Atlantic City fue la ciudad de la que, de joven, Donald Trump se enamoró perdidamente. De hecho su promesa de afincarse allí y convertirla, entre otras cosas, en el mayor emporio boxístico del mundo lo cumplió... a medias.
Un complejo inicial de 614 habitaciones, siete restaurantes, gimnasios y un casino de cerca de cinco mil metros cuadrados hacían parte, a comienzos de los años ochenta, de un próspero negocio que el hoy electo presidente de Estados Unidos montó con la idea clara de engrandecer su capital y también su ego. El Trump Entertainment Resort apareció como paso inicial. Luego llegarían el Trump’s Castle -1985- y el Trump Taj Mahal -1990-, como principales soportes. Su carrera al éxito era fulgurante.
Como si se tratase de un gran pulpo, los tentáculos del próspero magnate tocaron el boxeo, una afición de primer nivel de los estadounidenses que tenía que ser explotada por uno de los más importantes socios capitalistas del momento en el país del Tío Sam.
El olfato del joven Trump lo condujo a granjearse una amistad con Mike Tyson, la naciente estrella de la división más llamativa del pugilismo, convertido rápidamente en campeón mundial y a quien Trump le sirvió para afianzar, mutuamente, sus imágenes y sus alforjas. Mientras Tyson continuara su ascendente carrera y la televisión lo acompañase, Donald también ganaba.
Años más tarde, en entrevistas para canales de televisión, el magnate confesaría que su ambición, mucho antes de montar sus exitosos programas de realitis show, como El Aprendiz, entre otros, era convertir a Atlantic City en el centro del boxeo mundial.
El mundo de la organización en el boxeo es una mina de oro, siempre y cuando se tenga dinero y figuras que, como se dice en este deporte, “muevan el torniquete” y pongan el cartel de “boletas agotadas”. Trump unió las dos. Y, además, tuvo un socio que le permitió el lucimiento: Don King.
La mezcla explosiva
Ese triunvirato (T-T-K) resultó una mezcla explosiva. Criticados y acusados por explotación de la figura de un pugilista sin educación que “hizo ricos” a todos los promotores que montaron sus espectáculos, tuvieron los medios suficientes para consolidarse en esa época.
King, quien tenía los derechos para conseguirle los combates más atractivos a Tyson, encontró en Trump el socio capitalista. El primero ponía el show, el segundo lo protagonizaba y el tercero aportaba la plata. Al final todos ganaban.
Pero la idea de Trump iba más allá. Atlantic City, ciudad de casinos y negocios, le dejaba jugosos réditos cada vez que montaba las peleas.
De hecho Tyson llegó a combatir en alguno de los hoteles-casinos de esa ciudad con Michael Spinks, en 1988, Larry Holmes -88-, Tyrrel Bigs -87-, José Ribalta -86-, Mike Jameson -85- y David Jaco -85-, Michael Johnson -85-, entre otros. Combinó también con Las Vegas como lugares preferidos para mostrar el demoledor poder de sus puños.
Enemigos “gratuitos”
Los celos y hasta los negocios, que muchas veces cambian de condiciones de la noche a la mañana en el mundo del boxeo, según relata Bob Arum, condujo a su enemistad con Trump, alguna vez su socio capitalista.
Arum es otro magnate estadounidense promotor y quizás el más importante de los vigentes pues se ha sostenido en el duro medio del boxeo por e espacio de 50 años -cumplidos justamente en 2016-. y quien tuvo mucho que ver en las carreras de famosos campeones mundiales como Óscar de la Hoya, Sugar Ray Leonard, Marvin Hagler, Tommy Hearns, Roberto Durán, Floyd Mayweather, Ray Mancini, George Foreman, Alexis Argüello y Manny Pacquiao, entre otros.
Arum es hoy el enemigo uno de Trump. La historia habla de un conflicto entre ambos desde cuando se sentaron a montar una millonaria pelea: George Foreman y Evander Holyfield, en 1991 y en la que perdió, según relata, 2.5 millones de dólares.
Trump se desligó de su responsabilidad financiera, porque, advierten los cronistas de la época, se echó para atrás porque la pelea “dejó de ser un buen negocio” cuando supo que a dos semanas de la velada no se había vendido ni el 50% de las entradas, dejando así “embarcado” a Arum.
Al final, el emporio que Trump quiso montar duraría menos de una década. Su personalidad explosiva y los enemigos terminaron venciéndolo, no obstante, haber invertido, esporádicamente, parte de su capital en una que otra pelea.
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