HISTÓRICO
Política como crónica roja
Jorge Giraldo Ramírez | Publicado el 12 de julio de 2009
En los periódicos de antaño los lectores reconocían ciertas páginas bajo el nombre de "rojas" por aquello de la sangre derramada. Todos los hechos de agresión física, puñal y revólver de por medio, más las violaciones graves al código penal y las anécdotas de juzgado llenaban las columnas diarias de la prensa colombiana. La página roja era la zona de tolerancia del periódico. Lo demás era la vida civilizada: los deportes, las caricaturas, los hechos locales y la información política.

En los tiempos que corren todo el periódico se ha convertido en crónica roja por obra y gracia de la criminalización de la política. Este fenómeno se produce cuando el derecho penal quiere imponerse sobre la política, los jueces sobre los gobernantes y los fiscales sobre los políticos. La política se ha querido convertir en un asunto de tipificación de delitos y resolución en estrados judiciales. Este gobierno tiene una alta responsabilidad en ello, pero no se quedan atrás ni las cortes ni la "sociedad civil".

La opinión política está a punto de perecer. Las dos administraciones Uribe abrieron la cacería de brujas respecto a los apoyos civiles a guerrillas y paramilitares. La Corte Suprema de Justicia acaba de entrar en el peligroso terreno de judicializar a los "ideólogos". Por ese boquete se nos van el pluralismo de valores y de alternativas políticas, la libertad de expresión y de opinión política, elementos fundamentales del régimen político que hemos venido construyendo.

Los políticos se han sumergido en esta corriente. El debate político está desapareciendo de la escena y está siendo suplantado por el griterío y el concurso de exclamaciones acusatorias. ¿Programas, ideologías, propuestas, factibilidad? Nada de eso está en cuestión. Cuando se quiere enfrentar a un oponente político lo primero que se esgrime es el inri temible: "guerrillero", "paramilitar", "narcotraficante", si le va bien le clavan un "corrupto".

Ciertos intelectuales públicos y muchos editorialistas han venido cediendo. Algunos espacios de opinión se han convertido en el carnaval del insulto, la incriminación irresponsable y la creación de un clima de exasperación. No es una mayoría, por supuesto. Pero si nos atenemos a sus apariciones multimedia y la divulgación posterior de sus escritos vía internet, parece que tienen audiencia. El papel del intelectual es ayudar a mejorar la calidad de la discusión pública y la formación de la cultura ciudadana. ¡Dios nos libre si nuestros maestros son Fernando Londoño y María Jimena Duzán!

Es urgente recuperar un espacio propio para la política, libre de la mano aristocrática, muchas veces oscura y casi siempre inequitativa de los jueces. Es urgente recrear la discusión política con base en argumentos, propuestas y respeto a la dignidad del adversario. Es urgente que los intelectuales den testimonio de lo que debe ser una deliberación pública clara y polémica, pero razonada y calificada, con una alta estima por el auditorio ciudadano.