HISTÓRICO
¿Hogar, dulce hogar?
Rodrigo Guerrero | Publicado el 27 de septiembre de 2009
Un estudio realizado por el Instituto Cisalva de la Universidad del Valle en jefes de hogar de Bogotá, Cali y Medellín, mostró que un 62% de padres y madres admitían haberles gritado a sus hijos, un 27% haberles dado palmadas y un 17% haberlos golpeado con un objeto duro, en el último mes. La encuesta más reciente de Demografía y Salud, de Profamilia y el Ministerio de Protección Social revela que el 41 por ciento de las madres utiliza los golpes y el 22 por ciento las palmadas para reprimir la mala conducta de los niños. Lo anterior indica que dentro del hogar, padres y madres acuden a los gritos, palmadas y golpes, es decir al maltrato, para disciplinarlos.

Lo curioso es que si a esas mismas personas les hubieran preguntado: ¿Ha maltratado usted a su hijo en el último mes?, probablemente habrían respondido que no. Lo cierto es que el uso de métodos violentos para educar a los hijos está tan arraigado en la cultura colombiana, que prácticas como las descritas, que son delito en muchos países, no se consideran como maltrato infantil sino más bien como necesarias, apropiadas y deseables para "educar".

La situación es preocupante por muchas razones. En primer lugar porque está demostrado que el maltrato infantil deja siempre, en mayor o menor grado, huellas neurológicas en el cerebro del niño que impiden el normal desarrollo sicoafectivo, afectan su personalidad, y destruyen su autoestima. Las huellas o alteraciones de circuitos cerebrales son más graves en los primeros años de vida, cuando el cerebro del niño está madurando. Los efectos del maltrato se conocen desde la antigüedad y ya san Pablo se refiere a él: "Los padres no deben tratar mal a los hijos, para que no se vuelvan apocados" (Corintios 3, 12-21).

Preocupa, en segundo lugar, porque las denuncias se refieren sólo al maltrato físico, y excluyen el emocional, así como la negligencia, igualmente perversa. Si bien en el maltrato siempre hay un componente de violencia emocional, ésta última puede darse sin que existan lesiones físicas; por lo tanto, puede pasar inadvertida. Rechazar al niño, humillarlo, burlarse de él, aislarlo de sus afectos, ignorarlo, aterrorizarlo con amenazas son las principales manifestaciones de violencia emocional.

Como consecuencia de las huellas neurológicas del maltrato físico o emocional, tanto quienes lo han padecido en la infancia, en el hogar o en la escuela, como quienes han presenciado violencia entre sus padres, tienden a convertirse en adultos violentos, porque aprenden que la agresión es el modo natural de resolver los conflictos. Así se establece un espiral de violencia que comienza en el hogar, sigue en la escuela, se implanta en la sociedad y se transmite de generación en generación.

El ICBF ha recibido más de 12.000 quejas de maltrato en lo que va transcurrido del año, pero esto es la punta del témpano, porque la disciplina violenta no se considera maltrato, la mayoría de los casos no se denuncian, y la violencia emocional es invisible.

Más que crear "un grupo de búsqueda" para identificar, aprehender y judicializar a los maltratadores, como ha propuesto la Policía, hay que crear conciencia de las conductas que configuran el maltrato infantil, y de su impacto en la vida del niño y en la sociedad. Hay que enseñar prácticas disciplinarias eficaces y no violentas. Hay que combatir el abuso escolar (bullying).

En Colombia se han ejecutado intervenciones eficaces para contrarrestar la violencia contra los niños. Es indispensable difundirlas masivamente porque, mientras persista la creencia de que "la letra con sangre entra", seguiremos levantando nuevas generaciones predispuestas a la violencia.