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El mundo que nos tocó

hace 2 horas
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Por Aldo Civico - @acivico

Al observar lo que sucede en varios puntos del mundo, desde Ucrania hasta Gaza, y ahora quizás en Irán, me pregunto: «¿Cuál es la transformación del poder que el mundo está experimentando?» Con “mundo” me refiero no al planeta, sino al entramado de discursos, emociones y promesas implícitas que conforman la realidad en la que vivimos. Este mundo nunca fue estable, pero durante un tiempo nos ofreció cierta ilusión de seguridad. Era un entorno en el que nos sentíamos protegidos. Hoy, esa ilusión se ha desvanecido. No hay un suelo firme bajo nuestros pies, solo una serie de momentos presentes.

Crecí en un mundo muy diferente. Tenía veinte años cuando cayó el Muro de Berlín. Era un mundo dividido, sí, pero también, de manera extraña, predecible. Era una realidad dual donde el enemigo era claro, la soberanía era fuerte y el miedo —paradójicamente— daba orden. Ese orden, con todos sus horrores, aún conocía la lógica de los límites. Con su desaparición no llegó ni el fin de la historia ni la paz anunciada, sino una circulación constante: de capitales, de información, de personas, de crisis. El politólogo Benjamin Barber afirmaba: «Incluso las naciones aparentemente autosuficientes no pueden pretender una soberanía genuina». La interdependencia se convirtió en el nuevo paradigma que reemplazó al enfrentamiento, pero no trajo consigo un nuevo sentido compartido. Por el contrario, como subraya Byung-Chul Han, disolvió las narrativas que hacían comprensibles el sacrificio, el dolor y la espera. Pasamos de historias que nos sostenían a flujos que nos despiden. Surgieron entonces múltiples soberanías, como el mercado, las redes financieras y, en años recientes, las plataformas digitales y los algoritmos. El Estado-nación ha perdido así su protagonismo. Hoy vivimos en una serie de crisis que se han vuelto permanentes. Compartimos un mundo en el que nos sentimos abandonados a nuestras propias capacidades y en el que, ontológicamente, todos somos fugitivos.

En este contexto, la apelación a la soberanía recupera fuerza como reflejo de una profunda ansiedad que busca controlar la inclemencia mediante nuevos muros, enemigos internos, narrativas identitarias, retóricas de pureza y aspiraciones neocoloniales. De este modo, el paradigma de la interdependencia da paso a un soberanismo ansioso, con sus mecanismos de separación y fragmentación del mundo. La fuerza, la coerción y el control directo vuelven a hacerse presentes. Se restablece la primacía de la seguridad sobre el derecho, del orden sobre la justicia, del miedo sobre la esperanza. La historia deja de ser vista como una promesa y se vive, cada vez más, como una reclusión. «¡Primero nosotros!» se convierte en el lema del presente. El estado de excepción se transforma así en un presente eterno. Así se cierra el ciclo del paradigma de la interdependencia.

Este es el contexto de nuestro tiempo. No es necesariamente un destino inevitable e inescapable. Puede, más bien, ser un campo de posibilidades abiertas sobre una verdad incómoda: el mundo ya no promete cuidarnos. La pregunta, entonces, podría ser cómo decidimos estar en este mundo que nos ha tocado.

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