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Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

Se acabó la novela de Gustavo Petro

Colombia entendió que detrás de sus palabras no había un proyecto serio de gobierno, sino narcisismo ideológico.

hace 1 hora
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  • Se acabó la novela de Gustavo Petro

Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

Hay presidentes que gobiernan con decretos y otros que gobiernan con obras. Gustavo Petro quiso gobernar con una novela. Nunca pareció cómodo en el papel elemental de un presidente: administrar el Estado y resolver problemas concretos. Siempre se vio mejor como protagonista de una historia épica, donde aparecía como intérprete final de las heridas de Colombia. Durante años logró que muchos confundieran su retórica con profundidad, sus metáforas con programa de gobierno y sus obsesiones ideológicas con una supuesta voluntad popular. Pero toda ficción choca con la realidad. Y la realidad fue menos luminosa que su relato. Petro llegó al poder convencido de que encarnaba una ruptura histórica, no una alternancia democrática. No quiso ser solo presidente: quiso ser símbolo y ajuste de cuentas. Por eso su gobierno se llenó de Bolívar, espadas, Macondo, pueblo redimido y solemnidad casi religiosa. El problema es que gobernar no consiste en interpretar frustraciones, sino en administrar complejidades.

Colombia no necesitaba otro caudillo enamorado de su relato. Necesitaba seguridad, inversión, empleo, infraestructura, estabilidad jurídica, disciplina fiscal y un Estado que funcionara. Necesitaba un gobierno capaz de proteger ciudadanos, generar confianza, ejecutar políticas públicas y entender que sin empresa privada, reglas claras y autoridad legítima no hay prosperidad posible. Petro ofreció confrontación permanente, desconfianza frente al capital, ambigüedad ante el crimen, desprecio por la técnica cuando contradice su dogma y obsesión por dividir al país entre pueblo puro y élites culpables.

Esa no es solo la tragedia de Petro. Es también la tragedia de cierta izquierda latinoamericana: brillante para denunciar, seductora en el lenguaje de la justicia, pero torpe cuando le toca gobernar sin destruir confianza. Una izquierda que habla en nombre de los pobres mientras espanta inversión, debilita la seguridad que protege a los vulnerables y trata la estabilidad institucional como capricho burgués, cuando es condición básica.

Su fascinación con Cien años de soledad no es un detalle menor. Petro quiso gobernar como si Colombia fuera Macondo y él pudiera encarnar al último Aureliano, destinado a romper el ciclo de violencia y exclusión. La metáfora tiene fuerza, pero revela su problema de fondo. Cuando un presidente empieza a imaginarse como personaje de novela, deja de ver al país como una sociedad concreta, hecha de ciudadanos, empresas e instituciones, y empieza a verlo como escenario de su drama personal. Ya no gobierna para resolver, sino para representar. Petro quiso parecerse a Aureliano Buendía, el rebelde lúcido. Pero terminó más cerca de José Arcadio Buendía: brillante en su vanidad intelectual, obsesivo, encerrado en su laboratorio ideológico mientras la casa se desordena. Esa es la imagen más clara de su gobierno: retórica inflada, desprecio por la institucionalidad y una incapacidad evidente para garantizar orden, seguridad y crecimiento económico.

Toda novela tiene un punto en que el lector deja de creerle al protagonista. A Petro le llegó ese momento. Colombia entendió que detrás de sus palabras no había un proyecto serio de gobierno, sino narcisismo ideológico, resentimiento de clase y vocación de caudillo. Colombia necesitaba un presidente. Petro demostró que nunca quiso serlo.

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Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

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