HISTÓRICO
Hongos locales con patente mundial
  • Hongos locales con patente mundial | "Mi meta es lograr la estandarización de estas casas de cultivo simples, eficientes, económicas y ecológicas", afirma Jorge Enrique Suárez, investigador y gerente de Comercializadora de Champiñones. FOTO CORTESÍA IMAGO FOTODISEÑO |
    Hongos locales con patente mundial | "Mi meta es lograr la estandarización de estas casas de cultivo simples, eficientes, económicas y ecológicas", afirma Jorge Enrique Suárez, investigador y gerente de Comercializadora de Champiñones. FOTO CORTESÍA IMAGO FOTODISEÑO |
Publicado el 20 de abril de 2012

Sentado bajo la centenaria araucaria de la finca en Santa Elena, donde tiene su empresa, Jorge Enrique Suárez Quiceno recordó, mientras observaba la hierba, la canción de Facundo Cabral que dice: "Come hierba. Millones de vacas no pueden equivocarse".

Y mientras hacía elucubraciones sobre estas frases, entendió que si bien los humanos no podemos comer hierba, sus champiñones sí.

Así nació uno de sus más recientes proyectos de innovación, que él denomina ecosistema empresarial, y que, en sus dos fases, fue premiado con el otorgamiento de dos patentes mundiales por el Patent Cooperation Trade (Tratado internacional de patentes) por cumplir con tres aspectos fundamentales: innovación, aplicación industrial y actividad inventiva.

¿Y de qué se trata todo esto? Jorge logró un récord en en el proceso de preparación del compostaje que se utiliza para sembrar los champiñones: pasó de 25 a 10 días.

Lo hizo dejando de usar las pajas secas de trigo, sorgo y arroz que luego se tenían que humedecer y mezclar con estiércol.

"Hice uno con pasto de corte, que es lo que más crece en el mundo, pensando que ya tiene los nutrientes, que tiene agua y que tiene amplia aplicación en el trópico".

Expertos en la materia, como los directivos de Silvan, la empresa que vende el 80 por ciento de las semillas de champiñones en el mundo, al igual que los holandeses de la Central de Compostaje de Holanda (CNC por sus siglas en inglés), líderes en tecnologías de producción ( 30.000 toneladas de compostaje para champiñones al mes), no podían creerlo.

Lo importante en este avance no es tanto la velocidad en sí sino las implicaciones ambientales. Este proceso no usa agua, no utiliza estiércol (por lo tanto no genera olores ofensivos), no emite tanto amoníaco al ambiente (algo que afecta la capa de ozono) y termina el proceso completo con un ahorro del 40 por ciento en las materias primas.

En la fase de pasteurización, Jorge Suárez también se anotó otro hit al lograr un proceso en seis días, contra 18 días que se demoran en cualquier parte del mundo.

"Con estos avances tenemos ahora el compost más rápido y menos contaminante", precisó el empresario.

Investigador y cultivador con más de 20 años de experiencia, Jorge busca siempre hacer ciclos completos en su trabajo. Esto explica que ahora esté cultivando también el pasto elefante, ideal para su proceso.

"El pasto es lo que más atrapa CO2, incluso más que los bosques", señala. Y agrega que una hectárea bien sembrada de pasto elefante atrapa alrededor de 300 toneladas de CO2 al año".

Reconversiones
Ambientalista de formación y corazón, el gerente de Comercializadora de Champiñones busca siempre la eficiencia biológica en su trabajo.

Los abonos que quedan una vez se recoge la cosecha los reconvierten en bioremediadores, ideales para el sector avícola.

"Con este sistema nada se pierde y, al contrario, contribuimos a revertir el calentamiento global", destaca.

Casas de hongos
El sistema de producción que ha implementado Jorge Suárez conlleva grande ahorros energéticos.

Buscando eficiencias optó por cambiar las tradicionales salas de cultivo por novedosas estructuras con forma de iglú donde logró albergar un mayor volúmen de cultivos en una menor superficie.

"Con este diseño la transferencia de calor es menor de adentro hacia afuera", precisa el investigador.

Y es que la temperatura es un aspecto fundamental en esta clase de cultivos, ya que debe variar desde fría hasta caliente, pasando por tibia y cálida.

La curvatura del iglú permite que el aire fluya y las temperaturas sean más homogéneas, afirma Jorge, mientras confirma que el iglú permite un ahorro de 20 por ciento de la energía que necesitan los champiñones. Además, ocupa un mínimo de espacio: 45 metros cuadrados (él los refiere como redondos), fáciles de construir e ideales para nuestro medio montañoso.

El ahorro energético es una realidad gracias al sistema de ventilación vertical que desarrolló este investigador y que combina con el tradicional sistema horizontal.

Los iglús son otra faceta del negocio que Jorge bautizó como Funglus, nombre que combina fungus (hongo) con iglú (casa), y que además decidió vestir de árboles "para que no distorsionen el paisaje natural del entorno".