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Por qué el deporte vale cada vez más

Pocas cosas pueden volverse más valiosas que esa incertidumbre auténtica: unos humanos de carne y hueso disputando un partido cuyo final nadie, ni siquiera la máquina más lista, conoce de antemano.

hace 3 horas
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  • Por qué el deporte vale cada vez más

Esta semana se conoció una operación que, de concretarse, será la más costosa en la historia del deporte. Los Lakers de Los Ángeles, la franquicia de Magic Johnson, Kobe y LeBron, fue vendido por US$12.500 millones. Dicho de otra manera: un equipo de baloncesto vale más que cualquier empresa listada en la bolsa colombiana, con las únicas excepciones de Nutresa, Ecopetrol y Bancolombia.

Pero quizá lo más interesante no sea cuánto vale hoy un equipo de baloncesto, sino por qué algunos de los inversionistas que mejor conocen el futuro tecnológico están dispuestos a pagar semejante cantidad por él. Los compradores son Joshua Kushner, del fondo Thrive Capital, y Bob Iger, expresidente de Disney. Kushner —hermano del yerno de Trump— se hizo rico apostando temprano por gigantes como Instagram y OpenAI.

La transacción es un récord en una industria que ya se viene acostumbrando a cifras que hace poco parecían impensables: supera los 9.600 millones pagados este año por los Seahawks, campeones del Super Bowl, y más que duplica lo que costaron en 2025 los Celtics de Boston. Cabe recordar que la NBA, la liga del baloncesto de Estados Unidos, genera tanto interés que hace poco vendió sus derechos de transmisión por US$76.000 millones a once años.

Más allá de la cifra, la noticia de los Lakers se enmarca en un fenómeno sumamente interesante que vive el deporte en los últimos años. Durante décadas los equipos fueron vistos como trofeos de familias y multimillonarios, comprados por pasión, o para exhibir que se podía tener uno, más que por rentabilidad: eran un lujo, no una inversión.

Eso ha venido cambiando. Solo entre 2019 y 2024, fondos de capital privado y otros actores de Wall Street invirtieron en el deporte más de US$55.000 millones, y hoy más de 70 equipos norteamericanos tienen accionistas de este estilo. El modelo de negocio, al menos en la teoría, es fácil de entender: las franquicias son escasas, finitas, porque las ligas son sistemas cerrados y parece casi imposible inventarse mañana una nueva NFL –la del fútbol americano– o una nueva NBA. Además, los contratos de televisión garantizan ingresos por años y los hinchas están entre los consumidores más leales que existen.

Hay, por supuesto, una pregunta incómoda detrás de semejantes valoraciones: si los equipos deportivos se han convertido en activos extraordinarios o si estamos contemplando una nueva burbuja. Pagar 12.500 millones de dólares por los Lakers supone apostar a que los derechos audiovisuales seguirán creciendo, que aparecerán nuevas fuentes de ingresos y que dentro de algunos años habrá otro inversionista dispuesto a pagar todavía más. La escasez protege el valor. Pero no vuelve racional cualquier precio.

El fútbol, el deporte más global, es la frontera más codiciada bajo esta lógica, y los estadounidenses ya se dieron cuenta: controlan más de 100 clubes europeos. Tanto es así que, recién concluido el Mundial más lucrativo de la historia, con ingresos cercanos a los 15.000 millones de dólares, Gianni Infantino propuso agrupar el negocio comercial de la FIFA, desde las transmisiones y los patrocinios hasta la organización de los Mundiales, en una nueva compañía valorada en 20.000 millones, y venderles el 20% a inversionistas liderados, precisamente, por Kushner. Tras las polémicas y el rechazo de la UEFA, el plan quedó sepultado. Pero fue quizás el mayor síntoma de la fiebre actual por los negocios del deporte: ¿por qué este súbito interés en apropiarse de algo que ha existido siempre?

Y aquí aparece quizá la hipótesis más fascinante detrás de esta fiebre. Tal vez Wall Street no esté comprando solamente deporte. Tal vez esté comprando escasez.

La inteligencia artificial está provocando una paradoja económica: cuanto mayor sea nuestra capacidad para producir contenidos, más valioso puede volverse aquello que no pueda producirse artificialmente. Mientras la IA produce en segundos videos, canciones y textos cada vez mejores, y ya golpea las valoraciones de industrias que por décadas parecieron invulnerables, los inversionistas se hacen la pregunta del millón. Cuando casi todo se pueda copiar sin límite, ¿qué seguirá siendo escaso? ¿Qué seguirá siendo valioso?

Probablemente no es casualidad que Thrive, uno de los principales accionistas de OpenAI, esté entre los compradores de los Lakers. No demuestra que la inteligencia artificial explique por sí sola la operación, pero sí permite verla como una apuesta por negocios especialmente resistentes a su disrupción.

Una inteligencia artificial podrá fabricar algún día una película extraordinaria sobre los Lakers. Podrá recrear digitalmente a Kobe Bryant jugando contra LeBron James. Incluso podrá producir un partido ficticio tan perfecto que resulte difícil distinguirlo de uno verdadero. Lo único que no podrá fabricar es un Lakers-Celtics cuyo resultado todavía no ha ocurrido.

En la era de la abundancia artificial, pocas cosas pueden volverse más valiosas que esa incertidumbre auténtica: unos humanos de carne y hueso disputando un partido cuyo final nadie, ni siquiera la máquina más lista, conoce de antemano.

Quizá por eso los que mejor conocen la tecnología están comprando lo que la tecnología no puede fabricar.

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