Hubo, alguna vez, una sola luna para la humanidad. Esa era nuestra Luna. La única. La plateada culpable de tantos romances. Decíamos que estaba hecha de queso pero conocimos que fue formada luego de una gran colisión entre la Tierra y un objeto del tamaño de Marte. Esta es la teoría más aceptada sobre su formación según cuenta Pablo Cuartas, profesor del pregrado de Astronomía de la Universidad de Antioquia y especialista en ciencias planetarias.
Julio Verne en sus historias envió a tres astronautas a explorarla y miles de astrónomos de carne y hueso apuntaron sus telescopios hacia ella desde el día en que el fabricante de vidrio Hans Lippershey patentara el primer telescopio en 1608. Dos años después Galileo registró por primera vez las cuatro lunas más gigantes de Júpiter. Y desde aquel momento la familia de este planeta gaseoso realmente ha crecido. Gracias a los poderosos nervios ópticos de los súper telescopios, monstruos de varios ojos supimos que Selene era solo una entre otras lunas...