HISTÓRICO
Quinceañeras posan con el Jardín de fondo
  • Quinceañeras posan con el Jardín de fondo | Acompañadas por una extensa comitiva, las quinceañeras van el Jardín Botánico para posar para las fotografías. Natalia Andrea Gutiérrez lució traje largo y corto. FOTO JAIME PÉREZ
    Quinceañeras posan con el Jardín de fondo | Acompañadas por una extensa comitiva, las quinceañeras van el Jardín Botánico para posar para las fotografías. Natalia Andrea Gutiérrez lució traje largo y corto. FOTO JAIME PÉREZ
Por JOHN SALDARRIAGA | Publicado el 18 de agosto de 2013

Ya no recuerda uno cuándo empezó a llover. Sería ayer en la tarde; no, quizás en la noche. Lo cierto es que ya es mediodía y la lluvia de la mañana, lenta, sosa, apenas comienza a ceder. Las nubes bajas, grises, pesadas, dan la idea de que al comenzar la tarde volverá a llover. No sale el Sol. Las piedras y la tierra y los senderos y las sillas y las plantas y los patos del lago del Jardín Botánico están mojados. Sin embargo, en un gesto de generosidad, la Naturaleza enciende una suave tibieza.

Tiene que ser que estuvieron atentas, porque un instante después de que cae la última gota de lluvia, las quinceañeras empiezan a llegar a ese edén del norte de la ciudad, acompañadas cada cual de su comitiva conformada por fotógrafo, parientes, amigas, para las fotografías del álbum.

La primera en entrar es Juliana Ríos Arboleda. No es su estraples de un rojo degradado, sino ese pantalón blanco ceñido el que hace pensar que no durará limpio más que un suspiro andando en el pantano. Esos zapatos blancos decorados con estoperoles plateados tampoco conservarán la limpieza. Pero para eso están su madre, Doralba, y su tía, Adriana: como utileras, cada una carga un morral de ropa, zapatos, accesorios.

No han terminado de desmontar los arreglos de Orquídeas, Pájaros y Flores, el certamen de la Feria de las Flores. Los trabajadores están por ahí, concentrados en eso —aunque, cómo no, desconcentrados, por momentos, con las quinceañeras—. Nicolás Valderrama, fotógrafo y también tío de Juliana, veinte años en el oficio y, por tanto, experto en esto de fotografiar quinceañeras en el Jardín Botánico, aprovecha esos escenarios floridos para sus composiciones.

Una isla de tierra rodeada de cemento está colmada de orquídeas y heliconias con flores como pájaros.

—Creo que este es un lugar bonito para comenzar —sugiere él—. Siéntese, Juli, en la piedra. No, no esconda el pie... Ah, y ponga el codo en ese montículo que él resiste.

—¡Coqueta… —indica su madre.

—No sé cómo.

—Cómo no va a saber. Mire un poco de reojo; sonría... ¡Pero sea coqueta con los ojos también…

En el Orquideorama no hay problema. Tiene techo y, por tanto, nada se ha mojado. Así las cosas, no requieren usar la bolsa plástica que carga Adriana para que la quinceañera se siente.

Las montañas están tapadas por un velo blanco. El aire no es transparente.

—Cambie el doblez de la pierna —ordena el fotógrafo.

—Ríete con toda la boca...

Juliana, leve sonrisa, acude a otros dos escenarios bajo techo, antes de ir a cambiarse por shorts de bluyín, blusa blanca, botas cafés, bufanda para ir al lago.

—No se acerque al agua, Juli, que la tierra es blanda y resbalosa. Siéntese en la roca y mire un poco de perfil, como si viera los patos. No, no voltee tanto los ojos... Eso es.

Tan pronto perciben movimiento, los patos nadan desde el centro del lago hasta la orilla, tal vez en busca de comida. Al llegar, graznan sin parar.

—Me gusta este contraste del día, entre gris y blanco, con el color de su ropa —comenta Doralba, mientras Adriana se excusa con una ardilla por no tener un pasabocas para darle.

Sonría, por favor
—Pele los de leche —insiste Hugo Gutiérrez, el electricista que ha venido a presenciar el estudio fotográfico de su hija, Natalia Andrea.

Ella no llegó con trajes informales, sino con el propio vestido de quince. Su cumpleaños fue el 18 de julio — "yo también cumplo el 18 de julio", dice el papá—, pero como ella, no se acomodó con ningún otro vestido en la tienda de alquiler, distinto a este azul escotado y de falda voluminosa, debió correr la fecha de celebración.

—Saque busto. Siéntese derechita —Alonso Sánchez, el fotógrafo que contrató Hugo por recomendación de unas primas que pasaron por esto hace días, también aprovecha la decoración de la Feria. Ayuda a sentar a la chica en una carreta negra de estilo antiguo.

—Ríase —le ruegan en coro desordenado tres mujeres: la tía Yudy Alexandra; la hermana Isabela, de siete años, y la amiga Melissa.

Esta se ve en breve metida debajo de la falda de la cumpleañera — "entre usted que puede", dice Alonso— arreglándole la enagua blanca para que no sobresalga por debajo del ruedo.

Dándole la mano a la chica, entaconada en escenarios con suelo de piedras sueltas, el fotógrafo la lleva despacio a una especie de portada hecha de flores. La ayuda a sentarse. Hasta los zapatos desaparecen bajo ese amplio ropaje.

—Saque busto, ponga las manos en las piernas... Ahora, el cabello todo para un lado.

—¡Ríase, pues y no esconda las uñas… —interviene Melissa que promete hacer lo que sea para hacer reír a Natalia.

Después quitan la parte baja del vestido y ella queda con un traje corto; el de rumba.

—¡Pele los de leche, pues… — se oye insistir a Hugo, sin mayor éxito.