Tatuajes que eternizan pasajes de la vida

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Publicado el 12 de agosto de 2018

Hacer de la piel un lienzo y exhibir con orgullo los detalles de la obra que allí se exprese, algunos de gran valor artístico y conceptual, no es decisión fácil ni es para todo el mundo.

Desde la más remota antigüedad, los seres humanos se han tatuado como prueba de identidad, poder, estatus, pertenencia o para conectarse con sus dioses y mantener viva la memoria sobre hechos y simbolismos cercanos. Claro que hay muchos otros motivos para marcar con tinta imborrable la piel.

Con la globalización, tal técnica o arte es cada vez más popular, superando en parte un pasado de satanización, vergüenza, aislamiento social y otros sellos discriminatorios con los que algunos sectores han señalado a quien se tatúa, comenta Róbinson Colorado, tatuador y dibujante.

Hoy algunos lo hacen por moda, imitando a un ídolo, filosofía de vida o en busca de reconocimiento en tribus urbanas, colectivos o actos de rebeldía frente a la familia y la sociedad.

Ángela Rave, ingeniera ambiental, apasionada por las flores, luce con orgullo las figuras de un extenso jardín en su cuerpo (ver recuadro).

“Claro que es doloroso, pero no deja de ser apasionante que mi cuerpo sea un lienzo en el que destacados artistas expresan su arte”, dice ella.

Colorado advierte que no se trata de un juego o experimentación a ver qué sale. La asepsia y el profesionalismo son claves para evitar cualquier problema posterior. La compenetración entre el tatuador y quien se hace el tatuaje es también fundamental para que el arte final alcance la dimensión, el sentido y la belleza esperada.

Cada pieza tiene un sentido y un simbolismo especial para quien se lo hace. Por ello, nada más absurdo que tatuarse con temas que pueden resultar pasajeros, como el nombre de un novio que acaba de llegar, dice Ana María Rojas, quien luego de hacerse pinchar con numerosas agujas su piel selló en la misma para siempre las figuras de sus mascotas.

Contexto

Les pedimos a nuestros lectores que nos mostraran las flores tatuadas en su piel y el resultado es sorprendente. Aquí puede verlo ➝ #HastaLaPielFlorece

Estas son algunas historias detrás de esos tatuajes.

Contexto de la Noticia

una vida entre flores

Difícilmente las expresiones de color, simbolismos asociados con él y otras formas de darles lustre a los sueños se extinguirán del cuerpo de Ángela (Angie) Rave. Es su piel un extenso lienzo que recrea, en casi todos sus detalles, un jardín de flores y figuras míticas dibujadas en un doloroso juego de agujas y colores que sellan para siempre los momentos de especial significado en su vida como algunos de esos tránsitos de la existencia en los que sabemos que nada diferente a la alegría sucederá u otros en los que la lengua de la tragedia se deleitará con la desesperanza, los miedos y la incertidumbre. A los 15 años la piel de Angie comenzó a ser tela para tatuadores. Hoy tiene 28 tatuajes, algunos de gran complejidad, que le han costado una fortuna.

Una de las temporadas más difíciles de su vida por el desempleo, sus responsabilidades como madre soltera y sin rumbo definido aparece representada en el tatuaje de un pensamiento, flor de la nostalgia, la misma que se le envía a alguien para decirle que lo extraña y que puesta sobre el pecho de quien se desea, mientras este duerme, logra el milagro de cruzar los caminos de los amantes.

Al instalarse en Santa Elena, el lugar que más ama en su vida, logró retomar su camino y brilló la luz de nuevos encuentros, flores, jardines y empleos. Por eso decidió simbolizar ese pasaje con el tatuaje de una flor de loto, esa que nace y crece en los pantanos y en medio del caos de la naturaleza, para personificar el renacer, la luz y la tranquilidad. El nombre de su hija María José, con un mensaje en inglés que traducido al español significa “hazlo por ella”, marca otro huella indeleble en su piel. A la niña le encanta la figura del Ave Fénix, ese animal mítico que muere en el fuego y renace de sus cenizas y que su madre tiene tatuado, muy cercano a la figura del zorro del Principito, el libro preferido por ambas. Angie se siente orgullosa de lucir en su cuerpo el arte de tatuadores de renombre como Caro Cortés o Brahian Sánchez, quien tatuó a James, el 10 de la Selección Colombia.

un san Joaquín para hallar la paz

Si un colibrí aleteara alrededor de Mar Valencia Alzate, uno pensaría que está viva la flor de San Joaquín, que tiene finamente tatuada en uno de sus brazos. Con este dibujo ella exorcizó un pasado de sufrimientos, privaciones y machismo. Pasó su infancia y adolescencia en un hogar marcado por la violencia intrafamiliar en Moravia, sector donde miles de familias han perdido toda esperanza de hallar una vida digna. La cantaleta, los gritos y las peleas eran pan diario entre sus padres. “Usted póngase a barrer, trapear y cocinar, para eso es mujer”, así sonaba el disco rayado en la boca de su padre. Pero Mar tenía otra visión del mundo. Estudió hasta noveno en el Colegio Fe y Alegría Luis Amigó, de Moravia, y terminó el bachillerato en el colegio de la Universidad Cooperativa, del Bosque, gracias a media beca que se ganó por buena estudiante. En séptimo grado chocó con su padre cuando este la quiso sacar del colegio. Al graduarse, la institución les regaló media beca a sus mejores cuatro bachilleres para que estudiaran en su universidad. “Ninguno pudo aprovecharla. De dónde iba a sacar uno $1.700.000 que valía el resto de la matrícula”. A sus 18 años dejó su hogar y buscó trabajo, decisión que a esa edad es casi que firmar un cheque en blanco para ser pobre el resto de la vida. Soñaba con ser médica, pero tal sueño, por falta de oportunidades, va en un curso de auxiliar de enfermería y otro de gerontología. A los 21 años tuvo una hija, Julieta. Ganó un concurso de capital semilla que le permitió crear un taller de artesanías y ahora trabaja como cajera en Artesanías de Colombia en el Mamm. Hace cuatro meses, en un repaso por los momentos maravillosos de su vida, recordó el jardín de san joaquines que había al frente del colegio de Moravia, allí huía de la violencia de su familia y pasaba las tardes, luego de salir del colegio, leyendo libros de la biblioteca. Recordó la belleza escarlata, rosada y naranja de un San Joaquín y decidió tatuarse una de esas flores para tenerlas vivas en su piel siempre. En otro tatuaje se lee el nombre de Julieta.

hizo de su brazo un jardín

Leydi Palacio tiene perfil de matrona, habla directo, con propiedad, inteligencia, decisión y con explosión en sus palabras. Desde joven soñaba con tatuarse flores, pero la satanización de este arte, al que han asociado con delincuentes, piratas y forajidos, le impedía dar el paso. Estudió artes plásticas en la Débora Arango y cosmetología en otras escuelas. Así creó un negocio que le permite dedicarle tiempo a su hija Isabel Zuluaga, de 12 años y, olvidarse del qué dirán si toca puertas en busca de oportunidades con su cuerpo tatuado. Inició hace cinco años tatuándose flores en su brazo izquierdo, el más cercano al corazón, en honor a su familia. El tulipán, su flor preferida, símbolo del amor perfecto, verdadero y leal representa a su hija en su piel. Su niña, conocedora de su pasión por las flores, en una de esas sorpresas que da la vida, le escribió una carta para decirle todo aquello que significaba para ella y la comparó con una hermosa rosa encendida. Este detalle la llevó a tatuarse una intensa rosa roja. “Esta rosa roja es mi ser”, dice Leydi. En ese mismo jardín de su piel aparece una orquídea cattleya, la más tradicional. Con ella da fuerza a la figura de una tía abuela, beata, quien siempre ha acompañado la familia. Leydi es consciente de que además de costoso, ya lleva más de tres millones de pesos invertidos en su mano izquierda, tatuarse resulta en extremo doloroso, pero como le sucede a la mayoría de quienes deciden hacer de su piel una pintura, esto se le convirtió una obsesión y ahora quiere colmar su espalda con esas figuras que nacen del arte del color y los pinchazos de las agujas. Otras flores en su mano simbolizan a su madre, exdirigente sindical; a sus sobrinos y su hermana. De su padre, Félix Palacio (q.e.p.d.), se tatuó su rostro. “Sé quién soy: una mujer berraca, independiente, trabajadora, libre y que ayuda a los demás”, así se define. Hace parte de un voluntariado que apoya a niños con discapacidad y acompaña, con cosmetología, a mujeres que son sometidas a procesos de quimioterapia.

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