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80 años después ¿Se repite la historia?

Para Putin, una “Yalta 2.0” estaría cerca. Trump, al insistir en un acuerdo precoz sobre Ucrania, caería en la misma trampa de Roosevelt con el pacto de Yalta de la posguerra hace 80 años.

20 de febrero de 2025
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  • 80 años después ¿Se repite la historia?

No deja de ser tremendamente paradójico que la más terrible guerra de este siglo 21, la que tiene lugar en Ucrania, haya tenido como uno de sus principales ingredientes la pelea por la península de Crimea.

Y decimos que es paradójico, porque hace ochenta años, en febrero de 1945, los líderes de las tres potencias aliadas más importantes de la Segunda Guerra Mundial se reunieron en la península de Crimea, en la ciudad de Yalta, para tratar de definir el orden mundial de la posguerra. Con la derrota de la Alemania nazi casi asegurada, pero con la guerra en el Pacífico todavía en marcha, los llamados “Tres Grandes” –Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Joséf Stalin, en representación de sus países– se reunieron para ver cómo organizaban el mundo. La conferencia fue un espectáculo grandioso, con banquetes de caviar y caza fina, pero también marcada por una tensión palpable.

Roosevelt, visiblemente enfermo y en sus últimos días –falleció en abril, dejando un legado como el líder que guió a su país a través de la Gran Depresión y la Segunda Guerra—, buscaba garantizar la creación de las Naciones Unidas como pilar de una paz duradera y asegurar la participación soviética en la guerra contra Japón, cuyo desenlace aún aguardaba el capítulo final de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Churchill, también en la recta final de su mandato –pues, irónicamente, tras la victoria aliada sería derrotado en las elecciones–, intentaba preservar la democracia en Europa del Este y mantener a Gran Bretaña como un actor clave en el nuevo orden mundial.

Stalin, cuyo Ejército Rojo avanzaba imparable hacia Berlín tras una gesta heroica que resultó decisiva en el desenlace de la guerra, ya ejercía control sobre Polonia y varios de sus vecinos. Más aferrado que nunca al poder, enfocaba sus esfuerzos en consolidar su hegemonía y asegurarse cuantiosas reparaciones.

En este contexto, donde la Unión Soviética adoptó la postura más agresiva aprovechando su fortaleza militar y estratégica, la Conferencia de Yalta estableció los cimientos del enfrentamiento geopolítico que dominaría el mundo durante las siguientes cuatro décadas: la Guerra Fría.

Si bien, los líderes proclamaron el principio de “elecciones democráticas” en Europa del Este, Stalin tenía una interpretación muy particular de la democracia. En la práctica, lo que realmente se selló en Yalta fue la división de Europa en esferas de influencia, otorgándole a la Unión Soviética el control absoluto sobre la mayoría de los países del Este.

Roosevelt, quien confiaba en su capacidad de persuadir a Stalin, creyó que podría moderar las ambiciones soviéticas a través de la cooperación en la ONU. Sin embargo, su estrategia demostró ser ingenua. En cuestión de meses, los soviéticos consolidaron regímenes comunistas en Polonia, Checoslovaquia y otros países, incumpliendo los acuerdos de Yalta. Churchill, por su parte, pronto reconoció que la paz con Stalin era una ilusión y, en 1946, pronunció su famoso discurso sobre la “cortina de hierro”.

Las tensiones aumentaron rápidamente: el golpe de Estado comunista en Checoslovaquia (1948), el bloqueo de Berlín (1948-1949) y la guerra de Corea (1950-1953) confirmaron que la Guerra Fría era una realidad ineludible: en Yalta se empezó a gestar una rivalidad que perduró hasta la caída del Muro de Berlín.

Ocho décadas después, el impacto de esta conferencia sigue resonando.

Un impacto positivo es que la conferencia ayudó a establecer las Naciones Unidas, una institución que, con todas sus fallas, ha servido para evitar conflictos globales a gran escala. Además, la división de Alemania, si bien generó tensiones, también permitió su reconstrucción económica en Occidente y la eventual reunificación del país.

Sin embargo, el impacto negativo de Yalta para el mundo también fue enorme. Europa del Este sufrió décadas de represión bajo regímenes comunistas, y la división del mundo en bloques alimentó conflictos indirectos que acabaron en millones de muertos en Corea, Vietnam, Afganistán y América Latina.

Yalta demostró los riesgos de negociar con actores que no comparten principios democráticos, algo que sigue siendo relevante en la actualidad.

En los últimos días, en un giro geopolítico de gran calado, Donald Trump ha abierto un canal de negociación directo con Vladimir Putin para poner fin a la guerra en Ucrania, excluyendo tanto al gobierno ucraniano como a sus aliados europeos. Esta decisión ha despertado temores de que Estados Unidos pueda estar dispuesto a ceder esferas de influencia a Rusia, evocando inquietantes paralelismos con lo ocurrido en Yalta hace ocho décadas.

Las propuestas que han surgido—reconocimiento de los territorios ocupados por Rusia, restricciones a la capacidad militar ucraniana y un posible alivio de sanciones—parecen favorecer ampliamente a Moscú. Para Putin, el sueño de una “Yalta 2.0” podría estar cerca de concretarse. Trump, al insistir en un acuerdo precoz, podría estar cayendo en la misma trampa en la que cayó Roosevelt.

El mundo debe prepararse para un futuro incierto. Si la estrategia de Trump fracasa y Putin no se conforma con las concesiones iniciales, Europa podría verse arrastrada a un escenario similar al de la Guerra Fría: una Rusia cada vez más agresiva y una OTAN fracturada por la incertidumbre estratégica.

Ante la perspectiva de una política exterior estadounidense menos comprometida con la seguridad europea, el viejo continente podría verse obligado a acelerar su autonomía militar e, incluso, reconsiderar su capacidad disuasoria nuclear. Todo para evitar que Ucrania se convierta en la Polonia de 1945.

La historia, aunque no se repita al pie de la letra, muchas veces, tristemente, rima.

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