HISTÓRICO
El agua y sus maldiciones
Jorge Giraldo Ramírez | Publicado el 26 de julio de 2009
Tuve noticia de dos asuntos muy locales durante este mes de julio. El primero provino de las cartas de algunos restaurantes neoyorkinos que anuncian que no venden agua en botella sino del grifo, por razones ecológicas. El segundo surgió de un pequeño pueblo de Australia, llamado Bundanoon, donde los residentes decidieron prohibir la venta de agua embotellada (The New York Times, 17 de julio).

Son dos iniciativas muy distintas en cuanto a la estrategia, porque la primera apela a la responsabilidad ciudadana y a la conciencia respecto de un consumo adecuado a la situación económica de las personas y a las urgencias ambientales del planeta; mientras la segunda busca el camino coercitivo de la ley para obligar el cambio de conducta. Por supuesto, las premisas y los objetivos de esas propuestas son las mismas.

Las premisas son muy claras. El agua es un recurso natural considerado universalmente de carácter público y, en los últimos años, visto como precioso tanto por su importancia para todas las formas de vida en el planeta como por las alertas sobre su escasez en algunas regiones. Un recurso que algunos empresarios ventajosos han empezado a embotellar y a vender produciendo una de las plusvalías más alucinantes del mercado.

El valor del mercado mundial de agua embotellada se estima en 22 mil millones de dólares anuales, pasando a ser uno de los negocios más importantes. Dependiendo de las marcas y de los nichos de mercado el agua embotellada cuesta entre 240 y 10 mil veces más que el agua del grifo. En Medellín el litro de agua de EPM cuesta 81 centavos, el litro embotellado más barato vale 711 pesos (877 veces más caro). Todo esto a pesar de que no existen diferencias significativas en la calidad.

Las ventas mundiales de agua embotellada crecen a mayor velocidad que la economía mundial, pues se mueve a tasas anuales del 12%. Se trata de un consumo suntuario en el que los europeos occidentales (tan correctos) se beben la mitad y los norteamericanos una quinta parte. El lujo se nota en el precio: ¿quién puede entender racionalmente que un litro de agua valga más que un litro de leche o uno de cerveza, e incluso que un litro de gasolina?

Si esto no es bastante escandaloso, pensemos en la basura plástica que produce la industria del agua. El volumen de ventas de agua supone algo así como 180 mil millones de botellas plásticas. Por supuesto como seres humanos, imperfectos e indisciplinados, la mayoría de ellas no van al reciclaje sino al suelo, a los caminos, a los campos y los ríos.

De esta manera el negocio del agua embotellada se está convirtiendo en uno de los peores círculos viciosos generados por la cultura contemporánea del lujo, el despilfarro, la superfluidad y la amenaza a las generaciones futuras. Usando las categorías del filósofo Richard Rorty, el embotellador más que un productor es un especulador.