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Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

Contra la tiranía del espectáculo

Liderar, ante todo, es escuchar, asumir y trabajar. La política del espectáculo sobredimensiona el ego y posterga las soluciones. Se privilegia la visibilidad sobre la efectividad

18 de febrero de 2025
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  • Contra la tiranía del espectáculo

Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

Cada vez es más difícil distinguir entre la política y el entretenimiento. No porque el gobierno haya dejado de ser serio, aunque en esto tengo mis dudas, sino porque se ha vuelto un guión cuidadosamente editado para captar la atención fugaz de una audiencia saturada de información. En la política, que alguna vez fue el arte de lo posible, hoy parece que gobernar solo es disfrazar la gestión con narrativa y mermelada. Se olvida que las políticas son tan hermosas como las variables que las sustentan: deben diseñarse con precisión, ser medidas con rigor y ejecutarse con disciplina.

El Consejo de Ministros televisado del gobierno Petro es una manifestación más de esta tendencia. Un espacio que debería ser de trabajo y debate serio sobre los problemas del país, se transforma en un performance de palabras. Las cámaras encendidas, los discursos sin sentido, la puesta en escena para demostrar la implosión del gobierno. Pero más allá del espectáculo, todos presenciamos una clase magistral de anti-liderazgo. Liderar, ante todo, es escuchar, asumir y trabajar. La política del espectáculo sobredimensiona el ego y posterga las soluciones. Se privilegia la visibilidad sobre la efectividad. Y lo más grave: se erosiona la confianza en el Estado y sus instituciones.

Tony Blair, en su libro On Leadership, lo deja claro: hay una diferencia entre ser “un líder” y simplemente la persona que ocupa la posición de líder. En otras palabras, el carisma no es suficiente; hace falta dirección, capacidad de ejecución y una visión que trascienda el “X” y las citas a Cien años de Soledad.

El gobierno de Petro ha demostrado que el espectáculo no es solo una estrategia, sino una forma de operar. Cada crisis se convierte en una oportunidad para alimentar la épica de un gobierno que siempre se percibe como víctima de conspiraciones. La incapacidad de la gestión pública se maquilla con enemigos imaginarios. En lugar de aceptar errores y corregir el rumbo, se prefiere incendiar el debate público con nuevas distracciones. Es el gobierno del conflicto constante, donde la indignación es el combustible y la polarización, el método de supervivencia. Gobernar no es hacer contenido viral. No es producir discursos grandilocuentes. No es convertir cada decisión en un episodio más de una serie inacabable. Gobernar es asumir con rigor y responsabilidad la tarea de transformar la vida de los ciudadanos, más allá de los gestos de amor y los silencios cómplices.

El liderazgo de esta época requiere más que carisma y espectáculo. Exige profundidad, rigor y vocación de servicio. No basta con captar la atención fugaz del público; se necesita construir confianza, demostrar con hechos y no solo con palabras, asumir responsabilidades antes que victimizaciones con teorías paranoicas. La crisis económica, social y política del país no se resuelve con cámaras y luces, sino con gobernanza, palabra que no existe en este gobierno.

Enfoquémonos en lo que realmente importa: cómo sacar el país adelante a través del esfuerzo conjunto de los medios de comunicación, los empresarios y los jóvenes. Es ahí donde se juega el futuro, no en la pantomima del presidente y sus aliados. Menos teatro, más acción. Es hora de recuperar la seriedad en los políticos.

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Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

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