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Kompany, hoy entrenador del Bayern de Múnich, ofreció una verdadera cátedra al recordar que el racismo no puede combatirse con ambigüedades ni sanciones simbólicas.
Lamentablemente los escándalos de racismo aún no se han logrado erradicar del fútbol, y en particular del fútbol europeo. El más reciente episodio, contra el brasileño Vinicius, vuelve a avergonzar a este deporte en su más alta competencia en el viejo continente.
Pero lo que resulta interesante esta vez y que amerita detenernos a hacer una reflexión es ver lo que sí ha cambiado: el sabor que queda al final es que cada vez quienes incurren en actos racistas tienden a ser repudiados con más fortaleza por la sociedad.
Vincent Kompany, hoy entrenador del Bayern de Múnich, intervino con una claridad que merece ser destacada: ofreció una verdadera cátedra al recordar que el racismo no puede combatirse con ambigüedades ni con sanciones simbólicas. Subrayó que no se trata de proteger la imagen del espectáculo, sino la dignidad humana. Y fue más allá: planteó que el silencio cómplice y las justificaciones culturales son parte del problema.
El belga calificó como un “grave error” que, tras un episodio de esta naturaleza, el técnico del Benfica, José Mourino, haya atacado la personalidad del jugador que se declara víctima de racismo. Explicó que él estaba viendo el partido y que la reacción de quien se siente humillado “no se puede fingir” y advirtió que el liderazgo no consiste en proteger a toda costa la trinchera propia, sino en evitar el dolor ajeno. Desde su propia experiencia como víctima de cánticos racistas en su etapa como jugador, subrayó que relativizar estos hechos perpetúa el problema.
No fue el único referente que alzó la voz. Kylian Mbappé, otra figura indiscutida del fútbol mundial, fue aún más contundente. “Le he dicho racista porque lo pienso”, afirmó, refiriéndose al jugador del equipo portugués que le gritó “mono” a Vinicius. “Fue listo porque se escondió tras la camiseta para ocultar sus labios, pero la cara no miente. Este tipo de humano no es compañero de profesión. Estas cosas no las dejamos pasar”. E incluso pidió que al agresor no se le dejara seguir disputando la Champions League.
Hace exactamente 60 años nació el movimiento Black Power en Estados Unidos producto, en parte del asesinato de Malcom X. No se trataba de “dominar” a otros, sino de reivindicar dignidad, autonomía y orgullo para la comunidad afroamericana, en un contexto de racismo estructural, segregación y violencia. Los avances son evidentes: la llegada de Barack Obama a la Presidencia es sin duda uno de los más simbólicos.
Que dos grandes referentes del fútbol hoy en el mundo rechacen de manera contundente el acto racista no es menor. Mbappe, que por su juventud puede convertirse en el futbolista con mejor desempeño en los mundiales de todos los tiempos. Pero también, Kompany, el técnico que está haciendo brillar a la estrella colombiana Lucho Díaz como ningún otro lo había hecho antes.
El delantero del Real Madrid ha sido blanco recurrente de insultos racistas en distintos estadios de España. Sin embargo, esta vez la diferencia es que el insulto provino no de las barras bravas sino de otro jugador en la cancha. Y sobre todo, cuando la condena en contra del racismo proviene de voces de gran calibre, el mensaje adquiere una potencia que trasciende la coyuntura. Lo que antes se disfrazaba de “folclor” o “excesos de la pasión” hoy es señalado con claridad como lo que es: una expresión de odio inaceptable.
Se confirma una transformación cultural que, aunque lenta y dolorosa, es innegable: cada vez más, quienes incurren en actos racistas terminan aislados y socialmente repudiados, incluso por sectores que antes preferían relativizar o guardar silencio.
Estamos ante un cambio generacional. Las nuevas audiencias, más conectadas y menos tolerantes frente a la discriminación, amplifican la condena. Las redes sociales, pese a sus excesos, han servido para visibilizar abusos. Hoy, el costo reputacional para clubes, ligas y patrocinadores es real y creciente.
Ese es quizá el dato más esperanzador: el racismo comienza a ser socialmente inviable. Quien lo practica no solo ofende a la víctima, sino que se margina a sí mismo del consenso ético que sostiene a las sociedades democráticas.
El fútbol europeo enfrenta un dilema que también interpela a nuestras sociedades latinoamericanas. Por lo pronto ha dejado por fuera del próximo partido al jugador del Benfica implicado. La investigación de la UEFA dirá la última palabra en lo disciplinario. Pero si algo debe quedar claro es que la sanción, de comprobarse los hechos, ha de ser ejemplar. No por afán punitivo, sino por coherencia ética. El fútbol, espejo de nuestras sociedades, no puede permitirse ambigüedades frente a la discriminación. Hay que dar señales claras de que ni el fútbol ni la sociedad están dispuestos a retroceder en la defensa de la dignidad humana.
Colombia no está exenta de expresiones de discriminación racial o social. La experiencia internacional demuestra que cuando las autoridades deportivas aplican sanciones ejemplares —cierres de tribunas, multas sustanciales, identificaciones efectivas de agresores— el mensaje cala. Puede que no elimine de tajo el prejuicio, pero sí reduce su expresión pública y, sobre todo, deja claro que ni el odio, ni la discriminación, ni la impunidad se pueden seguir permitiendo. Se necesitan sanciones, no sólo simbólicas, sino drásticas.