Pocos músicos han logrado tanto respeto a ambos lados del Caribe como Chucho Valdés, heredero de una dinastía musical que lleva décadas marcando la cultura cubana —es hijo del legendario Bebo Valdés—. A este excelso pianista no se le niega ninguna puerta en el trópico, en los efervescentes templos del tambor, pero tampoco en las frías calles de Nueva York, donde el jazz suena refinado. La Fania intentó lo mismo en los setenta: abrirse un espacio en el mercado de música estadounidense, no conforme con su millonario éxito entre los latinos. Y fracasó.
No es fácil, pero Chucho sí lo logró. Desde que conformó Irakere en 1973, e incluso antes, logró captar la atención de los melómanos de todo el mundo y, sin importar su preferencia musical, hacia...