HISTÓRICO
La marcha en las tinieblas
Jorge Giraldo Ramírez | Publicado el 19 de octubre de 2008
Durante los dos años que transcurrieron entre la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, se incubó en Occidente un optimismo desbordante. El pensador Francis Fukuyama tuvo la mala ocurrencia de elaborar una frase impactante para ilustrar su percepción de los acontecimientos: el fin de la historia. Cosa que en grandes líneas significaba el triunfo definitivo de los valores occidentales, de la democracia y el libre mercado.

El presidente George Bush I pronunció una sentencia más problemática aún: el siglo XXI será el siglo americano, dijo.

De esta manera el fin de la Guerra Fría se entendió, a su vez, como el comienzo de una época de grandes ilusiones. No habría experimentos sociales distintos a las variaciones posibles dentro de las democracias liberales, no se admitirían políticas económicas sin el dominio del mercado, los derechos humanos de cuño occidental tendrían que ser observados hasta los confines del mundo. Con más liberalismo político, económico y ético el mundo sería más feliz.

¿Cómo hacer esto? Para ello existían unas instituciones internacionales que por fin encontraban el contexto adecuado para operar. Las Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad, la Organización Mundial del Comercio y la Organización Internacional del Trabajo, la Corte Internacional de La Haya y, después, la Corte Penal Internacional. Los sueños kantianos de la paz a través del derecho cobraron bríos y los juristas soñaron con ser la nueva aristocracia del gobierno mundial, una especie de senado imperial cuya figura emblemática era el juez español Baltasar Garzón.

Con el correr de los años uno pensaría que la Guerra del Golfo en 1991 podría haber desalentado a los promotores del globalismo fuerte pero, por el contrario, los animó aún más. Ella mostraba que el derecho internacional renovado no era una norma insulsa sino que podía ser eficaz contando con un brazo armado cosmopolita dirigido por los Estados Unidos y autorizado por las Naciones Unidas.

Casi veinte años después está demostrado que no entendieron nada. Los académicos, por supuesto, pero sobre todo los políticos y los dirigentes de las organizaciones económicas, sociales y no gubernamentales internacionales.

Hoy esa época de ilusiones se ha terminado. El mundo sigue siendo violento y descubre nuevas formas de criminalidad. El liberalismo ético está acorralado no sólo por la emergencia política de las religiones sino por sus propias debilidades; por ejemplo, Inglaterra es hoy el país del mundo en el que hay más control sobre los ciudadanos (dice Garton-Ash). Las democracias iliberales comunes en África y Asia crecen incluso en América (caso Venezuela). Naciones Unidas vuelve a la ineficacia de siempre (casos de Sudán y Georgia). Las economías altamente desreguladas se han desplomado. Se acabó el fin de la historia y no habrá siglo XXI americano. Estamos como decía Tocqueville en 1848 como un hombre que marcha en las tinieblas.