HISTÓRICO
El Pilarico es feliz en una vida sin dolor ni sangre
  • El Pilarico es feliz en una vida sin dolor ni sangre | Fotos: Róbinson Sáenz | Con Vinol a su derecha y Venus a su izquierda, dos de los caballos recuperados de las calles de Medellín ahora felices y como si fueran "alazanes" viviendo a sus anchas en una finca, Pilarico siente que su lucha dio frutos.
    El Pilarico es feliz en una vida sin dolor ni sangre | Fotos: Róbinson Sáenz | Con Vinol a su derecha y Venus a su izquierda, dos de los caballos recuperados de las calles de Medellín ahora felices y como si fueran "alazanes" viviendo a sus anchas en una finca, Pilarico siente que su lucha dio frutos.
Gustavo Ospina Zapata | Publicado el 14 de mayo de 2011

Todo el carácter que le faltó a los trece años para decir "no quiero matar más toros" le sobra ahora para defender a estos nobles animales. Y lo haría a capa y espada, si fuera necesario, a pesar de que uno de ellos lo dejó postrado en una silla de ruedas.

Algunos -una muy mínima minoría- no creen en el arrepentimiento de Álvaro Múnera El Pilarico, con una muy hipotética suposición: "si no lo hubiera cogido un toro ahí estaría matándolos".

Vaya a saber. En todo caso, "por sus frutos los conoceréis", dijo San Mateo. Y a este reconocido concejal de Medellín, las nuevas generaciones, las que defienden el derecho a la dignidad y la vida de los animales, lo conocen más por sus causas y sus obras recientes, que por su pasado de matador.

Tres períodos como concejal y una tragedia personal han marcado la vida y la historia de este hombre conversador, de mirada noble y aficionado al fútbol americano.

Su causa la emprendió a los 22 años, cuatro años después de que la vida le diera la peor lección: él, enseñado a enterrar banderillas en la carne de inocentes toros sintió los cuernos de uno de esos animales incrustarse en su cuerpo.

"Primero me enganchó la pierna y me tiró con una violencia salvaje, salí por los aires como volador sin palo y cuando caía me volvió a enganchar, me partió la vértebra cervical, quedé con trauma craneoencefálico, lesión medular completa y sentí un corrientazo frío, el cuerpo se me perdió, no lo sentía, aunque escuchaba todo".

Así recuerda Múnera el incidente que a los dieciocho años lo dejó en una silla. Dice que si no murió, como lo pronosticó el médico que lo vio en la ambulancia cuando era trasladado de urgencia a un hospital de España, donde fue pitoneado por el toro, fue porque Dios le tenía otra misión, una mucho mayor y con la cual pagaría, quizás, el hecho de haber matado en cinco años casi 200 toros.

"Yo oía todo en la ambulancia, porque el oído no necesita músculo para funcionar, pero no sentía nada y escuché al médico cuando le dijo a mi apoderado que no había nada qué hacer, que me iba a dar un paro cardiaco y un edema pulmonar, porque 'el chaval' se desnucó".

Escuchado esto, enseguida El Pilarico sintió el llanto de su apoderado y poco a poco fue reaccionando. Y cuando todo pronosticaba que iba a morir, de repente le brotó la vida y tuvo el valor de consolar al que en ese instante derramaba lágrimas por él:

"Abrí los ojos y le dije que no se arrepintiera de haberme llevado a España, que esas cosas pasaban, que así estaba predestinado".

Ese día -22 de septiembre de 1984- quedó para siempre trunca la carrera del que pintaba como uno de los mejores toreros colombianos, que ya había sido triunfador en Medellín y que a sus trece años ya se paseaba por los pueblos matando con la espada vacas y novillos.

Fue por casualidad o por una jugada del destino que precisamente en la plaza de su mismo apellido, la de Munera en Albacete, El Pilarico murió para el toreo. Cuatro años duró su recuperación en el Jackson Memorial Hospital, de Miami, luego de los cuales regresó a Medellín a encarar la más extraña de las causas: convertirse en el defensor del animal que lo había dejado cuadrapléjico y asumir una vida de tormento y arrepentimiento que ha sido tal vez su sostén para no desfallecer. Vaya paradoja: en Albacete murió el torero y nació el mejor amigo del toro.

El destino sin sangre
"Lo mío estaba predestinado por dos hechos. A los trece años, en una feria en Fredonia, cuando permitían torear vacas, me tocó matar a dos, la segunda y la cuarta de la tarde, pero cuando iba saliendo pasé por el descuartizadero y vi cómo a esa vaquita le sacaban un feto del vientre. Eso fue muy duro para mí, me puse a llorar y dije que no era lo mío".

Pero qué va. A los trece años no hay tanto carácter como para tomar decisiones contundentes. Y a "Alvarito", en vez de animarlo a que saliera de ese mundo de sangre, muerte y espectáculo, con palmaditas en la espalda lo convencieron de que era normal que pasara, que sería un gran matador y que tenía el futuro a sus pies.

Y "Alvarito" quedó convencido de su potencial. A los pocos años tuvo correría por España, donde otro episodio similar le anunció que el toreo, en vez de hacerlo un hombre feliz, lo iba a atormentar, pese al éxito de sus estocadas y sus pases, que el público compensaba con aplausos, premios y salidas por la puerta grande.

"Me metí a puerta cerrada con un toro para entrenarme. Entrando a matar le pegué el primer espadazo y el animal no moría, le pegué el segundo y nada, cuatro espadazos le pegué y el toro lo que hizo fue que se dobló en cuatro patas, se recostó a luchar por su vida y ya los órganos se le salían. Ahí me dije: esto no funciona, esto está mal".

Pero otra vez las palmaditas convencieron a Álvaro, ya grandecito, de que no se atormentara, "pa'lante, que usted va a ser el mejor matador de Colombia", le dijeron.

O sea, dice El Pilarico, no fue la simple cogida del toro en la plaza de Munera lo que lo hizo cambiar. Fueron esos otros sucesos los que le decían no a su vida de torero. Hoy vive un sentimiento de arrepentimiento que, dice, no le alcanzará para pagar el daño que hizo.

Lo admite a pesar de que fue el artífice, desde la bancada animalista del Concejo, de que en Medellín se construyera el refugio para animales callejeros de La Perla, que atiende por año a cerca de 8.000 perros y gatos que antes sufrían en las calles.

Lo reconoce pese a haber sido el gestor de que en Medellín se acabaran los coches tirados por caballos, que fueron reemplazados por motocoches y que terminaron con la pesadilla y el maltrato que sufrían 228 equinos.

Desde la bancada animalista, Múnera logró que se terminaran las marranadas callejeras, que eran otra forma de tortura animal, y que el ganado en la feria dejara de ser atormentado con el tabano eléctrico, un aparato que electrocutaba a los novillos para hacerlos mover.

Y a pesar de esas obras y otras no menos importantes, la principal aún no la puede celebrar: que se acabe el toreo, "la corrida de toros es una tortura programada y con un ingrediente perverso, que es la diversión a costa de la sangre y el sufrimiento".

El Pilarico añade que ni desde lo cultural ni lo tradicional esa masacre de "sangre y muerte tiene justificación".

Argumenta que el animal es igual de sensible en el dolor al ser humano, pero el torero, "enceguecido lo ve como su materia prima", no se pone en el lugar del toro y por eso no entiende su dolor.

Sólo pide que la vida le permita seguir esa lucha, que por fortuna es ya una causa de casi toda la sociedad, porque "sólo una muy pequeña minoría -la de los toreros y los taurófilos- no ha querido entender que el mundo cambió", que la burla y el crimen no van con una sociedad defensora de la vida.