Bibliotecas cuentan las historias de la ciudad

  • Bibliotecas cuentan las historias de la ciudad
  • Fachada de la Biblioteca Efe Gómez de la Universidad Nacional, sede Medellín. foto CORTESÍA wikipedia
    Fachada de la Biblioteca Efe Gómez de la Universidad Nacional, sede Medellín. foto CORTESÍA wikipedia
  • La Biblioteca Carlos Gaviria Díaz, de la Universidad de Antioquia, fue fundada en 1935. foto Jaime Pérez
    La Biblioteca Carlos Gaviria Díaz, de la Universidad de Antioquia, fue fundada en 1935. foto Jaime Pérez
  • Biblioteca Nacional de Colombia, en Bogotá, fundada en 1777. Su sede actual es de 1938. foto colprensa
    Biblioteca Nacional de Colombia, en Bogotá, fundada en 1777. Su sede actual es de 1938. foto colprensa
  • Biblioteca del Monasterio del Escorial, Madrid, fundada por Felipe II. foto CORTESÍA wikipedia- hakan svenson
    Biblioteca del Monasterio del Escorial, Madrid, fundada por Felipe II. foto CORTESÍA wikipedia- hakan svenson
  • Biblioteca de la Abadía de Admont, en Austria, la más grande del mundo. foto CORTESÍA wikipedia- jORGE rOYAN
    Biblioteca de la Abadía de Admont, en Austria, la más grande del mundo. foto CORTESÍA wikipedia- jORGE rOYAN
  • Biblioteca Joanina, de Coimbra, Portugal. Erigida en el siglo XVIII. Foto CORTESÍA wikipedia- KARINE ET CYRIL
    Biblioteca Joanina, de Coimbra, Portugal. Erigida en el siglo XVIII. Foto CORTESÍA wikipedia- KARINE ET CYRIL
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Por John saldarriaga | Publicado el 28 de enero de 2017
25

mil ejemplares clasificados conforman la Biblioteca de La Ermita.

1895

año de construcción de la Ermita de Jesús Nazareno, según placa de un muro.

Como si supieran que son pocos los días y tal vez las horas en los que la Biblioteca Claretiana dejará de estar en su sitio, la Ermita de Jesús Nazareno, Mirringa y Mirronga, los gatos hermanos que la habitan, han dejado de aparecer a los ojos de los visitantes.

Esta biblioteca ocupa una de las primeras edificaciones diseñadas por el arquitecto Charles Émile Carré en Medellín. Está situada en el sector del Chagualo —esquina de la carrera 52, Carabobo, con la calle 61, Moore—.

El Gobierno Provincial Claretiano decidió sacarla de allí y llevarse los libros para la sede de la Universidad de la misma comunidad, ubicada en esa calle, tres cuadras hacia el Occidente.

Y esta decisión no solo tiene tristes a los gatos, sino a los usuarios y amigos de esta entidad.

Entre ellos, al escritor Héctor Abad Faciolince, quien manifestó su desconsuelo en una carta enviada a los “Señores Misioneros Claretianos”. En ella les cuenta que conoce la biblioteca y la frecuenta desde hace tiempos, y la considera un remanso de paz y de libros.

Y, en cuanto a su traslado, Héctor les dice que “sería un salto al vacío” y que “las bibliotecas no son solo los libros, sino el sitio donde han podido desarrollar su influencia, su benéfico influjo entre amigos, allegados y vecinos”.

Esta idea, la de que una biblioteca es más que los libros, es la que orienta este texto y la Biblioteca Claretiana nos sirve de ejemplo ilustrativo.

En este sentido, recordamos la Efe Gómez, de la Universidad Nacional, en su sede de Medellín, de gran riqueza arquitectónica, que también habla de la forma de construir de una época.

Por qué no, el Biblioburro, la iniciativa de Luis Soriano en La Gloria, Magdalena, en la cual son importantes los libros, cómo no, pero también los burros, Alfa y Beto, donde son transportados aquellos hasta lugares apartados de los centros urbanos.

Las que incluye el comunicador Jaime Zapata en su tesis de grado Bibliotecas anfibias: la de El Retiro, la Comunitaria de Santander y esta claretiana. Las llama anfibias, porque, además de ser un depósito de libros y un lugar para la consulta en ellos, cumplen otras funciones, como la de museo, del mismo modo que los batracios sufren metamorfosis y se transforman en otra cosa.

Memoria histórica

Este pensamiento lo comparten el fundador de esta biblioteca que nos sirve de ejemplo, el misionero claretiano Guillermo Vásquez, y la bibliotecaria, Ángela María Chica Bedoya.

El religioso cuenta que luego de su regreso de Europa, donde estudió las Sagradas Escrituras, hace más de 38 años, decidió conformar una biblioteca. Recogió libros de una que tenía la comunidad en Manizales y resultó destruida en un terremoto, y otras colecciones. Tuvo primero esos volúmenes en varios espacios, entre ellos, en su lugar de residencia, Villa con San Juan, que compartía con el crítico de cine Luis Alberto Álvarez, también claretiano, ya muerto, y en algunas habitaciones del Seminario Fusimaña, en la vía a San Antonio de Prado.

Luego luchó por conseguir un espacio único. Solicitó al Gobierno Provincial que le cediera la Ermita de Jesús Nazareno y se lo concedió. Este sitio ha albergado la Biblioteca desde 2002.

Ángela María, por su parte, es quien abre la puerta a los visitantes. Vinculada desde hace 22 años, les cuenta la historia de esta construcción, erigida en terrenos donados por Isabel Echavarría, al lado de la carretera al Norte, en un suburbio lejano al Centro de Medellín. Era la vía por la que se salía a la troncal de la Costa.

Les cuenta que en esta construcción de ladrillo se celebró misa durante años, hasta la edificación de la parroquia, terminada en 1953. Después, la ermita se convirtió en un guardadero de enseres de la iglesia.

Añade datos aportados por el padre Guillermo, según los cuales ese sitio cambió de uso en más de cien años de existencia.

Allí funcionó una bodega de vinos de consagrar, que los claretianos importaban en toneles para embotellarlo allí; el taller de los pesebres del padre Teodoro Domínguez —maestro del doctor Gabriel Ripoll, encargado de la muestra anual del Museo El Castillo—, quien se encerraba cada fin de año a elaborar un belén que fuera sensación de los habitantes de Medellín, hasta finales del decenio de 1970, cuando esta decoración navideña atraía a las personas como los alumbrados seducen hoy a muchas otras.

Estos son relatos sucintos de la memoria que se cuenta en la Biblioteca Claretiana. Memoria que corre el riesgo de perderse cuando se traslade la biblioteca para la otra sede, el viejo colegio de las hermanas Doroteas, en el sector de la Estación Villa, porque ya no se escuchará más.

Del Surrealismo al siglo XXI

El escritor y urbanista Darío Ruiz, quien por cierto pasó su infancia en este sector, luego de recordar que una de las cosas que más le impresionaban del patio de la Ermita, hace más de cincuenta años, es que había una vid y no era raro verla con sus racimos de uvas colgando pesados de sus ramas.

Evocó una fotografía de los tiempos de su construcción, a finales del siglo XIX, donde se ve la vía del Norte (hoy Carabobo), la Ermita con un techo a dos aguas adelante de la puerta principal sostenido por columnas. Al fondo, varios árboles presidiendo una naturaleza desmedida. Un transeúnte se veía también: “parecía un cuadro surrealista”.

Esta fotografía está en la biblioteca. Ya no existe el techo adelante de la puerta.

Darío advierte que la memoria de ese edificio y del vecindario entero, esta que cuentan a los visitantes, corre el riesgo de perderse con la salida de la biblioteca, porque no habrá quien cuente la historia. Señala que en vez de acabar con lo que hay, esta es una oportunidad para recuperar el sector.

“Es absolutamente cierto que una biblioteca es más que los libros”, sostiene Doris Henao, jefe del Centro de Investigación de Ciencias de la Información de la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia.

Esta bibliotecóloga explica que el espacio específico de lo que es una biblioteca es fundamental. Y más en este siglo XXI, cuando se entiende que la de libros es solo una de las muchas formas de leer de que dispone el ser humano.

“La lectura trasciende el formato y el soporte. En este caso, en los ladrillos pueden leerse las tradiciones”.

En el caso específico de la Claretiana, advierte que se ha convertido en un punto de referencia para los estudiosos de humanidades como historia y sociología, religión, filosofía, literatura, lengua española, así como de vecinos del sector. La gente —incluso ella—, la ha conocido más como Biblioteca de la Ermita que Biblioteca Claretiana.

Uno de los vecinos es Carlos Burgos, un estudiante de Historia de la Universidad de Antioquia. Vive en la misma cuadra de Carabobo. Ha visitado el lugar en procura de datos sobre el fotógrafo Melitón Rodríguez —cuya bóveda está en la cripta de la Ermita— y su hijo adelantó allí la alfabetización. Sin embargo, no está seguro de si los habitantes del sector son conocedores de que allí funciona una biblioteca.

El espacio de las bibliotecas —no tanto los anaqueles colmados de libros— sirven de inspiración a algunos visitantes. En la de la Ermita, cuyo volumen más antiguo data de 1550, busca su aliento poético la escritora Gloria García Torres. Es ese el escenario donde escribe sus obras. Algo mágico debe flotar entre los muros de ladrillo de este lugar sagrado.

Además de los libros, las bibliotecas también están constituidas por el local donde funcionan, los objetos que completan su labor de divulgación de conocimiento y los diálogos que propician.

Contexto de la Noticia

OPINIóN La ermita tiene muro de Lamentos

Héctor Abad Faciolince
Escritor
Esta Ermita “es un ejemplo de lo que puede hacer la cultura por un sector de la ciudad que lo necesita. Me parece que su labor de varios decenios se merece nuestro reconocimiento y respeto. Un traslado, opino con respeto, sería un salto al vacío”.
John Saldarriaga Londoño

Envigadeño dedicado a la escritura de periodismo narrativo y literatura. Libros publicados: Al filo de la realidad (cuentos), Contra el viento del olvido, en coautoría con William Ospina y Rubén López (periodismo), Crónicas de humo, El Arca de Noé (crónicas) y Vida y milagros (crónicas), El alma de las cosas (relatos), Gema, la nieve y el batracio (novela). Recibí el Premio a la Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa en 2005; el Premio CIPA, en 2004.

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