“Cuando la marea está alta, los barcos navegan tranquilamente, aunque sepan que hay rocas filosas en las profundidades. Pero si baja la marea, las piedras se sienten más cerca, amenazan y hasta hacen daño”.
De esa forma, Juan David Escobar, del Centro de Pensamiento Estratégico de la Universidad Eafit, ilustra las condiciones “excepcionales” que hoy agitan a Estados Unidos.
Para el académico, aunque el odio racial y las manifestaciones violentas han sido constantes en la historia de ese país, el hecho de que el gigante pasara de 50 años de bonanza, a una crisis económica con una recuperación muy lenta, hace que lo que antes era “soportable” lleve a muchos al límite.
“Esta es la primera generación en mucho tiempo en la que los padres creen que a sus hijos les va a ir peor que a ellos, y siendo así, los males se hacen más notorios, aumenta la molestia, la sensación de inseguridad y las muestras de eso”, advierte Escobar, para quien el solo hecho de que un candidato como Donald Trump se esté disputando la presidencia con una figura tradicional como la de Hillary Clinton, y tenga cierto margen de victoria, es seña de que algo ocurre.
Así las cosas, la muerte de siete personas en solo tres días, en condiciones relacionadas con violencia policial y racismo no parecen fortuitas.
Primero, el martes y miércoles, Alton Starling y Philando Castile, de Louisiana y Minnesota, respectivamente, fueron asesinados por policías, en circunstancias de aparente indefensión, y engrosaron la vergonzosa lista de los 123 afroamericanos que este año han caído a manos de uniformados en el país de Martin Luther King.
Sus muertes fueron registradas en video y motivaron protestas en todo el territorio estadounidense. Una de ellas, la de Dallas (con alrededor de 800 personas), fue escenario de un tercer hecho: Al parecer, Micah Johnson, un antiguo reservista del Ejército de 25 años y afroamericano, disparó como francotirador, asesinó a cinco policías y dejó heridos a otros siete y a dos civiles.
De acuerdo con la Policía de Dallas, el principal sospechoso aseguró a los uniformados antes de morir, cuando era asediado, que su objetivo era “matar a gente blanca, especialmente a agentes de policía blancos”, y según pudo detectar la autoridad, Johnson tenía en su casa “material para la fabricación de bombas, chalecos antibalas, fusiles, municiones y un diario personal sobre tácticas de combate”.
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