujante, pero gran, gran. Allá hay un Manzur, ese es un Manzur y aquí detrás hay otro Manzur y aquella máscara es de Manzur. Fue al mismo tiempo un gran transmisor del dibujo como punto de partida para una escuela que él tuvo durante cerca de 20 años, una escuela de dibujo de donde salieron muchos pintores y pintoras y siempre sobre la base del dibujo. A mí me tuvo un año haciendo esas itálicas, pero implacablemente, o sea cuando ya me aburría de hacer esas itálicas, de empezar tenuemente y hundir más la mano sobre el pastel y adelgazarla, pero páginas y páginas, hasta que la mano se acostumbre y el resto sobre esa base del gran dibujante, ha venido buscando y buscando en los movimientos pictóricos sin asirse a ninguno definitivamente, como por ejemplo ha hecho Fernando Botero, que encontró su vivencia y se quedó en esa vivencia y la ha ido refinando hasta llevarla incluso a la escultura. Entonces Manzur tiene esa completud del dibujante, del buscador, del enseñante, del maestro y del realizador. ¿Y que más le digo, de qué otro pintor?”

Débora Arango: hay un cuadro en la Casa Blanca, que era la casa de ella, donde usted está cargado en los hombros de doña Bertha. Cuénteme de ese cuadro. Yo no lo conocía, fui a conocer la casa y fue una sorpresa encontrarme con esa obra”.

“Pues mi vida como le he comentado fue siempre una lucha en la política, pero enfrentado a los dirigentes de mi partido en Antioquia, a los dirigentes tradicionales. Era una especie de rebeldía sin causa, quizá con un poco de retaliación social, o sea, por yo estar abajo y ellos estar arriba, quizá, y porque yo sólo, porque habían dispuestos que habían unos que tenían mucho y otros que no teníamos nada, aunque la verdad, yo nunca hice de eso ley inútil, no, pero quizá por allá en el rondón del alma, quizá había esos residuos de resentimiento. Entonces enfrentamiento de la casa Gómez con la casa Ospina y yo ingresé a la casa Gómez. ¿Le cuento cómo?

“Pues yo le conté cómo ingresé a la revista Semana, cómo me examinaron y cómo finalmente me admitieron. Un poco con la reflexión que usted hacía de sí misma, yo sabía que, me dicen si yo sirvo, pero yo sabía que servía. Y estábamos en la revista Semana trabajando en unas oficinas por allá abajito de la Plaza de Bolívar, en la carrera novena, cuando me dice la secretaria:

- ‘Te llaman de la Presidencia’. El presidente se llamaba Laureano Gómez.

- Yo le dije: ‘Mona ¿qué tal está la salud de tu santa madre? A mí porque me ven provincianito no me van a tomar el pelo. Y aquí en Bogotá lo hacen y lo hacen meter a uno la pata, le inventan citas inexistentes y uno llega a cumplirlas y ahí están por allá burlándose de uno, al cabo de cuatro o cinco días o una semana’.

- ‘Te llaman de la Presidencia de la República”.

- ‘Mona, por favor diles que no estoy o que no los puedo atender ahora y dámele respetuosos saludos a tu santa madre’.

Pero a la tercera o cuarta vez que me dijo, esto estaba sospechoso, ¿no? Entonces, me fui para la oficina del doctor Pacho de Paula Pérez, sus dos hijos, Alfonso y Pacho, abogados, eran mis amigos y el padre, pues fundador de EL COLOMBIANO, también, protector. Y les dije:

- ‘¿Me prestan un teléfono?’

- ‘Pero tu tienes allá en Semana’,

- ‘Sí, pero es que quiero hacer una llamada y no quiero que me oigan, porque de pronto es una tomadura de pelo y se van a reír de mí y yo no me dejo’.

Entonces, llamé al Palacio al teléfono que me habían dejado y era la secretaria de la Presidencia, doña Inés Escobar -hermana de doña Margarita, la esposa de Álvaro Gómez-.

- ‘El señor Presidente lo está buscando, doctor Betancur’. -Sí era cierto-. ‘Y se lo voy a pasar’: ‘Habla Laureano Gómez, doctor Betancur, lo he estado buscando con el objeto de decirle que por qué no me hace el honor de aceptar un almuerzo aquí conmigo”.

- “Señor presidente, pues encantado, y muy honrado’.

Y pasé el fin de semana yendo a la Casa de Nariño a ver cómo se entraba, así sin avisar ni nada, para no llegar pisando duro, no llegar como un primíparo, a una cita con el señor Presidente. Y era cierto y almorcé con el doctor Gómez y entonces me dijo: ‘Álvaro está muy, muy ocupado, y es el director de El Siglo, yo quiero que usted sea codirector con él, porque él ya no alcanza con los menesteres de la política’. Y adherirse al periódico, es, Martha dirigiendo al mismo tiempo EL COLOMBIANO y el Partido Conservador. Entonces le dije:

- “Señor Presidente, muchísimas gracias, qué honor’.

- Entonces, le va a tocar a usted solo porque Álvaro no puede, pero mientras tanto, la transición se hace que sea usted el codirector’.

- ‘Señor Presidente muy honrado, muchas gracias, pero yo no le puedo aceptar’.

Alberto Casas dice que ahí empezó mi carrera política.

- ‘¿Cómo te atreves tu a decirle al presidente y jefe del Partido Conservador y propietario de El Siglo que no le aceptas’.

Lo peor es lo que sigue:

- ‘¿Pero por qué no, doctor Betancur?

- Le dije ‘Señor presidente, porque a mi juicio el periódico El Siglo es muy malo y no tiene enmienda’. ‘¿Por qué es muy malo?’ ‘Señor presidente, no saben titular, los colaboradores son... Señor presidente, si me puede traer un periódico El Siglo de cualquier día, yo se lo analizo. Y me trajeron un periódico del domingo anterior y otro día de la semana, y yo usaba un lápiz aquí que creía que era símbolo de intelectual. Al cabo del tiempo Otto Morales me lo hace quitar -‘esa es una guevonada’-. ¡Ah, bueno! Entonces, me lo guardé. Yo hacía cosas para tratar de aclimatarme con estos intelectuales tan peligrosos de Bogotá, reeducándome. Y entonces le analicé el periódico.

- ‘Cámbielo, arregle eso’. ‘No se puede, señor Presidente, porque tal columna que aparece escrita por un enemigo suyo, la firma fulano de tal”.

‘Entonces, suspéndala’.

‘No se puede señor Presidente porque el autor está casado con fulanita de tal, que es sobrina de su esposa, no se puede’.

- ‘Y mire esta otra página, señor presidente’.

Se lo destrocé. Y como yo venía de manejar yo mismo la tituladora, entonces, le expliqué todo aquello.

- ‘¿Por qué no lo piensa?’

‘Señor presidente, lo engañaría, no le acepto. Es que el fracaso es que no soy capaz de hacer todo aquello que hay que hacer’.

- ‘Pero, ¿si puede escribir un editorial?

- ‘Sí’.

‘¿Todos los días puede?’.

Salían dos editoriales. Ahora le dije que haber escrito esos Ecos con distintos estilos, intemporales y espaciales, me sirvió, porque empecé a ir todos los días, intemporal y espacial, se lo mandaban en sobre cerrado al doctor Álvaro Gómez y él lo metía entre su escritorio y le decía a su secretaria el día que no había podido escribir, ‘busque en el escritorio uno’. Y eso lo estuve haciendo un buen tiempo. Quedé matriculado en la Casa Gómez. Después de eso llegué a director de El Siglo. Ya a la caída del doctor Gómez, vino una lucha contra Rojas Pinilla y en esa lucha -Rojas Pinilla estaba apoyado por todo el Partido Conservador-, menos un grupo, y en todo el partido estaban Mariano Ospina Pérez y Gilberto Alzate Avendaño. Entonces, ya era yo Casa Gómez frente a casa Ospina. Eran carácteres incompatibles y con doña Bertha, por supuesto, ni hablar. Yo no la conocía, además. Me dedicaba a veces Tábanos, que era el nombre de su columna en La República.

Un día, un político de Cundinamarca me dijo:

- ‘Doña Bertha quiere conocerlo y hablar con usted’. - Le dije, ‘Pues muchas gracias, me siento muy honrado’.

Acordamos un almuerzo. Pero en Bogotá existe mucho la institución de que lo invitan a uno y no hay tal invitación y lo hacen meter la pata.

- Yo le dije: ‘pero es que yo voy a salir de Bogotá’.

Entonces, señalamos una fecha como a los dos meses, en la esperanza mía de que en esos dos meses iba a haber un cataclismo espantoso, entonces se le olvidaba el almuerzo, pero no ocurrió el cataclismo y se llegó la fecha. Y llegué con dos horas de retraso al norte de Bogotá. Cuando llegué oí que doña Bertha decía:

- ‘Mmm, si así va ser cuando nos unamos, que irá a hacer de esto... mmm’.

Y ella ya se había aplicado unos cuantos whiskys y entré:

- ‘Doña Bertha, disculpe’.

- Y le dije a la dueña de casa: ‘¿cuántos se ha tomado?’

- ‘Cuatro whiskys’.

- ‘Traígame cuatro whiskys del tamaño de ella y una soda’. Y le dije: ‘doña Bertha a su salud’ (glu, glu, glu...).

Ahí me sacudí, quedé igual 1-1, 4-4. Y esa tarde, ella fue muy generosa conmigo.

- ‘Usted es muy vanidoso, usted tal cosa, yo sé cómo se ha hecho usted, usted lo que necesita es Partido y con usted se puede llegar al poder’.

- ‘Doña Bertha... Entonces, quedamos’.

Yo usaba siempre el vehículo Fiat, yo no tenía chofer, yo mismo era el chofer. Una camioneta Fiat. Se largó por la tarde un huracán. Le dije:

- ‘Doña Bertha, ¿tiene vehículo?

- ‘No’.

-‘Yo la llevo’. Y entonces, imagínese, doña Bertha Hernández de Ospina y Betancur... Y entonces, en Los Cedritos, en la avenida Caracas, al llegar a la 72 por la avenida Chile, ahí se formaba una charca por una mala alcantarilla. Yo pasé y se apagó el motor, ahí, a las 6:00 de tarde, en mitad del charco. Todo Bogotá desfilaba por ahí o una parte muy importante: y esto es muy raro, doña Bertha y Betancur, qué cosa tan rara, y entonces, ahí comenzaron las caricaturas y, por supuesto, Débora Arango no perdonó: doña Bertha cargando a Betancur, esa es la explicación”.

Y el tercer pintor se llama Belisario Betancur. Cuénteme de esa faceta.

“Buscador de destino. Hubo un momento de búsqueda y de mucho entusiasmo con Caravaggio y en razón de mis vivencias académicas, de viajar mucho por Europa y por Asia... he viajado por mucho mundo, mucho. Y algún día me dijo Manzur -siempre fuimos amigos- ‘¿por qué no pintas?’ Le dije la vieja frase: ‘Lo que natura no da, Salamanca no lo presta’. No, entonces empecé con la itálica y a mover la mano, yo tuve un accidente porque un perro aquí en Barichara me saludó muy efusivamente y me eché de pá’trás y caí de espaldas y se me rompió el manguito rotador, y no pudieron ni con cirugía, entonces este brazo no puedo alzarlo mucho, aunque con fisioterapia me lo fueron levantando, hasta hacer casi completa la flexión. Y entonces, el maestro Manzur sostuvo siempre que yo tenía condiciones muy importantes de pintor, pero que mi indisciplina en aras de la academia y de la política habían frustrado -el no lo dice nunca- sino que siempre pregunta ¿qué estas pintando? Y siempre estoy pintando algo y algunas de mis hijas tienen cuadros míos y he participado en algunas colectivas, pero no muestro al público”.

¿Y no nos va a mostrar?

“No, porque no tengo nada aquí. Hay un caballete, pero con lienzos vacíos, vírgenes. Digamos que soy un pintor -no puedo decir frustrado- porque me fusila por la espalda el maestro Manzur. Digamos que soy un pintor de fin de semana”.

¿Y por qué lo mata el maestro Manzur si usted se define como un pintor frustrado?

“Pues porque él se ha hecho muchas ilusiones en mí. No le importa lo académico sino que descubrió en mí un pintor. Pero yo no le he correspondido. Sigo pintando, pero ya más por divertimento. Con el maestro Manzur he estudiado todas las técnicas de la pintura, todas, incluida la cocina del pintor: cómo se le saca punta a los lápices, y a los pasteles, que no es con sacapunta sino retorciéndolos; cómo se trabaja con lo que sale de los lápices, cómo con las cocas, como con los dedos; el pastel, el óleo, el acrílico, la acuarela, en fin, conozco ya todas las técnicas, todas”.

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LA PLENITUD

¿Es un hombre de fe?

“Soy un hombre que ha tenido veleidades por torpezas mías, por identificar las fallas de algunos seres humanos, con fallas de la Iglesia. Cosa que es un absurdo: unas son las personas y otras las intenciones. Pero soy creyente. Nací como católico y soy católico. Pertenezco a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales. Antes, miembro de los 32 miembros que fueron la creación inicial del Papa Juan Pablo II, y ahora, miembro honorario con todos los derechos, pero sin la obligación de ir a Roma. Ejerzo desde Bogotá”.

¿Cuáles son esos errores de la iglesia que lo hicieron en su momento retirarse? ¿Y cuáles son los errores de la Iglesia contemporánea?

“Pues los errores que yo consideré que me indujeron a mí al error, fueron los apoyos que el Episcopado Colombiano le dio al régimen del General Rojas Pinilla, y que tontamente y torpemente me hicieron a mí caer en el error de imputar la destitución de la Iglesia, lo que eran errores de unos de sus directores. Todo eso lo corregí después de una vuelta al mundo que hice con dos compañeros y llegamos a Roma en la fiesta del trabajo católico que hay por allá en marzo durante el papado de Papa Juan XXIII, el Papa bueno, que no sabía hablar, era un campesino. Mis compañeros me dijeron, vamos a San Pedro, que en San Pedro hay misa con el Papa. Cuando llegó la Homilía hizo el Papa Juan XXIII una apología del trabajo y entonces hablaba manoteando sin saber manejar las manos y hubo un momento en que yo vi que ahí en esas manos mal manejadas y en su lenguaje campesino, había algo más que manos de un campesino y lenguaje de un campesino y caí de rodillas llorando y recobré la fe y en ella estoy y de ahí no me salgo”.

No conocía esa historia.

“No la suelo contar”.

¿Dice que su bien más preciado es la familia. ¿Por qué nunca quiso tener cosas?

“He querido tener conocimiento. Quiero tener conocimiento. Aquello que descubrí con la maestra de escuela, con misia Rosario Rivera. Eso quiero tenerlo. Usted se imagina que cada día que amanece quiero saber algo nuevo y lo encuentro a pesar de que lo fundamental de mi biblioteca está en la Bolivariana. Pero conservo los libros fundamentales de filosofía y de literatura. Por ejemplo, conservo todo Borges, todo, y un libro muy feo, así como de 2 mil y pico de páginas, feo, espantoso: Conversaciones entre Borges y su amigo Adolfo Bioy Casares. El libro es inmanejable y lo mantengo en un atril como los que usan los curas -uso mucho los atriles, son un apoyo formidable-”.

Presidente, ¿usted le tiene miedo a la muerte?

“No. Le tengo miedo a sufrir al llegar la muerte, pero a la muerte misma, no. No me gustaría sufrir, por supuesto, entonces la espero con serenidad, con tranquilidad. Digamos que jalones que me den los afectos familiares. Mi determinación, que hice hace muchos años, fue que yo no les dejaría a mis descendientes dinero, porque nunca tuve ese apego, y hoy tampoco: les dejaría educación y todos están educados. Todos tienen sus profesiones”.

Presidente, ¿qué lo hace feliz?

“El conocimiento. La felicidad de los demás. Eso”.

¿Y es feliz?

“Soy feliz en el ámbito personal, pero no tengo una felicidad plena cuando miro el espectáculo de la humanidad contemporánea, más concretamente el espectáculo de las desigualdades en el país, entonces mi felicidad no es plena. Por eso lo que he querido ser es un sembrador de destino que no es un cosechero del sembradío a título personal. Sino que el cosechero de ese sembradío sea la comunidad colombiana. Esto puede aparecer un poco idealista o utopista, pero como les respondía León de Greiff, en sus mocedades cuando le reclamaban que tanta chimenea en espera de músculos y un poeta cantando tonterías y él dijo: sí, tanta chimenea, tanta escasez de músculos, pero es tan bello ver fugarse los crepúsculos”.

¿Como es un día perfecto para usted en este momento?

“Es un día de plenitud porque siempre estoy aprendiendo. En alguna conferencia, en algún seminario, me preguntaron:

- ‘¿Usted a qué hora estudia?’

- Y yo contesté: ‘Yo no estudio, no’.

- ‘¡Cómo que no!’

- ‘No, usted me pregunta: ¿usted a qué hora respira? Es vivencial. A qué horas estudio, es vivencial también’”.

¿Tiene tareas pendientes?

“No”.

¿Cómo quiere ser recordado por sus nietos?

“Que cuando alguien recuerde a Betancur diga: ‘ese fue amigo de la justicia. Ese fue amigo de los pobres. Ese fue amigo de la cultura. Así”.

¿Está en paz consigo mismo?

“Estoy en paz conmigo mismo. Casi que recuerdo aquel personaje

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