El viejo gladiador del ajedrez

  • Víktor Korchnói, sin llegar a ser campeón mundial, fue una leyenda del ajedrez. Ilustración: Don Repollo.
    Víktor Korchnói, sin llegar a ser campeón mundial, fue una leyenda del ajedrez. Ilustración: Don Repollo.
Por: Mario Alberto Duque Cardozo | Publicado el 23 de julio de 2017

La vida de Víktor Korchnói inspiró un par de películas y una ópera rock. Sobrevivió al brutal sitio de Stalingrado, renunció a seguir siendo soviético, pero sobre todo, se batió en duelos memorables ante el tablero cuadriculado del ajedrez.

Imagínenselos sentados uno frente al otro. A un lado del tablero el defensor de la corona, Anatoli Kárpov, con la necesidad de confirmar que su título no es un golpe de suerte ante la renuncia de Bobby Fischer. Al otro lado el retador, Víktor Korchnói, 20 años mayor que el campeón del mundo, exiliado de la Unión Soviética, talento a la sombra de ese a quien ahora se enfrenta. Están en Baguio, Filipinas. Es 18 de julio de 1978.

Para llegar allí, Korchnói se enfrentó y venció a Tigrán Petrosian, Lev Polugayevski y Boris Spassky en el Torneo de Candidatos. Así pudo retar a Kárpov y pelear por lo que cree que merece.

Y ahí están, en ese martes de 1978. El retador va con las blancas. Será el primer duelo. El que quiera proclamarse campeón tendrá que jugar hasta ganar seis veces. Hace apenas dos años que Korchnói dejó la Cortina de Hierro detrás de él, aprovechando su participación en un campeonato en Holanda. De allí partió a Berlín y luego a Suiza, donde vive ahora.

La comitiva de Kárpov exige que a Korchnói se lo identifique con una bandera blanca, que diga “apátrida”. Es cierto, él no tiene país: rechazó el suyo y aún no se nacionaliza suizo. Bien, dice Korchnói, que la pongan, pero que diga “Yo me escapé”. La decisión final es que juegue sin bandera.

Sobrevivir en Leningrado

Imagínenselo de niño. Tiene 10 años y las tropas alemanas al mando del mariscal Wilhelm Ritter von Leeb tienen sitiado Leningrado, una agonía que duró dos años, cuatro meses y 19 días. Puede ser que al pequeño Víktor, hospitalizado por desnutrición, lo asalte el vago recuerdo de un pasado mejor, de vivir en una casa repleta de libros, alguno de ajedrez, quizá.

Puede ser, también, que recuerde fugazmente la convivencia rota entre su madre, una pianista judía ucraniana, y su padre, un aristócrata que pasó de ser profesor de literatura a operario de fábrica durante los primeros planes quinquenales de Stalin.

Puede, incluso, que lo visiten los fantasmas: el de su padre muriendo en el frente de batalla, el de él mismo arrastrando a su abuela hacia el cementerio o recorriendo la ciudad sitiada buscando cartillas de racionamiento entre la ropa de los cadáveres para poder comer, el de su casa bombardeada, el del chico que derretía el hielo del río Nevá para tener agua.

Fueron los escaques los que le abrieron otras puertas. Terminado el sitio y acabada la guerra, Korchnói despuntó en el ajedrez. Ya lo jugaba desde los seis años, pero fue a los 14 cuando descubrieron su talento. Compitió y ganó torneos juveniles uno tras otro. A los 20 años ya era considerado como un maestro soviético y a los 21 era un gran maestro internacional. A los 23 triunfó el torneo de Bucarest. Ganó cuatro veces el campeonato de la URSS. Era un genio buscando la gloria... hasta que llegó Kárpov.

La Unión Soviética buscaba un héroe para enfrentarlo a Bobby Fischer. Necesitaban un aspirante a campeón mundial del juego ciencia. Kárpov y Korchnói llegaron a la final de ese Torneo de Candidatos. El primero contaba con el genio, el respaldo del establecimiento, los entrenadores, la propaganda. El segundo tenía las ganas, el talento y la testarudez que lo caracterizaron toda su vida.

El ganador hubiera luchado contra Fischer en el Campeonato Mundial de 1975, si el estadounidense no hubiera hecho lo de Boabdil en Granada: rendirse sin pelear.

El joven Kárpov derrotó a Korchnói, a quien fueron relegando, dejando de lado, sin competencias. Lo supo entonces, si no quería estar a la sombra de un campeón mundial, sino serlo, tenía que ser otro, huir. “No existe una hora mejor que otra para organizar la maleta”, leí en un texto sobre huidas de Juan Tallón, parece que Korchnói también lo sabía.

Dirán algunos que se cansó del comunismo, pero la verdad fue que su decisión tuvo más que ver con el espíritu competitivo que lo animaba que con los intereses políticos.

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Salir de la URSS

Lo suyo no fue una carrera desbocada hacia los límites del imperio soviético. Se fue de a poco. Aprovechó una competencia en Hastings, al sur de Inglaterra, para llevar con él parte de su biblioteca de ajedrez y dejarla allí al cuidado de un amigo.

Luego viajó a Amsterdam, con otros volúmenes de su biblioteca y, allí sí, pasó por una comisaría y dijo, palabras más, palabras menos, aquí estoy y allá no vuelvo. Y no volvió. Contó que fue el gran maestro británico Tony Miles, quien le enseñó a decir en inglés “asilo político”.

Imagínenselo entonces, con 45 años, una edad en la que los ajedrecistas se retiran, empezando de nuevo, ahora con la carga de apátrida, de traidor, de segundón. A su familia no le fue bien con su escape: encarcelaron a su mujer y su hijo, pero si había que empezar de nuevo era del todo.

En Rusia dejaron de incluirlo en las revistas especializadas, lo borraron de las crónicas oficiales. Él siguió jugando ajedrez. En su exilio conoció a Petra Leeuwerik, que se convirtió en su secretaria, primero; confidente, después y compañera sentimental hasta el final, o tal vez en otro orden. Ella, quien estuvo recluida en el campo de trabajos forzados de Vorkuta y odiaba todo lo soviético, lo animó para enfrentarse a la que fuera su patria.

Jugó el Torneo de Candidatos, de nuevo. Los cuartos de final fueron contra Petrosian, en la semifinal se enfrentó a Polugayevski y en la final derrotó a Spassky. Fueron 43 partidas: ganó 14, perdió 6 y empató 23. Así obtuvo la oportunidad para ser campeón del mundo, solo tenía que derrotar a Kárpov y ahí estamos, de nuevo.

Espías, parapsicólogos y yogures

Vuelvan ustedes a Baguio, Filipinas. No miren a los jugadores, olviden el tablero. No se preocupen porque Korchnói, con las blancas, llevó el peón a c4 y que Kárpov replicó con caballo a f6. Busquen en las tribunas, en cambio, a Vladimir Zukhar.

Debe estar en un lugar desde donde pueda mirar de frente a Korchnói. Es parapsicólogo y tiene la misión de interceptarlo mentalmente, obstruir su juego. Debe estar ahí, sin importar cuántas horas dure el juego, mirando al retador. A su vez, el equipo de Korchnói ha hecho correr el rumor de que el padre de Kárpov ha muerto, para intentar desconcentrar al campeón.

El tablero está tibio. Caballo a c3, acaba de mover el retador. Peón a e6. Nada espectacular. Dieciocho movimientos para un partido en tablas. La batalla está afuera.

Para la segunda partida Korchnói llega con unas gafas como espejos, para escapar de la mirada de Kárpov, pero sobre todo del poder del parapsicólogo. Lo acompañan, además, una banda de monjes budistas y su propia silla, de la cual Kárpov desconfía y obliga a desmontar y revisar con rayos X. A los monjes los sacan de la sala. Hay que verlos a los ajedrecistas, tan cultos, tan intelectuales, tan agoreros, tan supersticiosos.

El súmmum de la paranoia tuvo sabor a yogur de frambuesa. Se lo sirven a Kárpov y Korchnói estalla: ahí, en ese inocente producto de fermentación bacteriana está, en clave, el mensaje para derrotarlo. Exige, entonces, que si a su rival le van a dar yogur, a él también le sirvan uno. Eso fue lo más llamativo de la segunda partida, que se cerró en tablas tras 29 movimientos.

Solo hasta el encuentro número ocho hay un ganador: Kárpov se anota el primer triunfo de seis necesarios para declararse campeón. El encuentro 11 lo gana Korchnói. Y Kárpov resulta vencedor en el 13, 14 y 17. Korchnói gana en la partida 21 y Kárpov en la 27. Con el 5 a 2 todo parece resuelto. Pero ahí, donde otros se rinden, Víktor revela su testarudez y su empeño. Gana en la partida 28, en la 29 y en la 31, dejando el asunto 5-5.

Así que llegan a un nuevo enfrentamiento, el definitivo número 32. Kárpov va con las blancas. Korchnói sospecha que las tribunas están llenas de agentes de la KGB que quieren matarlo (unos documentos desclasificados años después habrían de darle parte de razón). Después de 41 movimientos decide levantarse de la mesa y aplazar la partida. No volvió más. Alegó condiciones ilegales. La Federación Internacional de Ajedrez rechazó su alegato y dio por campeón a Kárpov.

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Nunca campeón, siempre ajedrecista

Tres años después, en 1981, volvieron a enfrentarse por el campeonato mundial, en Italia. La prensa llamó al encuentro La masacre de Merano. 6-2 ganó Kárpov. Korchnói era un Quijote salido de las propias entrañas de los molinos soviéticos. No volvió a estar tan cerca del campeonato mundial. Pero no se retiró del ajedrez. Siguió jugando y ganando. Incluso, en 1994, con 63 años, le ganó a Kárpov y empató con Kasparov. Sufrió dos accidentes cerebrovasculares, pero eso no lo sacó del juego.

Cuenta el periodista Leontxo García que el viejo luchador fue perdiendo el oído y hasta el habla. Era difícil entenderle. A los 84 años, sin embargo, en un torneo en Zurich disputó una partida amistosa contra el ajedrecista alemán Wolfgang Uhlmann.

Korchnói era casi un vegetal, que revivió frente a los escaques, jugando para ganarle al olvido, puede que ya no hablara, pero en su cerebro seguía moviendo las piezas como el campeón mundial que no llegó a ser.

Contexto de la Noticia

Mario Alberto Duque Cardozo

Lector. Sabinero. Adicto a Quino. Como dijo Cortázar: “Si te caes te levanto, y si no puedo, me tumbo a tu lado”.

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