HISTÓRICO
EL GIGANTE Y LOS PIGMEOS
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Por BEATRIZ DE MAJO | Publicado el 11 de junio de 2013

La presencia china en el Caribe no se inscribe dentro de la estrategia que la poderosa nación asiática emplea para dejar su huella en el resto del continente. Los temas económicos que los occidentales ubicamos en el epicentro de nuestras relaciones externas son trascendentes para solo una parte de la ecuación sino-caribeña: la miríada de pequeñitos países de la cuenca. Para el coloso chino lo que realmente es relevante es otro ángulo de la relación bilateral: el político.

Cada uno de estos mini-países cuenta con una voz y un voto válido que puede ser de enorme utilidad a Beijing en organismos internacionales de toda índole, donde se tratan temas álgidos para la aceptación de China en el concierto mundial y para su visibilidad como nación que no desentona.

Estos temas se abordan dentro del sistema de Naciones Unidas, de sus organizaciones temáticas y de otras instituciones y ONG de espectro mundial. La mayoría de los tópicos en los que a China le conviene ser percibida como un "buen vecino o un buen padre de familia" tienen que ver asuntos como la propiedad de derechos intelectuales, la conservación del ambiente, los derechos humanos, el respeto a las libertades de los individuos, entre otros. Son todos asuntos de principios y actuaciones en los que China, a pesar de su indudable liderazgo económico, su importante gravitación militar en los asuntos de seguridad mundiales o su relevancia política que cada día es mayor, no ha conseguido labrarse una aceptación plausible del resto del mundo y particularmente del occidental.

Ocurre es que en tales foros, estos temas polémicos del comportamiento estatal que hemos mencionado se abordan regularmente, se establecen códigos de conducta, se comprometen voluntades a través de decisiones y resoluciones y también se monitorea el cumplimiento de los acuerdos de todos los países de la escena global.

También se votan sanciones, se dirimen diferencias, o simplemente se hacen juicios morales sobre quienes no se suman al consenso mundial o actúan en contravía.

China, en unos cuantos de estos temas está en una esquina actuando en solitario bajo la mirada escrutadora y poco complaciente del resto de la comunidad de naciones. Me refiero a asuntos como la ausencia de libertad de expresión y de prensa, limitaciones del uso del ciberespacio chino, desprotección de las marcas extranjeras, el evidente y despreocupado envenenamiento ambiental, la injerencia en asuntos de terceros países como Taiwán o la violencia en el Tibet, la solidaridad con el gobierno sirio, por citar algunos.

Por estar empeñados en esa búsqueda de la aceptación global es que es tan imperativo para el coloso asiático contar con apoyos de los restantes actores de la comunidad de naciones en un número significativo. Y es allí donde entra en juego su relación generosa con este grupo de pequeños países caribeños cuya desproporción frente a la talla de China es flagrante, pero su agradecimiento es igualmente poderoso.

El voto de Dominica con sus 75.000 habitantes pesa tanto en la Asamblea General de Naciones Unidas como el voto de China con sus casi 1.400 millones de almas.

Es simple, de allí proviene la activa presencia china en las aguas caribeñas y ello explica la dadivosa visita de Xi Jing Pin de la semana pasada. Y particularmente ocupa un puesto muy relevante la integridad del territorio de la gran potencia asiática, una prioridad estratégica que aun hoy, con toda la talla del gigante, les sigue quitando el sueño.