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El giro de Petro ante Trump

La pregunta esencial para el país no es si Petro traicionó convicciones ideológicas, sino si este giro traerá beneficios: inversión, cooperación, respaldo diplomático o avances en migración y seguridad.

hace 2 horas
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  • El giro de Petro ante Trump

El presidente Gustavo Petro pasó de gritar en las calles de Nueva York con un megáfono arengando a los soldados de ese país para que desobedecieran a Donald Trump, a visitar al mismo Trump en la Casa Blanca y salir de la cita haciendo una “V” de victoria con una mano, mientras con la otra sostenía el emblema del republicano: la gorra roja con la frase Make America Great Again.

Solo pasaron cuatro meses entre el Petro irritado, que con tono de profeta en rebelión acusaba en septiembre a Trump de amenaza imperial y lo comparaba con regímenes totalitarios; y el Petro sonriente de ayer, desbordado de entusiasmo, que salía radiante de su reunión en Washington.

Lo primero —y más relevante— es que la cumbre fue exitosa en términos diplomáticos: disipó la tensión creciente entre ambos mandatarios. El hecho de que salieran sonrientes y se dirigieran elogios mutuos es una buena noticia para las dos naciones.

Para Colombia, porque Estados Unidos ha sido históricamente un aliado estratégico. Y para Trump, porque en su esfuerzo por recuperar influencia sobre América Latina frente al avance de China y Rusia, sumar a Colombia es clave. De hecho, en apenas semanas, ha logrado dos golpes simbólicos: uno con fuerza —Maduro en Venezuela— y otro con diplomacia —Petro en Colombia—.

Con esta jugada, Trump añade además otro triunfo a su lista de conflictos diplomáticos resueltos, una lista que —aunque sus críticos digan que exagera— ya suma un número significativo tratándose apenas del primer año de su segundo mandato.

Este episodio se resolvió, más allá de la diplomacia tradicional, en el terreno simbólico. Trump —o su equipo— supieron leer con precisión un rasgo central en la personalidad de Petro: su necesidad de reconocimiento. Y le ofrecieron exactamente eso. La dedicatoria manuscrita en el libro The Art of the Deal (“You are great”) y el retrato enmarcado con otra frase hecha a la medida —“Gustavo: a great honor. I love Colombia”— tocaron la fibra que debían.

Tanto así que eso fue lo que Petro destacó en su cuenta de X tras salir de la reunión: el libro firmado y la foto dedicada. Prácticamente no habló de nada más. Como si esos objetos fueran los trofeos de guerra. El gesto confirmó así la eficacia del golpe de vanidad.

Petro incluso añadió una línea que parecía humorística, pero iba cargada de doble intención: “¿Qué me quiso decir Trump en esta dedicatoria? No entiendo mucho el inglés”. Una mezcla de picardía, falsa modestia y provocación burlona: el presidente juega a no entender, mientras se asegura de que todos lean y repitan el elogio.

Lo que no logró la Casa Blanca con amenazas comerciales o declaraciones altisonantes, lo consiguió el mismo Trump con una dedicatoria y un par de halagos: sumar a Petro a su órbita.

Este episodio también deja al descubierto el papel que jugó la paranoia presidencial en su desenlace. Petro llegó a declarar que temía una acción militar ordenada por Trump. Afirmó que se sintió “en peligro” y que esa sensación lo llevó a buscar una llamada directa con él. A ese temor se sumaron voces del petrismo más radical, que en redes sociales llegaron a pedir “cadenas de oración” para protegerlo.

Nada de eso ocurrió. Lo que sí ocurrió fue que Petro, vulnerable, le pidió una cita; y Trump se la concedió. No lo recibió como adversario, sino como aliado. Y Petro entró en el juego con entusiasmo. El miedo, no la estrategia, fue el motor inicial del giro.

Para alguien que construyó su carrera política desde la denuncia del poder imperial, posar sonriente con el ícono del nacionalismo estadounidense más agresivo debe ser un giro difícil de digerir. Aunque se le abona a Petro la genialidad de añadirle la “s” para cambiar el sentido de la frase: “Make Americas great again”.

La pregunta esencial para el país no es si Petro traicionó sus convicciones ideológicas —la política internacional rara vez se mueve en absolutos—, sino si este giro traerá beneficios reales: inversión, cooperación, respaldo diplomático o avances en migración y seguridad. Y hay que decir, y ambicionar, que lo ocurrido le sirve a Colombia. El solo hecho de que la relación bilateral se recompone ya es un paso gigante.

Nos deja, eso sí, una fotografía para la historia: el presidente colombiano, otrora crítico feroz del imperialismo, posando sonriente con un portarretratos dedicado por Trump que reza, sin ironía alguna: “You are great”.

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