Para nadie es un secreto que la industria editorial está dominada por mercachifles. El gusto general y –cosa triste- hasta la misma academia suelen obnubilarse con las novedades y el espectáculo. Lo que no pasa por la televisión, por los premios que se reparten entre amigotes o por los festivales, organizados por y para las grandes editoriales, simplemente no existe. Con la fascinación por las novedades ocurre que la vida de cualquier libro –su disponibilidad en librerías– suele no pasar de los tres meses. Si el libro no “pegó”, como se dice en el argot del gremio, regresa a las bodegas, a las ventas de saldo y, en el peor de los casos, termina en papel picado.
Una lamentable consecuencia de que la literatura se conciba como fenómeno de masas...