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Las armas bajan tan fácil del norte como sube la droga, y en la mitad quedan atrapados jóvenes sin brújula moral, seducidos por el dinero fácil de las pantallas.
El sueño americano siempre ha tenido sus bemoles, pero lo que pasa ahora en las fronteras y en las pantallas de muchos adolescentes en Estados Unidos ya no es un asunto de migración o falta de oportunidades. Es una mezcla tenaz de codicia, clics y pólvora. Un reciente reportaje de The New York Times puso el dedo en la llaga sobre una realidad que en Colombia conocemos de sobra, pero que allá apenas empiezan a procesar con asombro: adolescentes, apenas saliendo del colegio, metidos hasta el cuello en el tráfico de armas para los carteles mexicanos. El muchacho de los suburbios, el que se la pasa pegado a TikTok y tomando malteadas, terminó convertido en el proveedor logístico de las mafias más sanguinarias del continente.
La historia se repite con un libreto tristemente conocido por estas latitudes. El imán no es la ideología ni la necesidad extrema. El anzuelo es la cultura de la plata fácil, esa idea peligrosa de que si no se es rico a los veinte años, se fracasó en la vida. Estos jóvenes no entran al negocio ilegal cargando bultos en un muelle ni escondiéndose en callejones oscuros. Al contrario, todo lo hacen desde la comodidad de su habitación, con el aire acondicionado a tope y usando las redes sociales como si estuvieran vendiendo camisetas de fútbol o tenis de marca. Es el algoritmo del dinero rápido puesto al servicio de la muerte.
Para nadie es un secreto que conseguir un fusil en Estados Unidos es más fácil que sacar una cita médica. La combinación de leyes ridículamente permisivas en varios estados y la falta de control en las ventas privadas crea el escenario perfecto. Un adolescente con unos cuantos dólares en el bolsillo puede comprar armamento de alto calibre sin levantar mayores sospechas. Luego, lo único que necesita es entrar a un grupo cerrado de una aplicación de mensajería, contactar al enlace del cartel y coordinar la entrega. Por una vuelta que toma un par de horas, un muchacho puede ganarse miles de dólares. Una fortuna para alguien que todavía no sabe qué va a estudiar en la universidad o que ve con desprecio un trabajo de salario mínimo.
Lo verdaderamente aterrador de esta tendencia, que según las autoridades no hace más que crecer, es la desconexión total con la realidad. Las cifras de este oleoducto de metal son escalofriantes, pues se calcula que entre el 70% y el 80% de las armas confiscadas a los grupos criminales en México provienen directamente del mercado estadounidense. Hay un flujo estimado de unas 135.000 armas al año que cruzan la frontera hacia el sur. Para estos muchachos, que operan a través de chats encriptados de Telegram y WhatsApp, las armas son simple mercancía abstracta. No ven la sangre, no escuchan las balas en las calles de México, no entienden el dolor de las familias desplazadas. Para ellos todo es un juego virtual con recompensas reales en dólares contantes y sonantes. Es la ludificación del crimen organizado, donde los puntos acumulados se canjean por carros de lujo, ropa de diseñador y videos presumiendo con fajos de billetes en internet para ganar más seguidores.
El reportaje del diario neoyorquino nos obliga a mirar el espejo retrovisor. Durante décadas, el discurso oficial de Washington ha sido que Latinoamérica pone la droga y el caos, mientras ellos ponen los consumidores y las soluciones moralistas. Pero este fenómeno invierte la carga de la culpa de una manera brutal. Ahora resulta que el combustible de la violencia que desangra a México, y que salpica a toda la región, está siendo empacado y despachado por sus propios consentidos, por esos adolescentes criados en el corazón del sistema. El arma que le quita la vida a un policía o a un civil fue comprada en una tienda de Texas o Arizona por un muchacho que solo quería impresionar a sus amigos en Instagram.
¿Cómo se frena esto? No basta con cerrar cuentas de redes sociales ni con poner filtros en internet, porque la tecnología siempre va tres pasos adelante de las leyes. Aunque las autoridades federales en EE. UU. han empezado a aplicar herramientas penales más severas que exponen a estos menores a condenas de entre 15 y 25 años de prisión federal por actuar como “compradores prestanombres”, el problema de fondo es cultural y ético. Es esa alarmante erosión de valores donde el éxito se mide exclusivamente por la capacidad de consumo y donde el dinero rápido justifica cualquier atrocidad. Es la misma mentalidad mafiosa que tanto daño nos ha hecho en Colombia, esa que prefiere una vida corta pero lujosa a una larga de esfuerzo y honestidad, pero ahora operando con pasaporte estadounidense y tecnología de punta.
Ojalá este baño de realidad sirva para que en el norte entiendan que el narcotráfico y la violencia no son virus exóticos que se quedan del lado sur del Río Bravo. Las armas bajan tan fácil como sube la droga, y en la mitad quedan atrapados jóvenes sin brújula moral, seducidos por el dinero fácil de las pantallas. Al final del día, la codicia no tiene nacionalidad ni respeta fronteras, y si no se le pone freno desde las casas y los colegios, seguiremos viendo cómo una parte de la juventud se destruye a punta de clics y disparos.