HISTÓRICO
PALABRAS PARA UN MAESTRO
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Por ALBERTO SALCEDO RAMOS | Publicado el 02 de febrero de 2013

Dentro y fuera de las aulas, Juan José Hoyos ha sido un maestro.

En las aulas lo fue no tanto por el hecho de que dictó clases durante casi treinta años, sino, sobre todo, porque logró inspirar a muchos alumnos, contagiarles su pasión por los libros, enviciarlos en la escritura.

Entre la legión de estudiantes que pasaron por sus manos pacientes, algunos ya tienen canas y se han convertido, a su vez, en académicos respetables.

También hay reporteros acuciosos y narradores magníficos.

Todos ellos confirman la vieja sentencia de Domingo Faustino Sarmiento: "la mejor biografía del maestro son sus discípulos".

A Juan José lo amaron sus alumnos, inclusive aquellos a los que nunca les interesó contar historias. Lo amaron y lo aman porque él les amplió las ventanas por las cuales ven el mundo y les inoculó un veneno espléndido del cual no se repondrán jamás.

Más allá de las aulas, ayudó a preservar la rica tradición de periodismo narrativo que ha habido en su tierra, impulsando libros importantes en el fondo editorial de la Universidad de Antioquia. Y lo hizo en una época en la que casi nadie más apostaba por la crónica.

Por otro lado, es un referente como cronista.

Su obra nos trae noticias sobre un país que está más allá de la histeria mediática de cada día: sobre el ganadero cordobés que recorre las fincas de la zona comprando muchachas de diez mil pesos; sobre el jaibaná que está desconsolado por la pérdida de su tambor; sobre las guerras por la tierra y el oro; sobre la selva profunda que, según sus palabras, "se cae a gritos de monte".

Por eso su periodismo es esencial. Al leerlo no solamente nos enteramos: también comprendemos.

Juan José ha escrito reportajes ya clásicos, como aquel en el cual el sobreviviente de una masacre le dijo una frase que todavía nos atormenta: "los muertos fuimos cinco". O su memorable relato "Un fin de semana con Pablo Escobar".

La prosa de Juan José tiene, para decirlo con palabras de Borges, la "modesta complejidad" que otorga el oficio, esa sencillez que es engañosa porque pareciera brotar sin esfuerzo, cuando lo cierto es que se debe a un trabajo encarnizado.

De ahí su belleza y su eficacia.

Juan José, además, es humilde. Oye, y tiene claro que enseñar no es exponer lo que se sabe sino seguir aprendiendo. Por eso aprendió mucho mientras enseñaba. Y por eso uno aprende de él aunque ya no enseñe. Al oírlo uno siempre descubre pistas útiles, referencias a libros que vale la pena leer.

Siempre está -como diría Alma Guillermoprieto - "amoblando el cerebro". Es la razón por la cual ha elaborado piezas académicas reveladoras, como el libro "Escribiendo historias. El arte y el oficio de narrar en el periodismo".

He querido recordarlo con gratitud en vísperas del Día del Periodista.

La universidad me quedó debiendo a Juan José Hoyos como profesor. La vida saldó esa deuda con creces al ponerlo en mi camino como maestro y como hermano mayor.