¿Cuál es la función de las galerías de arte?

  • En el espacio que ocupaba la galería Naranjo y Velilla, en el centro empresarial San Fernando Plaza, está desde esta semana Aleph Galería de Arte. FOTO manuel saldarriaga
    En el espacio que ocupaba la galería Naranjo y Velilla, en el centro empresarial San Fernando Plaza, está desde esta semana Aleph Galería de Arte. FOTO manuel saldarriaga
Por MÓNICA QUINTERO RESTREPO | Publicado el 03 de julio de 2016

Detrás de una obra de arte colgada en la pared de una casa hay una serie de movimientos que hacen posible que la pieza llegue a ese lugar. A veces es una transacción simple, entre el artista y el sujeto que compra, pero muchas otras, y sobre todo si el artista ya tiene una carrera reconocida, pasa por una galería.

Pilar Velilla, quien estuvo en el oficio por 30 años, y hasta hace poco era dueña junto a su esposo Adolfo Naranjo de la galería Naranjo y Velilla, explica que con las redes sociales al comprador se le facilita acercarse a los artistas y a estos entonces a la comercialización.

“Ello los distrae de su verdadero oficio y los convierte en comerciantes de arte, dejando poco tiempo para el estudio, la reflexión y la creación. Esto es válido, pero al mismo tiempo representa un riesgo: el artista que abandona su verdadero oficio y la oportunidad de dar a conocer su trabajo y el comprador que pierde la posibilidad de ser asesorado”.

Por supuesto, cada caso es distinto. Sería difícil comprar una pintura de Botero sin alguien que medie, pero una obra de un artista emergente, quizá sea una cosa de encontrarse con él.

De todas maneras, la función de la galería es vender. Tiene que ver con dinámicas de mercado: el artista produce, el mediador exhibe, el galerista vende y el público participa.

Los museos son, por antonomasia, esos lugares llamados a la mediación. Carolina Chacón, curadora adjunta del Museo de Antioquia, comenta que la relación de un museo con una galería no existe, no hay injerencia entre las dos instituciones, porque es claro que el museo no comercializa arte. De todas maneras, en la medida en que un museo visibiliza a un artista, puede darse una reacción en el mercado.

Ahora bien, si las galerías son las llamadas al tema de la comercialización, también hacen, desde sus intereses, una mediación. Es más, muchas han optado por abrir sus posibilidades y actividades.

¿Un fin cultural?

Alberto Hugo Restrepo, galerista y dueño de A.H. Fine Art, que ahora funcionará como parte de Aleph, en San Fernando Plaza, donde estaba la Naranjo y Velilla, señala que las galerías tienen un compromiso cultural, y más allá de vender, deben inventarse actividades que vayan más allá de las exposiciones y las subastas, como tertulias y hasta conciertos. Formas todas de acercar el arte al público.

De hecho, Harold Ortiz, director y fundador de Timebag, dice que las galerías deben pensar en convocar al público, atraerlo e incluirlo a través de una oferta más alta, para que se sienta más cómodo con los temas del arte.

Hecho importante en Medellín, en donde expertos coinciden en que ha crecido el interés de las personas, pero que todavía falta.

Para Tony Evanko, director de Casa Tres Patios, el propósito de las galerías es comercial, si bien hay algunas que desde hace un tiempo han empezado a realizar otras actividades con la idea de formar público y educar a los coleccionistas.

Quizá tiene que ver con los tipos de galerías, que pueden ser distintas. Algunas son espacios en los que mantienen piezas de artistas y un comprador puede ir a ver y a elegir. Hay otras que son a puerta cerrada, a las que solo van coleccionistas o personas que son invitadas por el galerista. Unas más son como Plecto Galería, de Liliana Hernández, un espacio de arte contemporáneo donde no hay un catálogo de obras en stock, sino que se trabaja por proyectos colectivos e individuales, precisa ella, y de allí se genera la posibilidad de mercado.

La responsabilidad de todas pasa por ser mediadores, hacer circular el arte y venderlo. Hay también, y en el mismo sentido de la mediación y circulación, otra idea importante, que señala Harold Ortiz: mover la carrera del artista y aconsejarle caminos para tomar. “El trabajo de un galerista es acompañar al artista en su crecimiento”.

Liliana añade que mientras el museo hace circular el arte, para el arte, la galería tiene ese valor, con el componente adicional de la transacción económica. Se ejecuta el ejercicio de una economía cultural, prosigue, representado por el producto artístico que es la obra de arte. “Una función elemental de la galería, que se ha asumido por los galeristas durante mucho tiempo”.

Ella agrega, además, que esa lógica de la galería existe todavía, pero está en expansión. Ahí entra lo cultural: espacios para difundir y proyectar el arte plástico, así como generar diálogos e insertarse en las dinámicas sociales.

Eso puede ser importante, según Chacón, para la diversificación del campo y la formación de criterios para los artistas. Para ella, no se trata de que cada institución cumpla una tarea exclusiva, si bien es importante la especialidad, que no quiere decir que las galerías no puedan tener otro tipo de prácticas, favorables si aportan a activar el pensamiento sobre el arte. “Si se están abriendo a presentar exposiciones curadas, más allá únicamente del interés comercial –indica la curadora adjunta–, se está hablando de que las galerías entienden la importancia de los espacios de formación de pensamiento”.

El problema, para ella, sería que esas actividades quieran poner a unos artistas sobre otros. Chacón precisa la importancia de que cada institución entienda y sea responsable de sus límites.

Una de las críticas más comunes a las galerías es la dificultad para los artistas de entrar en su círculo, que muchas veces está conformado por amigos, nichos pequeños, y romperlo para llegar es complejo sin ayuda. Crítica en la línea de pensar que entre sus funciones está darles espacio a nuevas voces y descubrir talentos.

Si bien entonces, los galeristas expandan sus límites y crean en su función cultural, que es importante, es claro que su propósito es comercial. Tony Evanko comenta que la parte comercial es para ellos muy importante en los temas de sobrevivencia.

“El trabajo de una galería –expresa Pilar Velilla– es una labor cultural que implica orientar a partir de una curaduría documentada, de la sensibilidad y del conocimiento del mercado del arte”.

Otras posibilidades

En la ciudad se han formado otros espacios de arte, como casas o centros que ofrecen residencias artísticas, hacen investigaciones, son lugar de encuentro, realizan exposiciones, subastas, talleres, publicaciones y proyectos curatoriales. Funcionan también como espacios de mediación y circulación.

Los llaman espacios alternativos y en la lista están Casa Tres Patios, Taller 7 y Campos de Gutiérrez. El director de la primera afirma que estos no tienen ventas de obras, en tanto su propósito no gira alrededor del mercado del arte, sino con un carácter más experimental, “donde los artistas puedan realizar proyectos sin la presión de un mercado”. También les dan la posibilidad a los creadores de experimentar con piezas que serán difíciles de comercializar. Podrían llamarse también como laboratorios.

¿Cómo se sostienen? Como cualquier lugar cultural. Pasa por la autogestión, la presentación de proyectos, las convocatorias públicas.

Estos espacios podrían eventualmente comercializar una obra, pero sería, sobre todo, por un proyecto especial. No es su labor principal.

¿Sostener una galería?

Alberto Hugo Restrepo advierte que el negocio del arte no es fácil y requiere, como en otros oficios, amor. Los galeristas, además de conocimiento, necesitan gusto por el campo. Por supuesto, sigue él, tiene que ser rentable, porque hay que pagar arriendo, empleados y gastos generales.

“Ahora bien –continúa–, el proceso de tener una implica una serie de responsabilidades. Uno está mostrando una serie de artistas y espera acertar con la calidad. Eso es un proceso”.

Vender arte no es fácil, porque además tiende a ser costoso. Ahí hay que hacer la diferencia entre el que es decorativo, que ya no lo llaman arte, y que no funciona como inversión. Porque en eso también está la clave. El arte como la posibilidad de tener un refugio económico, apunta el galerista. Comprar un cuadro por dos millones de pesos, que puede costar 10 millones, 10 años después. Él da el ejemplo de un dibujo de Fernando Botero. Si alguien lo compró en sus primeros años, no les costó lo que podría valer hoy: no menos de 60 mil dólares.

Harold expone que es importante que las galerías creen dinámicas de mercado, y eso implica acercar al público, para que respondan a las experiencias de arte. El esfuerzo, en ese caso, es colectivo, no individual.

El tema del coleccionismo, coinciden los expertos como Alberto Hugo, es incipiente en la ciudad, pero va creciendo. “En Medellín algunas empresas y personas naturales tienen esa vena artística, pero no es fácil”.

De todas maneras, se necesita capacidad económica, aunque ellos creen que hay un público para ello, solo que aún, complementa el director de Timebag, es una compra muy tímida. “El público de Medellín quiere comprar arte”.

Sobre el tema, Pilar cree que tener una galería es rentable, en la medida en que haya adquisiciones basadas en el conocimiento de las artes plásticas y del mercado. Si bien, lo sabe también, hay compras emocionales e intuitivas, que a veces no producen mucho dinero, pero sí disfrute. Eso es válido.

“Nosotros (con su esposo) vivimos los últimos treinta años de comercializar arte –sigue ella–. El éxito no radica en el negocio sino en los negociantes. La prueba es que unos triunfan con el negocio con el que otros fracasan. Sin embargo, sostener una galería, como tantas actividades comerciales, no es fácil. Es un tema subjetivo, sujeto al conocimiento y a la emoción. Se trabaja con creaciones y con lenguajes que no siempre son comprendidos por el público”.

Una queja de algunos galeristas es que si bien la obra se expone en su espacio, a veces la compra se termina haciendo entre el artista y el comprador, para evitarse el porcentaje con el que se queda la galería, muchas veces del 50 por ciento del valor de la compra. Se rompe así la cadena de mercado.

La oferta

¿Qué tantas galerías hay en Medellín? ¿Son suficientes para la dinámica del arte en la ciudad? La respuesta, sugieren los conocedores del tema, depende de la comparación que se haga. Si es frente a Bogotá, son muy pocas. Con una ciudad más pequeña, son si no muchas, suficientes.

Harold manifiesta que las galerías que hay son las que son, mientras Alberto Hugo cree que son pocas, pero la competencia es dura, en tanto hay pocos inversionistas en general.

Todo pasa, entonces, por la autogestión, el trabajo. Liliana sostiene que como en cualquier mercado, siempre habrá competencia, y aunque el mercado es un poco estrecho, ella tiene una premisa para trabajar: “el asunto del arte es de resistir, insistir y persistir”.

Para ella Medellín es una urbe que le hace mucho énfasis a los museos, con dos que lideran agendas muy importantes en el sector, el Museo de Antioquia y el Mamm. Respecto a las galerías piensa que es una ciudad que empieza en el galerismo. “Es absolutamente imprescindible mencionar una de las primeras, La Oficina, una gestora importante”. Esa, la de Alberto Sierra, fue la primera. Tiene más de 40 años.

La directora de Plecto se devuelve a la historia y recuerda que en los 70 hubo un poco de galerismo dedicado al arte moderno, que tuvo que ver con las famosas Bienales de Coltejer, pero que en los 80 vino la época del narcotráfico, que afectó al gremio y muchos galeristas y galerías desaparecieron. Sobrevivieron La Oficina, la de Julietta Álvarez, la de Alberto Hugo, continúa ella, y luego llegó la Naranjo y Velilla, y las otras que están ahora, como Lokkus y Plecto, que se crearon después de 2000.

Y ahí van. “Es un sistema que sigue en crecimiento. No nos podemos igualar a Bogotá, que tiene un sistema inmenso. El número de Medellín es proporcional a las dimensiones de la ciudad”.

No hay, sin embargo, una lista oficial. Se van nombrando entre ellos. Otras más son Color y Forma y Duque Arango, que también llevan un buen tiempo en la ciudad.

Pilar, que ya se va del sector con su esposo Adolfo Naranjo, por otro proyecto personal, cree que en Medellín, galerías que operen con estándares internacionales son pocas, “pero no por eso dejan de ser importantes. Hay una nueva generación de galeristas que están recorriendo un camino muy interesante y que cada día se posicionan como espacios profesionales para la exhibición y comercio del arte”.

En general, les parece que es un sector que crece y que promete, con personas trabajando por él. ¿Y los artistas? También coinciden en que hay vitalidad y que, como lo nombra Alberto Hugo, hay una cantera de artistas interesante.

“Hay una creciente de nuevas prácticas artísticas –observa Harold–. Viene una buena generación de artistas. Hace falta la mediación y fortalecer el ciclo completo de compra”.

Las galerías, entonces, si bien su función comercial, juegan en el arte un papel importante para los movimientos que hay detrás de él. Porque colgar una obra de arte en una pared tiene una historia larga, que se olvida cuando se pega el primer tornillo.

Contexto de la Noticia

En un minuto El cierre de la Naranjo y Velilla

¿Por qué terminaron la galería Naranjo y Velilla? ¿Fue difícil sostenerla o es un tema personal?

“Superar los treinta años en el mismo oficio no es propiamente abandonar el negocio por las dificultades que este representa. Claro que hay buenas y malas épocas, dificultades y retos, pero en nuestro caso lo disfrutamos y estaríamos dispuestos a compartir nuestras experiencias con quién las necesite. Ahora estamos en un nuevo proyecto que nos llena de emoción, cambiar como lo vamos a hacer es una aventura y a nosotros nos gusta soñar y atrevernos a explorar otras visiones de vida”.

Lograron hacer un nombre en la ciudad...

“Nuestra percepción es que mantuvimos una imagen de seriedad pues más allá de la simple acción de vender, siempre procuramos aportarle al movimiento artístico. También pensamos que nos ganamos una buena reputación como personas honestas y responsables, no solo en la comercialización sino en el oficio de asesorías y avalúos”. Pilar Velilla, dueña de la galería.

Mónica Quintero Restrepo

Es periodista porque le gusta escribir. A veces intenta con la ficción, y hasta con los poemas, y entonces se llama Camila Avril. Le gusta la literatura, el teatro, el arte y las historias. Es periodista de Cultura de El Colombiano. También estudió Hermenéutica Literaria.

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