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El legado de Greenspan

Su mayor logro fue consolidar el modelo de banca central independiente, técnica y celosa de su autonomía frente al Ejecutivo.

hace 1 hora
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  • El legado de Greenspan

Alan Greenspan, presidente de la poderosa Reserva Federal de Estados Unidos (FED) por más de 18 años y una de las figuras económicas más influyentes del mundo, murió a sus 100 años.

Su muerte nos da pie para reflexionar sobre varios paradigmas que han marcado la ruta del manejo económico de los estados modernos –en los cuales él fue determinante– justo en un momento como este en el cual el modelo de banca central y las metas de inflación podría estar en riesgo.

Greenspan dirigió una firma de pronósticos y asesoró a presidentes antes de que Ronald Reagan lo nombrara, en 1987, al frente de la FED, cargo que ocupo hasta 2006 bajo cuatro mandatarios. Buena parte del prestigio y la mística que hoy rodean a la FED se forjaron durante su gestión. La prensa lo bautizó “maestro” y “oráculo”, y sus intervenciones en el Congreso eran desmenuzadQas por inversionistas en busca de pistas. Llegó a ser considerado la segunda persona más poderosa del país, después del presidente.

Su mayor logro fue consolidar el modelo de banca central independiente, técnica y celosa de su autonomía frente al Ejecutivo. Greenspan logró llevar la inflación al 2% y mantenerla allí dos décadas, un periodo de estabilidad que bautizaron como la “gran moderación”. Bajo su mando, Estados Unidos vivió la que entonces fue la expansión económica más larga de su historia, entre 1991 y 2001.

Tomó decisiones que hoy se estudian como ejemplos de buen manejo. Apenas dos meses después de asumir, enfrentó el “lunes negro” de octubre de 1987 —cuando el mercado perdió más del 22% en una jornada— y calmó el pánico prometiendo inyectar toda la liquidez necesaria. Una década más tarde, su lectura de que la revolución tecnológica estaba elevando la productividad lo llevó a no subir las tasas pese a un desempleo en mínimos históricos. Esa intuición —hoy reivindicada por su sucesor, Kevin Warsh, para sostener que la inteligencia artificial podría repetir la hazaña— es quizás su legado intelectual más perdurable. A ella se sumó su papel apaciguador en la crisis asiática de 1997, el colapso de Long-Term Capital Management en 1998 y los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Pero su legado tiene una cara menos brillante. Tras el estallido de la burbuja puntocom y el 11 de septiembre, mantuvo las tasas en el 1% un año, temeroso de una deflación que nunca llegó. Muchos economistas sostienen que ese dinero barato, prolongado en exceso, ayudó a inflar la burbuja inmobiliaria que estalló en 2008. A ello se sumó su fe casi inquebrantable en la capacidad de los mercados para autorregularse, que lo llevó a oponerse a regular los derivados y a respaldar el desmonte de barreras erigidas desde la Gran Depresión.

El desenlace es conocido. Dos años después de su retiro, el sistema financiero estuvo al borde del colapso, con la quiebra de firmas como Lehman Brothers y la peor recesión desde los años treinta. Ante el Congreso, en octubre de 2008, Greenspan admitió estar en un “estado de incredulidad atónita” al comprobar que el interés propio de las entidades no había bastado para protegerlas. Una comisión oficial concluiría después que tres décadas de desregulación, promovidas por él y por otros, habían despojado al sistema de salvaguardas esenciales.

La reflexión la podemos aterrizar también en dos espejos de América Latina. En Perú, Julio Velarde lleva veinte años al frente del Banco Central, sobreviviendo a ocho presidentes. Analistas atribuyen a su sola permanencia la estabilidad del sol, la moneda peruana, y la inflación más baja de la región. Es, en cierto sentido, el reverso del modelo Greenspan: la autonomía técnica encarnada en una persona, con todos los riesgos que eso implica si esa persona se va.

Y por supuesto en Colombia hemos sido testigos del papel de la Junta del Banco de la República en la tarea de frenar los ímpetus populistas de los gobernantes. La Junta subió la tasa al 11,25% en marzo, el Gobierno abandonó la sesión, acusó a la Junta de actuar por intereses de la “oligarquía financiera” y llamó a manifestaciones en su contra. Leonardo Villar resistió en el Congreso con un lenguaje inusualmente directo para un banquero central. Pero en mayo, la Junta terminó votando por consenso mantener la tasa sin cambios —una pausa que JPMorgan calificó de “politización de la política monetaria”—. Más allá de que el Emisor resistió inusitados ataques del Presidente, también es cierto que por momentos mostró que incluso la autonomía mejor blindada constitucionalmente cede terreno, poco a poco, cuando el desgaste político es constante.

Hay algo revelador en que la muerte de Greenspan llegue justo cuando el modelo que ayudó a consolidar —una banca central independiente, técnica y enfocada en la estabilidad de precios— atraviesa su momento más frágil en décadas. La inflación que dejó la pandemia resquebrajó la “gran moderación”, y en Estados Unidos las presiones del presidente Trump sobre la FED, las investigaciones contra Jerome Powell y los intentos de remover a una de sus gobernadoras amenazan la autonomía que Greenspan defendió. Algo parecido a lo que vivimos hace poco en Colombia con el presidente Petro.

Habrá que ver si el modelo que encarnó sobrevive al embate. Por lo pronto, su arquitecto ya no está para defenderlo.

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