HISTÓRICO
Heliconia, un pueblo del paraíso
  • Heliconia, un pueblo del paraíso | Róbinson Sáenz, Heliconia | Aún se conservan dos chimeneas que tienen aproximadamente 250 años de historia junto a la casa de Alberto Correa. Mario Velásquez es el propietario de una de las cuatro fincas que cultivan las flores tradicionales del pueblo. Tiene 11 variedades de heliconia como ave del paraíso, muela de langosta, valeriana roja y naranjada, rostrata, entre otras de 1 a 7 metros de altura.
    Heliconia, un pueblo del paraíso | Róbinson Sáenz, Heliconia | Aún se conservan dos chimeneas que tienen aproximadamente 250 años de historia junto a la casa de Alberto Correa. Mario Velásquez es el propietario de una de las cuatro fincas que cultivan las flores tradicionales del pueblo. Tiene 11 variedades de heliconia como ave del paraíso, muela de langosta, valeriana roja y naranjada, rostrata, entre otras de 1 a 7 metros de altura.
Carolina Calle | Publicado el 04 de marzo de 2010

Cuando fundaron a Heliconia en 1814, nadie creía que regar la sal traía mala suerte.

Desde la época prehispánica los indígenas encontraron los yacimientos de agua salada y descubrieron la fórmula mágica para separar la sal del agua.

Los nativos de estas tierras aprovecharon el carbón que sacaban de las minas para mezclarlo con el fuego y calentar los recipientes repletos del líquido hasta que saliera la última burbujita, se desvaneciera el agua y dejara los puntitos blancos en el fondo para luego salir al trueque e intercambiarlos por pepitas de oro con los titiribíes, guacos y arvíes.

Cien años después de la fundación del pueblo nació doña Carlina, quien dedicaría su niñez al pico y pala en las minas de carbón y su juventud, a sacar los bultos sobre la espalda colgados de la frente.

Don Alberto era un niño cuando en Heliconia florecía el boom salinífero. Si Papá Noel hubiera pasado por Heliconia a principios del siglo XX, se le habrían agotado los regalos en el trineo porque en aquellas navidades ya existían 36 chimeneas gigantes.

El humo negro o blanco que salía de ellas cuando hervían el agua en grandes calderas, era la señal del gran emporio antioqueño que decaería cuando descubrieran que adentro de las montañas también había sal.

Y es que hasta para la Iglesia era un elemento sagrado que marcaría el gusto de los niños de la época que fueron bautizados. Doña Carlina recuerda que hace más de 90 años, antes de que el sacerdote pronunciara el nombre del niño en el bautismo, además de ungirle la frente con agua bendita, los niños debían sacar la lengua y probar el dedo que el sacerdote embadurnaba de sal.

Solamente hasta que Aleida escuchó esta anécdota de su abuela comprendió por qué cuando le servía la comida simplona, doña Carlina le reclamaba "¿a usted no la bautizaron o qué?

Ya sabe por qué la abuela es tan salada y no le puede faltar en la mesa ni en la cocina, un tarrito de sal.

El pueblo del tesoro
Muchos años después el municipio de Heliconia también fue llamado Guaca. Según cuenta el asesor de cultura y eventos municipales, Silveiro González, muchos indígenas prefirieron enterrarse a sí mismos en compañía de sus familias y sus riquezas, en vez de caer rendidos ante los españoles y entregarles el tesoro que sudaron toda la vida.

De ahí la tradición que muchos tienen en Semana Santa cuando salen el viernes de crucifixión a rescatar entierros de indígenas.

Albeiro ha rechazado más de una vez la propuesta que le hacen los campesinos de la vereda "para encontrar luces que arden en el campo".

Y es que desde que aprendió a cultivar 11 variedades de heliconias, ha concluido que en vez de esperar un día al año para cavar un hueco sin garantías de encontrar oro, prefiere hacer un hoyo de un metro y cuarenta centímetros de profundidad y esperar unos meses para que salgan tesoritos de tallos gruesos y pétalos de colores. Los 60 nietos, 34 bisnietos y 10 tataranietos de doña Carlina también descubrieron que en Heliconia tienen un tesoro de 95 años que alumbra cada día cuando la mujer más dulce les narra sus cuentos de sal.