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El fenómeno de los influencers

La política se parecerá cada vez más a lo que hoy hacen los influencers: pero no basta con ser popular o tener millones de seguidores, se tiene que tener una causa y demostrar trabajo de campo.

hace 1 hora
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  • El fenómeno de los influencers

En 2022 se instauró en los pasillos del Capitolio una nueva categoría de congresista: el influencer. Sorprendió a propios y extraños que el senador más votado por la Coalición Centro Esperanza, con 189.000 votos, fuera Jonathan Ferney Pulido Hernández, más conocido como Jota Pe: un youtuber que hasta el día de los resultados era un total desconocido en la opinión pública se convertía en una de las votaciones más grandes del Congreso, transformándose en una figura política relevante hasta el día de hoy, pues acaba de ser reelecto con una votación nuevamente superior a los 100.000 votos.

Para estas elecciones de 2026, es evidente que los partidos tomaron nota.

El Pacto Histórico fue el que más le apostó a esta estrategia: llevó a Wally, abogado y analista político en redes, a Amaranta Hank, activista, periodista y exactriz de cine para adultos, a Lalis, creadora de contenido político en Bogotá, a Hernán Muriel, comunicador conocido como “Cofradía para el cambio”, y a Daniel Monroy, activista digital afín al gobierno Petro, entre otros, en sus listas cerradas al Senado y la Cámara.

La Alianza por Colombia (Partido Verde + ASI + En Marcha) incluyó a Elefante Blanco (Luis Carlos Rúa), famoso por denunciar obras públicas abandonadas disfrazado de elefante, en la misma lista donde Jota Pe buscaba la reelección.

El Partido Liberal inscribió al Señor Biter, creador de contenido sobre tránsito y movilidad con millones de seguidores, para el Senado.

Cambio Radical le apostó a Felipe Saruma, uno de los influencers más grandes del país con más de 11 millones de seguidores en TikTok, en el Atlántico, y a Laura Gallego, abogada y exseñorita Antioquia famosa por una muy equivocada frase suya.

La coalición Ahora Colombia (MIRA + Nuevo Liberalismo + Dignidad y Compromiso) trajo al Dr. Rawdy, médico endocrinólogo y creador de contenido de salud con más de 7 millones de seguidores en TikTok, y al Profe Charles. El Frente Amplio inscribió a Alejo Vergel, abogado conocido por sus análisis políticos en redes, y a Beto Coral, que buscaba la curul de colombianos en el exterior.

El Partido Conservador llevó a Pechy Player, influencer viral por decir vulgaridades, y la U al narrador deportivo Javier Fernández, conocido como “el cantante del gol”.

El resultado podría llamarse agridulce. Del lado de los que lograron curul, la mayoría viene del Pacto Histórico, favorecidos por sus listas cerradas: Wally, Amaranta Hank, Lalis, Hernán Muriel y Daniel Monroy llegaron al Congreso. También lo hicieron Jota Pe, que consiguió la reelección, Elefante Blanco, con una de las votaciones más altas de su lista, y el Señor Biter por el Partido Liberal.

Pero la lista de quemados es más larga: Saruma, pese a sus millones de seguidores, se quedó corto en el Atlántico. Pechy Player no logró traducir su viralidad en votos. El Dr. Rawdy tampoco alcanzó curul. Laura Gallego se quemó en Antioquia. Javier Fernández quedó lejos en la lista de la U. Y Alejo Vergel y Beto Coral vieron cómo el Frente Amplio no pasó el umbral, arrastrando sus votos consigo.

La tentación es concluir que el fenómeno fue un espejismo: que tener millones de seguidores no sirve de nada y que la maquinaria partidista sigue pesando más que la viralidad. Pero esa lectura es incompleta.

Los influencers que sí lograron curul no fueron personalidades jocosas o simplemente virales, sino los que combinaron los nuevos canales de comunicación con contenido político de fondo. Elefante Blanco se hizo famoso denunciando obras abandonadas, una labor compatible con el control político del Congreso. El Señor Biter construyó un nicho alrededor de temas de tránsito y movilidad, hablándole con claridad a un electorado específico.

En cambio, Pechy Player, dedicado a la comedia y las vulgaridades, o Saruma, que antes de ser candidato jamás se había metido en política, fueron los grandes derrotados. El Dr. Rawdy tampoco logró traducir su audiencia en votos: ser famoso en redes no equivale a tener un discurso político que movilice.

La clave no está en ser o no ser influencer, sino en cómo se comunica la política. Y probablemente quien mejor lo ilustre ni siquiera es catalogado como tal. Daniel Briceño, la mayor sorpresa electoral de la jornada, pasó de hacer denuncias virales a partir del Secop a construir una base de voto de opinión que lo llevó primero al Concejo con más de 49.000 votos y ahora a la Cámara con más de 262.000, convirtiéndose en el congresista más votado de toda la elección, por encima incluso de los senadores. Su fórmula combinó el dominio de las redes con un discurso programático de austeridad y control a la corrupción, dentro de un partido con identidad ideológica como el Centro Democrático.

Lo que estos resultados sugieren es que la política se parecerá cada vez más a lo que hoy hacen los influencers: pero no basta con ser popular o tener millones de seguidores, se tiene que tener una causa y demostrar trabajo de campo. Los políticos que aspiren a captar voto de opinión tendrán que adaptarse o verse condenados al fracaso.

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