HISTÓRICO
Los cerros tutelares de Medellín
Por HERNANDO GONZÁLEZ R. | Publicado el 30 de abril de 2012
Los nombres de los Cerros Tutelares de Medellín (son siete, como las Maravillas) poseen connotaciones que van desde lo religioso y geográfico hasta lo precolombino y gastronómico, pasando por lo coloquial: Santo Domingo, El Salvador, El Picacho, Nutibara, Pan de Azúcar, la Asomadera y el Volador.

Son siete (como las Artes) y, cual sacras eminencias, con una situación orográfica que se diría inteligente, ritual, yerguen sus testas al occidente, en el medio y al oriente del Valle de Aburrá. Siete son (como los Pecados).

Al noroccidente está el Picacho; en el medio, el Nutibara y el Volador; al oriente, La Asomadera, El Salvador, el Pan de Azúcar y el Santo Domingo.

Así como, desde la concepción católica, las catedrales constituyen los pilares simbólicos de la Tierra, la escalera de la fe tendida del planeta al cielo, del hombre a Dios; asimismo los cerros, desde una perspectiva antropológica, junto con las llanuras fluviales, han sido sinónimo de albergue, comunidad, trabajo, desarrollo y trascendencia en el ámbito de lo humano.

En la Edad Media las montañas eran lugares vedados, resguardados por supersticiones que los hacían sitios inaccesibles, tétricos, peligrosos. El Renacimiento, período en que el espíritu humano, sublevado tras siglos de tabués, arrojó lejos de sí los antifaces y los temores, infundió valor a los hombres y los azuzó a subir a los montes, a desafiar las prohibiciones, a ver las ciudades desde lo alto, a respirar un aire más oxigenado, a estar cerca de las nubes y del cielo.

II
El río atraviesa Medellín de sur a norte. Un río que decenas de años atrás se desmadraba, que causaba estragos y que, con el correr del tiempo, se civilizó, se corrigió, se canalizó, primero con trillos y más tarde con planchas de concreto. Hoy, muy modosito y rectilíneo, cruza el núcleo de la ciudad con cachaza de ogro encadenado.

A lado y lado del río se elevan los Cerros Tutelares, altivos y silenciosos colosos que parecieran guardar con tenacidad y amor paternales el paisaje del valle, el río y las lomas en que fermenta esta urbe.

Todos ellos gozaron de una paz que aparentaba ser eterna. Pero hoy, unos más que otros, se ven inmersos en el pandemonio de la megalópolis.

Míralos desde el metro, de sur a norte o en sentido opuesto. El torbellino urbano les ha puesto cerco. Casi han corrido la suerte de esas iglesias perdidas entre complejos comerciales o fabriles, que han visto desaparecer hasta su feligresía.

III
El nombre de Cerros Tutelares nació del propósito eco-turístico de la Alcaldía de Medellín, en el que está inserto, además, todo un trasfondo antropológico. Son siete (como los Sabios de la Antigüedad).

Hasta el 2006 sólo eran seis. El último en adquirir méritos fue El Salvador, considerada su importancia histórica y religiosa. Allí se erigió la primera capilla, de paja, de la ciudad, y se celebró la primera misa. En la cúspide del cerro campea una estatua de Cristo Salvador.

El más extenso, El Volador, está considerado como patrimonio histórico y natural de la nación, por su gran riqueza de flora y fauna. Fue un centro ceremonial de los indígenas que habitaron el Valle de Aburrá. Los excavadores han encontrado testimonios de estas actividades rituales, conservados en el Museo Antropológico, con sede en el propio Volador.

El más alto, el Pan de Azúcar, a más de 2.000 metros, alza su imponencia por encima de barrios como Enciso y La Sierra. Cieza de León, el conquistador español, abrió camino por esos parajes. Qué nombre rico: Pan de Azúcar: tal vez fue bautizado así por la sabrosa vista que regala. Desde allí Medellín es una ricura panorámica. ¡Alfajor!

El Santo Domingo es el que más ha recibido la invasión de pobladores. Apretujadas, las viviendas trepan por las laderas y se extienden en lo alto. Es un sector populoso, al que hoy se accede fácil por metrocable. La oscura y moderna mole del Parque Biblioteca España, cual águila melaninosa trepada en la cumbre, es una señal que lo identifica.

El cerro de La Asomadera limita con el de El Salvador. Junto con El Volador y el Nutibara, son los que más árboles albergan: verdaderos pulmones de la ciudad. Debe su nombre al hecho de que los antiguos trasegadores de esos montes, al descender de éstos con rumbo a otros sitios del Valle de Aburrá, desde allí "se asomaban" y tenían un amplio panorama de éste. Es quizás el de menos altura, pero: ¡Qué excelente mirador natural para nuestros ancestros pies contentos!

En la altura de El Picacho, sobre el Doce de Octubre y Castilla, hay una imagen de Cristo Rey. Las leyendas hablan de que este cerro fue escenario de amores de una pareja ancestral, que debido a esto los visitantes actuales absorben favorables influjos romancescos. ¡Es que los cerros, las florestas y los campos siempre han sido abrigo de amores secretos!

El Pueblito Paisa, símbolo de la arquitectura colonial y de las tradiciones antioqueñas, es el principal atractivo del cerro Nutibara, que también ostenta grata arborización y un buen conjunto de esculturas. De los Cerros Tutelares es el único cuyo nombre recuerda a nuestros antepasados aborígenes. Es, desde la onomástica, el más autóctono.

IV
Son siete (como los días de la semana) y, en esta urbe cada días más asfixiante y plástica, son todavía lo más natural y lo más aireado. Como abuelos centenarios que, desde la baranda de un balcón, vigilaran los juegos audaces de su pueril descendencia, parecieran dispensar indulgentes sonrisas. Algo tienen de Esfinges, guardianes de misterios y tesoros.

Tanto los más solemnes, los de inaccesibles cumbres, como los más modestos y cercanos, los Cerros Tutelares envuelven a Medellín en una atmósfera de atavismo y ceremonial. Mientras la urbe produce toneladas diarias de basura y los residuos industriales contaminan el ambiente, en medio de las toscas y sangrientas culturas de la violencia, los cerros persisten en su sosiego de oráculo, invitan a reflexionar y apaciguar.

No exigen siquiera que los hollemos, sólo ser observados, y que entendamos que las montañas siguen siendo el refugio de las leyendas. Porque esos hombres temerarios que, en el Renacimiento, osaron ir a las cumbres, no encontraron monstruos fabulosos, sino las raíces de su historia, de su lengua, de sus mitos y sus cantos. Y por eso fueron individuos capaces de beber de nuevas fuentes y transmitir belleza eterna.