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La batalla por el espíritu de la derecha

Independientemente de cómo evolucione esta confrontación, ojalá sobrevivan unos principios: la economía de mercado, la democracia liberal y la separación de poderes.

hace 4 horas
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  • La batalla por el espíritu de la derecha

Hace menos de un mes murió Lindsay Graham, senador por Carolina del Sur durante más de dos décadas. Pocos políticos encarnaron mejor la transformación reciente del Partido Republicano: escudero de John McCain y referente del republicanismo internacionalista, compitió contra Donald Trump en las primarias de 2016 y llegó a pedir su expulsión del partido. Una década después era uno de sus aliados más leales: el Make America Great Again de Trump transformó totalmente a la derecha estadounidense, haciéndola casi irreconocible a muchos de los principios que Reagan o los Bush habían promovido un par de décadas antes.

La trayectoria de Lindsay Graham condensa una tensión que hoy recorre al mundo político: la disputa entre la derecha tradicional —conservadora en lo social, pero liberal en el sentido clásico del término, con economía de mercado, libre comercio, multilateralismo y confianza en las instituciones tecnocráticas— y el advenimiento de una nueva derecha nacionalista, con prioridades distintas y tintes populistas.

Los ejemplos sobran. En el Reino Unido, el Reform UK de Nigel Farage amenaza con devorar a un Partido Conservador que gobernó 76 de los últimos 110 años. En Francia, el Rassemblement National de Marine Le Pen redujo a la marginalidad a Los Republicanos, herederos de De Gaulle que, con Jacques Chirac y Nicolas Sarkozy, todavía ponían presidentes en este siglo. En España, Vox le disputa la hegemonía al PP y, en Alemania, la AfD duplicó su votación en 2025 y se volvió la segunda fuerza del país. Según un análisis de The Economist, estos partidos ya son la familia política más votada de Europa, algo inédito en su historia moderna. El gran perdedor: la derecha y la centroderecha tradicionales del continente.

América Latina no se queda atrás en esta tendencia. Al contrario, escribe su propio capítulo a gran velocidad: desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, la derecha ha ganado la mayoría de elecciones presidenciales celebradas en la región. Pero no cualquier derecha: la que gobernó el continente entre finales del siglo XX y comienzos del XXI ha sido desbordada por fenómenos como el de Nayib Bukele en El Salvador, cuya guerra contra las pandillas lo convirtió en el político más popular de la región, o como el bolsonarismo, que sigue siendo la principal fuerza opositora en Brasil. El de Milei en Argentina, es un caso aparte: su movimiento libertario no es equiparable a los nacionalismos de otras latitudes, si bien comparten el estilo disruptivo y la batalla contra el establecimiento.

Colombia acaba de sumar el suyo. El triunfo de Abelardo de la Espriella —que se impuso desde la primera vuelta sobre Paloma Valencia y el Centro Democrático, es decir, sobre la derecha tradicional que ha dominado la política nacional en las últimas décadas, encarnada en el uribismo— confirmó que la ola que se siente en todo el mundo también pasa por aquí.

Esta semana, además, el CNE le otorgó personería jurídica a Defensores de la Patria. Si la decisión queda en firme ante el Consejo de Estado, el nuevo partido del presidente electo contará con financiación estatal y avales para las regionales de 2027: una alternativa en todo el país frente al Centro Democrático y a los demás partidos. En medio de una confrontación entre figuras de los dos movimientos que trasciende las redes —como lo mostraron las movidas que le dieron al senador uribista Honorio Henríquez la presidencia del Senado—, queda planteada la pregunta que definirá la política colombiana hacia adelante: ¿quién se quedará con el espíritu de la derecha?

Desde este 7 de agosto, el Ejecutivo estará en manos de esa “nueva derecha”. Pero la principal bancada de gobierno en el Congreso seguirá siendo el Centro Democrático, que mantiene como líder al expresidente Álvaro Uribe. Dos derechas condenadas a cohabitar.

Con todo eso, se ve como innecesaria la polémica salida de Paloma Valencia, que en la cumbre convocada estos últimos días por su partido afirmó que el suyo “no es un partido de derecha”, causando molestia adentro y afuera. El comentario, aunque malinterpretado, desnuda el dilema uribista: ¿competirle en su campo a de De la Espriella o desmarcarse?

Pretender no ser lo que se ha sido no parece el camino: el Centro Democrático ha sido la fuerza más relevante de la derecha colombiana en este siglo, y así se entienden muchos de sus electores. Pero el abelardismo sintonizó con otros símbolos y otras formas: es innegable la conexión que lograron el “Tigre” y la parafernalia de su campaña con el electorado.

Aun así, los “tres huevitos” de Uribe no han perdido vigencia frente a lo que el país necesita: seguridad ante el deterioro en las ciudades y en muchas regiones, confianza inversionista ante una economía que se desacelera, y cohesión social e inversión social, que siempre han sido prioridad. Todo, cimentado en un Estado de derecho y en instituciones liberales que lo hacen posible.

Independientemente de cómo evolucione esta confrontación, ojalá sobrevivan unos principios: la economía de mercado, la democracia liberal y la separación de poderes. Son valores de un “viejo orden” que hicieron de Colombia una de las democracias más estables del continente y que el país seguirá necesitando frente a los retos que tiene por delante. .

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