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La literatura infantil se escribe desde muy antiguo y no pasa de moda.
Es apta para todas las edades.
Aunque algunos creen que los niños son unos “pesados” que manchan los libros de mermelada y les rasgan las páginas, los pequeños son un público importante de la literatura y, por supuesto, para los escritores.
Quien habla así de esas ¡pequeñas amenazas! es Karl Konrad Koreander, dueño de Libros de Ocasión, la librería donde se da la primera escena de unos de libros infantiles que, a pesar de ser joven, puede decirse que va entrando en la selecta lista de los clásicos: La historia interminable, de Michel Ende. Es la escena que sucede en el prólogo de esta obra publicada en 1979.
Es un público deseable por exigente. Un niño es cruel o, más que cruel, de una llaneza tal que no le importa decir “no me gusta” si su emoción no se mueve un milímetro o las sensaciones no le hacen cambiar ni un grado el color de sus mejillas. Y si es un niño pequeño, con el llanto lo dice.
La historia de la literatura infantil hunde sus raíces muy hondo en el tiempo. Basta recordar a los fabulistas, como el esclavo...