Brasil se hunde en la incertidumbre política

  • Si Lula fuese detenido, podría hacer precampaña a la presidencia desde la cárcel hasta que la justicia electoral invalide su candidatura en agosto, cuando estudie las postulaciones. FOTO REUTERS
    Si Lula fuese detenido, podría hacer precampaña a la presidencia desde la cárcel hasta que la justicia electoral invalide su candidatura en agosto, cuando estudie las postulaciones. FOTO REUTERS
Por mariana escobar | Publicado el 07 de abril de 2018
en definitiva

Luiz Inácio Lula da Silva es el primer presidente de Brasil condenado a 12 años de prisión y acusado de corrupción. El expresidente brasilero continúa atrincherado antes de entregarse.

El fin de Luiz Inácio Lula da Silva de los podios de la política sucedió resguardándose entre símbolos de un pasado de caudillo, de héroe de oprimidos.

Sus últimas horas de libertad, antes de que se cumpliera el plazo de entregarse a la justicia brasileña, las pasó en São Paulo, la ciudad a la que llegó en los años 50 con seis hermanos, padres analfabetas y un futuro que no pintaba muy distinto al de un joven lustrador de botas con apenas quinto de primaria.

Abrazado por amigos políticos y seguidores que lloraban su inminente detención, Lula dejó vencer ayer el tiempo de rendición a las autoridades en la sede de un sindicato metalúrgico, industria en la que se inició como operario de máquinas y líder gremial.

Ahí mismo, hace medio siglo, fue cabeza de una histórica huelga en contra del gobierno del general João Baptista Figueiredo, que había reprimido a obreros y había llevado a la cárcel a su hermano mayor, acusándolo de desórdenes.

Frente a las banderas de la clase obrera fracasó tres veces intentando llegar a la presidencia del gigante suramericano (hasta lograrlo en 2002), y ahora vuelve a hacerlo. Cuando se esperaba que fuera elegido de nuevo en los comicios de octubre próximo, Lula fue capturado por la policía brasileña y trasladado en un avión privado a la ciudad de Curitiba, en la que el juez Sergio Moro ordenó que lo llevaran a la cárcel por 12 años, acusado de corrupción (ver paréntesis).

La decisión de Lula de no entregarse a las 5 de la tarde, hora brasileña, como lo había estipulado Moro, sino de permanecer en la sede de su antiguo Sindicato Metalúrgico hasta que la Policía lo capturara (al parecer, luego de una negociación con las autoridades) debe ser comprendido como un último gesto político.

Así lo cree Oscar Vilhena, decano de la Facultad de Derecho de la Fundación Getulio Vargas, para quien el exmandatario dilata la prisión en un intento desesperado de mantenerse como sus seguidores más fieles lo recuerdan: la figura política de mayor simbolismo de Brasil en los últimos años; el hombre que marcó a las clases populares con sus discursos y políticas sociales y que incluso, siendo de izquierda, se ganó la adhesión de algunos sectores de la derecha y de la clase empresarial.

Ahora bien, el gesto de resistirse a la prisión y de esperar a que lo capturaran tuvo consecuencias. Antes de la captura, cientos de manifestantes le gritaban “prófugo” en las afueras del sindicato, mientras sus seguidores exclamaban arengas como último recurso de defensa. Durante la tarde las autoridades temieron enfrentamientos entre ambos sectores, y entre los adeptos de Lula y la Policía, que no tuvo que ingresar al lugar de forma coercitiva.

Riesgo de polarización

La huella más grande que deja este suceso para Brasil está en lo político. Vilhena pronostica dos escenarios que pueden reforzar la ya existente crisis política en Brasil, desatada en 2016, luego de la destitución de la expresidenta Dilma Rousseff por violar normas fiscales para maquillar las finanzas del país.

Lo primero que se espera es que el Partido de los Trabajadores, del que Lula y Rousseff son miembros, termine de desmoronarse y conduzca a una reconfiguración de la izquierda brasileña, que llevaba gobernando por más de 15 años, y para la que todavía no hay liderazgos claros.

Lo otro que queda es un fortalecimiento de la derecha. Sin embargo, dice el decano, cualquiera de los dos caminos, que incluso pueden ocurrir a la vez, dejarán a Brasil aún más dividido y llevarán a unas elecciones presidenciales polarizadas que impedirán acuerdos en temas esenciales, como un solución a la crisis económica que en los últimos dos años dejó a 14 millones de personas sin empleo.

Las divisiones no solo dificultarán que haya un próximo gobierno alineado con el Congreso de esa nación para la toma de decisiones, sino que aumentarán el riesgo de corrupción en ese país.

“En la izquierda existe un discurso de victimización, de que Lula es un mártir de un sistema de justicia elitista, de persecución de liderazgos populares. Como si la lucha contra corrupción fuera lucha de clases contra el anterior gobierno popular”, afirma Bruno Brandao, representante de Transparencia Internacional en Brasil, y añade que en la derecha queda en cambio un peligroso discurso de radicalización y de odio hacia la izquierda que busca la sanción a cualquier costo.

Con los desacuerdos políticos, Brandao teme que la corrupción, como ya ha ocurrido en Brasil, se vuelva un mecanismo para lograr coaliciones: “La compra de decisiones parece convertirse en una estrategia muy peligrosa para superar las deficiencias del desorden institucional, en un país donde un presidente tiene que convivir con un Congreso, tenga o no mayoría”.

A lo anterior se suma el riesgo de que un polémico personaje ascienda en el camino a la presidencia. Se trata de Jair Bolsonaro, un expolicía conocido por sus declaraciones homófobas y machistas, para quien la mitad de su gobierno estaría conformado por militares y cuyo modelo a seguir es Donald Trump.

“Como Trump, Brasil se juega las cartas del no político como promesas que parecen llegar a los ciudadanos más angustiados con las crisis. Sin embargo, dan miedo sus discursos de extrema derecha y su clara posición a favor de la violencia policial e intervención militar”, advierte Vilhena.

Muerte de un líder regional

El hundimiento de Lula como líder también tiene secuelas en los escenarios regionales. Hace menos de una década, el expresidente brasilero, con la izquierda como sostén y una agenda social progresista, había reformado la economía liberal de Brasil y había inspirado a varias naciones de América Latina, mostrándoles la posibilidad de desarrollar gobiernos con políticas para todos los sectores, sin caer en el socialismo, y con una sólida cooperación regional.

En esa medida, Martha Ardila, directora del Observatorio Latinoamericano de la Universidad Externado, cree que el encarcelamiento de Lula significa una ya pronosticada crisis de Unasur (Unión de Naciones Suramericanas), comunidad por la que Lula metió las manos al fuego. “Ni siquiera tiene un secretario general, pero el liderazgo que le quedaba a Unasur se va a profundizar ahora mucho más”, pronostica la experta.

Otro efecto, agrega, es el hecho de que Brasil hubiese podido ser un eventual negociador para resolver la crisis social y política en Venezuela.

“El drama del éxodo venezolano, que incluso afecta a Brasil a los niveles de Colombia o incluso más, requiere soluciones regionales en las que se creía que un personaje como Lula, cercano al régimen de Caracas y a los demás gobiernos de la zona, podía ser determinante. Es una oportunidad que se pierde”, anota.

Su modelo político y de desarrollo es otro que entra en declive. Vilhena y Ardila coinciden en que los procesos electorales que se avecinan en América Latina podrían tener una clara tendencia a la derecha, sustentada en el fracaso de la figura de Lula.

En Paraguay, que tendrá elecciones generales el próximo 22 de abril, no se ve como improbable que el derechista Partido Colorado (que ha gobernado por buena parte de los últimos 70 años) vuelva a imponerse sobre una alianza de centroizquierda integrada por el Partido Liberal y el Movimiento Guasú.

A estos procesos se suman Colombia, con presidenciales el 27 de mayo; México, con el mismo proceso para el 1 de julio, y Brasil, al que le quedan seis meses de una incertidumbre política tremenda nacida bajo una figura de corrupción en los últimos años.

Contexto de la Noticia

Paréntesis los delitos de los que se le acusan

El 12 de julio de 2017, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, fue condenado por el juez Sergio Moro a prisión por los delitos de corrupción, lavado de activos y tráfico de influencias. Las acusaciones de la Fiscalía se centraron en una trama de sobornos de la empresa semiestatal Petrobras porque al parecer el Partido de los Trabajadores, al que pertenece Lula, recibió 2,7 millones de reales (780.000 dólares) de la empresa OAS. El PT y OAS habrían acordado el 3% del valor de los contratos que ésta firmara con Petrobras, y parte de ese pago se descontó, al aprecer, con la entrega a Lula de un apartamento.

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