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Si la ciencia y la política refuerzan la llave que puede mejorar la salud, es vital que cada uno participe en la prevención tomando decisiones informadas respecto a la alimentación, el ejercicio y el sueño.
Ya que el inicio de cada año se convierte en momento de propósitos y buenas intenciones con respecto a nuestros hábitos y costumbres, vale la pena coger el toro por los cuernos y enfrentarse con conocimiento a una nueva realidad. Un reciente estudio internacional acaba de revelar que una mayor esperanza de vida como la que hemos tenido en las últimas décadas, no entraña más años de buena salud. Pero con un poco de esfuerzo, las cosas pueden cambiar.
Desde el bíblico Matusalén con sus 969 años hasta nuestros días, siempre ha existido el deseo de poder vivir más años, de extender nuestra presencia en la Tierra. Pues bien, una investigación llevada a cabo en 183 países a partir de datos recogidos durante dos décadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha demostrado que la esperanza de vida mundial aumentó en 6,5 años a lo largo de esos 20 años. Sin embargo, este aumento no se corresponde con un incremento equivalente de la esperanza de salud, lo que nos está llevando a vivir más años pero no con una buena calidad de vida.
En el mundo, la brecha media entre la esperanza de salud y la esperanza de vida es de 9,6 años, cuando el año 2000 era de 8,5 años, lo que supone un aumento del 13%, y la peor parte la llevan las mujeres. Hay evidencia documentada de que esta es una tendencia mundial que demuestra la necesidad de un cambio acelerado hacia sistemas de atención proactivos centrados en el bienestar. No solo en términos de políticas de Estado, sino de manera individual y proactiva.
En esta era de transición demográfica hacia la longevidad, la esperanza de vida ajustada en función de la salud se adopta cada vez más como una medida valiosa para realizar un seguimiento de la salud mundial. Lo que importa es el número de años que las personas viven libres de enfermedades, y no cuántos años sufren la carga de la enfermedad. Según las conclusiones de los investigadores, envejecer suele significar más años de vida cargados de enfermedades.
La cronología del envejecimiento no se da de manera lineal, como explica un estudio de la Universidad de Stanford. Al parecer, los relojes biológicos y cronológicos no están tan bien sincronizados y las personas envejecemos rápidamente en al menos dos etapas: a los 44 y a los 60 años. Se comprobó que durante la primera fase, a mediados de los 40, el organismo comienza a descomponer el alcohol y las grasas con menos eficacia. Mientras que a principios de los 60, se produce un rápido declive de la regulación inmunitaria, lo que explica la mayor vulnerabilidad a las enfermedades a partir de esa edad.
El estudio confirma así que un estilo de vida saludable es muy importante para el envejecimiento en general y que ciertas intervenciones sobre ese estilo de vida funcionan mejor a determinadas edades. No se trata de hacer grandes sacrificios imposibles de cumplir, sino pequeños cambios que al volverse rutina se internalizan más fácilmente, permanecen en el tiempo y contribuyen a una mejor calidad de vida en la vejez.
Y es que hay motivos para el optimismo. El 2024 fue un año de grandes avances e investigaciones médicas que aportan esperanza. Se consiguieron nuevos tratamientos y se realizaron estudios que pueden llegar a beneficiar la salud de las personas gracias a mejores diagnósticos, medicamentos y conocimientos.
La Inteligencia Artificial, que genera a veces tantas inquietudes, ha sido clave en la aparición de tratamientos personalizados para el cáncer que no necesariamente curan, pero que sí alargan la calidad de vida de los pacientes. De entre ellos destacan los que ya se han puesto en marcha para el cáncer de seno y el linfoma de Hodgkin que cambiaron la práctica de los lectores médicos.
La famosa semaglutida comercializada bajo el nombre de Ozempic o Wegovy, mostró que puede reducir los episodios cardiovasculares como el ictus y el infarto de miocardio, en adultos con enfermedades preexistentes. En el campo del VIH, que ha causado la muerte de unos 42 millones de personas en todo el mundo, se publicó un nuevo estudio que comprueba que dos inyecciones anuales resultan más eficaces que la píldora oral diaria para prevenir el virus.
Otro estudio sueco publicado este año descubrió que un análisis de sangre era preciso en un 90%, para determinar si una persona padece el mal de Alzhéimer. Esto podría hacer menos engorroso el proceso de diagnóstico de la enfermedad, ya que actualmente los pacientes necesitan una muestra de líquido cefalorraquídeo o un escáner PET para determinar si la padecen. Y además se aprobaron nuevos tratamientos que ralentizan el deterioro cognitivo.
Si la ciencia y la política refuerzan la llave que puede mejorar la salud de los ciudadanos, es vital que cada uno de nosotros participe en la prevención tomando decisiones informadas respecto a la alimentación, el ejercicio y el sueño, para que esas buenas intenciones que tenemos a principio de año se sostengan con el paso de los días.