Durante milenios vivimos con unas pocas cosas radicalmente necesarias. Hoy todo es desechable.
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31 de mayo de 2018
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Lo pensé ayer, casi sin pensarlo, cuando pegué en la pared del baño de mi casa un ganchito autoadhesivo de fina lata virgen: que no tenía ni la menor idea –ni la menor posibilidad de hacerme una idea– sobre su origen. No tenía modo de saber quién lo habría hecho, cómo sería el lugar, cómo el trabajo, cómo su recorrido desde algún rincón de la China hasta el chino de la esquina de mi casa. Como casi todo lo que usamos, el ganchito llegaba de la nada –y ni siquiera nos sorprende.
Durante milenios, las cosas que cada quien tenía tenían una historia –más o menos– conocible. El dueño de un martillo sabía que lo había hecho Lope, el del taller de la otra cuadra, el hijo de Trini, la prima del tío Perro. Ahora no –y además tenemos tantas cosas que si...