HISTÓRICO
DEMOCRACIA Y DEBATE POLÍTICO
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    DEMOCRACIA Y DEBATE POLÍTICO |
Por ALEJO VARGAS VELÁSQUEZ | Publicado el 19 de enero de 2013

La democracia como modelo de organización política en una sociedad está asociada a varias condiciones; supone la existencia de pluralidad, diversidad, alternación en el gobierno, independencia de poderes, gobierno de mayorías con respeto y garantías para las minorías, entre otras, pero en este escrito quiero destacar la importancia del debate y la controversia política como asociadas a la democracia.

En principio se suponía, en épocas de hegemonía de la democracia representativa, que era exclusivamente a través de los partidos políticos que se tramitaba el de los debates de las ideas y propuestas políticas –se presumía que los partidos eran los representantes de diversas corrientes de opinión política-, pero una vez se empieza a cuestionar que los canales partidistas sean los únicos monopolizadores de la opinión ciudadana emerge, en los últimos decenios, la idea de la participación ciudadana o la denominada democracia participativa, como un elemento complementario de funcionamiento político en democracia y por lo tanto se plantea que los debates políticos trascienden los mecanismos partidistas.

El debate político, entonces, es algo fundamental en democracia, no sólo para que se expongan los diversos puntos de vista y las distintas tesis, sino también para que se haga control político de los gobernantes y de las instituciones en su funcionamiento y para que se conozcan propuestas diferentes para manejar los asuntos públicos. Sin embargo, en nuestro caso, en los últimos tiempos el debate empezó a desvirtuarse, porque sólo eran consideradas aceptables las ideas y tesis que se situaban en la perspectiva de los grupos dominantes en cada momento –recordemos en el anterior gobierno como se tendía a descalificar determinadas tesis o debates señalándolos como ‘cómplices o aliados del terrorismo’ y de esta manera el debate político se desvirtuaba-, o en la perspectiva de personalizar las controversias y aún rondar los linderos de la calumnia.

Esto se torna más relevante en la medida en que los medios de comunicación se vuelven predominantes y si se quiere entramos a un período de lo que algunos han denominado ‘democracia mediática’, en la cual el nuevo escenario de la democracia ya no es la plaza pública, sino la pantalla del televisor, las ondas de la radio, las páginas de los periódicos, las revistas y las redes sociales. Pero igualmente esto empieza a generar una especie de ‘distorsión’ y es que los medios masivos de comunicación tienden a destacar lo que consideran ‘noticia’ y esto es lo que es escandaloso, bravucón, atrevido y donde lo que importa ya no es el debate de ideas sino las agresiones personales. La noticia, supuestamente, es entonces lo que hace escándalo, más allá de si está o no soportada por argumentos. Esto como sabemos ha llevado a la utilización de palabras con una carga de agresividad y rayando el insulto, donde el debate se mimetiza en expresiones altisonantes y efectistas.

Una de las prioridades sobre las que deberíamos trabajar los colombianos no es la de suprimir el debate político, sino por el contrario, estimularlo, pero un debate de ideas y propuestas, no de agresiones para buscar generar en la galería adeptos de ocasión, porque esto lleva a provocar un ambiente político que dificulta el análisis de los problemas nacionales de manera adecuada. El debate político contribuye a fijar claramente posiciones, pero no necesariamente a polarizaciones y estigmatizaciones que distorsionan la lógica de la política –enemistades relativas- y la sitúan mucho más próxima a la lógica de la guerra –enemistades absolutas-. El debate político debe contribuir a enriquecer la opinión, no necesariamente a generar adhesión.