En 2008 el rostro de Caterine Ibargüen no reflejaba la alegría que la caracteriza. Su brillo, ese que se armoniza cuando luce sus grandes dientes, no era el mismo. La impotencia la acompañaba.
Sentía que el trabajo de largos meses había desaparecido como agua entre los dedos.
Por escasos centímetros se privó de clasificar a los Juegos Olímpicos de Pekín de ese año, situación que le generó frustración. Tanta que por poco toma la decisión de abandonar su carrera deportiva que le hubiera impedido tener el reconocimiento actual.
Nueve años después, su nombre ha tomado vuelo como sus saltos.
Ayer, a sus 33 años de edad, y pese a ceder el reinado del salto triple mundial en Londres, en el cual estaba desde hacía cuatro años, el semblante de la paisa estaba intacto.
Con gallardía, lo primero que hizo fue reconocerle, con un abrazo, el triunfo a Yulimar Rojas, la joven venezolana de 21 años que tiene como ejemplo a seguir a la propia colombiana.
Al final, con una plata, Caterine logró su cuarta medalla consecutiva en Mundiales. La primera fue un bronce en Daegu 2011, y luego los oros en Moscú-2013 y Pekín-2015.
Aunque está acostumbrada a celebrar en el primer escalón del podio, este es un nuevo premio como lo expresa su abuela Oyola Rivas, “gracias a su esfuerzo, disciplina y constancia”.
“A mis 80 años recién cumplidos solo le pido a Dios que me siga dejando disfrutar de los triunfos de mi Cate”, relató ayer Oyola, uno de los motores que impulsó a Caterine para dejar atrás los obstáculos.
“Desde niña le advertía que en la vida nada era fácil -dice la matrona-, que ante los fracasos había que levantarse con más fuerza, que no se dejara vencer y más con todos los sacrificios que había hecho”.
Y Caterine escuchó. Ella, quien de niña entrenaba con los tenis del colegio y en algunas ocasiones lo hacía descalza porque en la casa el dinero no alcanzaba “para lujos”, y que en su primera competencia corrió con los zapatos de su mamá Francisca, se llenó de valor para seguir dando zancadas firmes.
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