Antioquia

Sin cacería, ¿cómo se va a controlar la expansión de los hipopótamos del Magdalena Medio?

El próximo ministro de Ambiente descartó continuar con el control letal de los hipopótamos. Fue un baldado de agua fría para los científicos que llevan décadas estudiando el problema.

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Periodista de la Universidad de Antioquia. Hago parte del área Metro e investigo temas de ambiente, ciencia y cultura.

hace 2 horas

En sus primeras declaraciones tras ser designado al frente del Ministerio de Ambiente del gobierno de Abelardo de la Espriella, Fabio Arjona fue categórico: no habrá control letal de los hipopótamos del Magdalena Medio.

“Para mí el control letal no va a ser una solución, hay que buscar otra solución más inteligente”, dijo el biólogo marino y exdirector de Conservación Internacional Colombia.

Sus palabras llegaron apenas tres meses después de que el gobierno de Gustavo Petro anunciara el inicio de un plan de eutanasia para 80 de los más de 200 ejemplares que hoy habitan el territorio nacional, una medida de última instancia para frenar una explosión demográfica que, según los modelos científicos, podría llevar la población a 1.000 individuos en 2035.

La historia de los hipopótamos colombianos empieza con su importación en 1981, cuando Pablo Escobar introdujo ilegalmente cuatro hipopótamos —un macho y tres hembras— para su zoológico privado en la Hacienda Nápoles, en Puerto Triunfo, junto a jirafas, cebras, camellos e incluso elefantes.

Tras su muerte en 1993, los animales quedaron sin vigilancia. Algunos llegaron a zoológicos del país, pero los hipopótamos lograron escapar antes.

Hicieron del Magdalena Medio su pantano propio: con alimento abundante, un clima estable durante todo el año y, sobre todo, sin ningún depredador natural, encontraron condiciones incluso mejores que las de sus ancestros africanos.

Lea más: Hipopótamos en el Magdalena Medio: aquí le explicamos con datos por qué son un peligro para comunidades y ecosistemas

El primer aviso que alertó sobre el problema que representaban llegó en 2007, cuando habitantes de la vereda Bodegas, en Puerto Berrío, reportaron la presencia de un hipopótamo joven y agresivo que atacaba pescadores e invadía fincas.

En ese momento se estimaban apenas 20 ejemplares y nadie actuó de fondo. Pocos conocían el riesgo que crecía en silencio: la población se expandía a una tasa de entre el 8 % y el 14 % anual, mientras que en África —donde la especie figura como vulnerable a la extinción— esa tasa ronda el 0%.

En 2009, el Ministerio de Ambiente autorizó la primera caza de control sobre un ejemplar adulto al que apodaron Pepe. La operación fue ejecutada por el Ejército y cazadores extranjeros, pero las fotografías del cuerpo del animal desataron tal repudio nacional e internacional que una jueza prohibió volver a autorizar ese tipo de acciones. Ahí comenzó el bloqueo que dura hasta hoy.

Desde entonces se probaron todas las alternativas posibles: confinamiento desde 2011, esterilizaciones quirúrgicas desde 2012, traslados a zoológicos colombianos desde 2013, gestiones de traslocación internacional desde 2018 e inmunocastraciones desde 2022.

El resultado, tras décadas de esfuerzos y miles de millones de pesos invertidos, es desalentador: apenas 35 animales esterilizados, 40 inmunocastrados y ninguno trasladado fuera del país. Solo se ha logrado intervenir a 75 ejemplares.

Su enorme tamaño, su gruesa piel y su capacidad semiacuática hace que solamente su captura sea una tarea titánica. Entre tanto, siguieron reproduciéndose.

Un censo de 2022 encontró 169 hipopótamos organizados en siete núcleos poblacionales que abarcaban 43.342 kilómetros cuadrados. Hoy se calculan entre 280 y 300 ejemplares.

Los contactos con organizaciones en México, Ecuador, Filipinas y la India naufragaron todos, víctimas de la burocracia, la falta de permisos CITES o la inestabilidad institucional del Ministerio.

La propuesta del empresario indio Anant Ambani de llevárselos a su santuario Vantara para evitar que se aplicara el control letal dentro del nuevo plan de manejo, aunque despertó tantas esperanzas entre quienes se oponen al control letal, aún permanece sin novedades.

En mayo de 2026, la ministra Irene Vélez anunció el plan de eutanasia: sacrificar 80 ejemplares al año mientras se intentaba la traslocación.

La medida fue formalizada mediante una circular con protocolos específicos y una inversión anunciada de más de 7.000 millones de pesos. Solo tres meses después, el próximo Ministro de Ambiente la descartó.

“Vamos a repetir la historia”

Para los científicos consultados por EL COLOMBIANO, la declaración del futuro ministro no solo ignora décadas de trabajo acumulado: repite exactamente el error que agravó la situación en primer lugar.

“Me parece un desacierto pretender sacar una de las acciones sin considerar que esto es un plan donde se complementan entre sí”, afirma Germán Jiménez, biólogo de la Universidad Javeriana y coautor de varios estudios sobre la especie en Colombia. “Cada día que pasa, cada mes, cada año, vuelve cualquiera de las alternativas más costosa y al mismo tiempo reduce las ventanas de tiempo”.

Jiménez, que lleva casi 30 años trabajando en conservación, advierte que el escenario que se avecina es conocido: “Vamos a recurrir otra vez a esterilizaciones, a intentar traslocaciones, a buscar quién se lleva los animales, y el tiempo sigue corriendo y los animales se siguen reproduciendo”.

Rafael Moreno, demógrafo animal que participó en el último censo y ha estudiado la especie durante casi dos décadas, es más directo: “Desde el punto de vista científico me parece que él está obviando el problema. No solo niega el conocimiento científico, niega los instrumentos administrativos y legales que construyeron los dos últimos gobiernos. Salir con una declaración tan irresponsable, yo no la comparto”.

Moreno advierte además que el problema ya desbordó los límites de Antioquia. “No es solo de Puerto Triunfo. Es un problema que ya afecta a Boyacá, Santander y seguramente en los próximos años va a empezar a afectar departamentos del norte como Cesar”.

Entérese: “No habrá control letal con los hipopótamos del Magdalena Medio”: nuevo Minambiente

Más allá de los que él menciona, también se han registrado ejemplares descendiendo por el río Magdalena hasta la depresión momposina en el departamento de Bolívar, una vasta llanura aluvial de más de 24.600 km² que imita a la perfección el hábitat africano: aguas cálidas para el refugio diurno y vegetación ribereña que les provee alimento ilimitado.

Su llegada a esa zona representa un riesgo de reproducción descontrolada en un territorio donde la intervención sería aún más difícil.

Esa expansión amenaza ecosistemas frágiles, hogar de especies endémicas y amenazadas como el manatí antillano y la tortuga morrocoy.

Los hipopótamos alterarían la calidad del agua, competirían por alimento con otras especies y terminarían por desplazarlas. Su impacto como “ingenieros naturales” —animales que transforman profundamente el entorno donde habitan— modificaría el territorio de maneras que la ciencia aún no ha podido dimensionar por completo.

David Echeverri, biólogo y jefe de la oficina de gestión de la biodiversidad de Cornare —la entidad más avanzada en el manejo de esta especie en el terreno—, es más cauto en sus palabras pero igualmente claro: “Lo que habrá que ver es qué otras alternativas se pueden contemplar, pero no se puede dejar que esos animales se continúen reproduciendo porque la problemática no va a tener fin”.

Él explica que el plan de manejo no tiene una única opción sino que son varias alternativas conjuntas. Los otros científicos consultados también aclaran que la eutanasia no es la única medida a aplicarse, sino la decisión que se tomó como última medida para contener el crecimiento poblacional de estos animales.

¿Hay alternativas?

Arjona habló de buscar “una solución más inteligente”. Pero las otras opciones disponibles —traslocación, esterilización, confinamiento— llevan décadas demostrando que por sí solas no alcanzan.

Las traslocaciones solo han tenido éxito a nivel nacional, además han sido lentas y costosas. La primera solicitud CITES hacia Ecuador, donde el zoológico Pantanal de Guayaquil estaba dispuesto a recibir dos ejemplares, sigue sin resolverse. México rechazó una solicitud argumentando que la llegada de los animales pondría en riesgo su propia biodiversidad.

El proceso legal para exportar un hipopótamo puede tomar años. Jiménez estima que un traslado masivo costaría al menos 5 millones de dólares solo en captura. Y en un vuelo de 26 a 28 horas hacia la India, puede morir hasta el 50% de los animales por el estrés y las complicaciones de la anestesia.

El confinamiento, por su parte, implicaría costos veterinarios y alimenticios sostenidos durante décadas —un hipopótamo adulto puede comer hasta 60 kilos de hierba diarios— y generaría un debate ético sobre el uso de recursos públicos para mantener a una especie invasora mientras las nativas enfrentan amenazas de extinción sin financiación.

“Si no funciona ninguna de las alternativas, no se puede descartar de plano el control letal”, dice Echeverri. Jiménez lo pone en números: “Si empezamos mañana juiciosamente con un plan completo, esto tomaría mínimo 40 años. Si seguimos esperando, nos vamos a 80 o 100 años”.

¿Por qué nadie recibe a los hipopótamos?

Si bien zoológicos y santuarios de otros países han manifestado disposición para recibir a los hipopótamos colombianos, dos obstáculos se interponen.

El primero es jurídico: la mayoría de los países que podrían recibirlos han firmado el Convenio de Diversidad Biológica y la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), a través de la cual se tramitan las solicitudes de traslado.

Estas suelen ser rechazadas porque los hipopótamos representan una amenaza para la conservación de las especies propias de cada país receptor. ¿Y por qué en África, en donde es especie natural, no los reciben? Ese es el otro.

Los hipopótamos de Colombia son hijos de relaciones endogámicas, lo que ha degradado su calidad genética. Introducirlos en poblaciones africanas podría contaminarlas y enfermarlas, justo cuando la especie ya son vulnerable a la extinción en ese continente.

Una olla a presión calentándose

Mientras el debate se libra en Bogotá, en Puerto Triunfo no da espera. En 2020, el campesino Luis Enrique Díaz fue tomado entre las fauces de un hipopótamo, estrujado y soltado con los huesos rotos; no pudo volver a trabajar.

En 2021, John Saldarriaga protagonizó un caso similar que fue noticia nacional. En 2023 y 2024 se registraron dos ataques más, el último de los cuales dejó a una joven con una larga hospitalización. El municipio, que concentra el 65% de la población de hipopótamos, ya enfrenta demandas por responsabilidad civil extracontractual.

“Tengo que pensar en una responsabilidad y hablar desde la razón, más no desde el sentimiento”, dice el alcalde Franklin Portillo. Es un municipio de categoría sexta, sin los recursos para enfrentar una problemática que ni el Ministerio ha podido resolver.

La contradicción que vive Puerto Triunfo ilustra bien la complejidad del asunto: más de 300 emprendimientos locales dependen del avistamiento de hipopótamos, hay rutas turísticas, souvenirs y una identidad construida alrededor de estos animales.

Pero también hay escuelas que han tenido que cerrar ante su presencia, choques con vehículos, cultivos dañados y pescadores desplazados.

Sobre esta noticia: Manatí y otras especies en peligro por hipopótamos en el Magdalena Medio

Razones políticas más que científicas

Para Jiménez, la decisión de Arjona tiene una explicación que va más allá de lo técnico. “De manera indudable se está congraciando con unos grupos desde la perspectiva política. Eso siempre ha estado salpicado del tema político”. Moreno lo dice más cortante: “No sé si es ignorancia del señor o es una estrategia política”.

Lo que más preocupa a Moreno es el efecto cascada. Una declaración así puede enviar una señal equivocada sobre el manejo de otras especies invasoras.

El caracol africano, cuya presencia ya generó una alerta en el Valle de Aburrá, es el ejemplo más cercano. Su proliferación está vinculada a enfermedades graves como inflamaciones cerebrales, infecciones intestinales y bronquitis, y el plan de manejo del Área Metropolitana también contempla control letal.

Cornare no ha recibido los 7.000 millones anunciados por el gobierno anterior y espera trabajar “de manera armónica” con el nuevo ministro. Pero el margen de maniobra se estrecha con cada temporada de lluvias, época en la que nacen los hipopótamos.

Mientras el debate se extiende y los gobiernos riñen en el empalme, los hipopótamos siguen expandiendo su territorio. Los científicos son unánimes: la situación es demasiado urgente para seguir esperando a que alguien, desde algún escritorio en Bogotá, decida por fin qué hacer con los gigantes que Escobar dejó como herencia.

Bloque de preguntas y respuestas

¿Hacia qué nuevas regiones de Colombia se están expandiendo los hipopotamos?
El problema ya desbordó a Antioquia y afecta a Boyacá y Santander. Los científicos alertan que los hipopótamos están descendiendo por el río Magdalena hacia Cesar y la depresión momposina en el departamento de Bolívar, un ecosistema aluvial de 24.600 $km^2$ que imita a la perfección su hábitat africano y donde rastrearlos sería casi imposible.
¿Cuántos hipopótamos hay actualmente en Colombia y cuál es su proyección?
Se calcula que actualmente habitan entre 280 y 300 ejemplares en el territorio nacional, concentrados principalmente en Puerto Triunfo (Antioquia). Los modelos científicos advierten que la población crece a una tasa de entre el 8 % y el 14 % anual, lo que podría elevar la cifra a 1.000 individuos para el año 2035 si no se interviene
¿Por qué los países u organizaciones internacionales no reciben a los hipopótamos colombianos?
Genética: Los hipopótamos de Colombia sufren de alta endogamia (degradación genética por reproducirse entre parientes). Introducirlos en África podría enfermar o contaminar los genes de las poblaciones salvajes ancestrales.
¿Qué alternativas no letales se han intentado y por qué han fracasado?
Durante décadas se han invertido miles de millones de pesos en confinamiento, esterilizaciones quirúrgicas, traslados locales e inmunocastraciones. Sin embargo, solo se ha logrado intervenir a 75 ejemplares (35 esterilizados y 40 inmunocastrados). Capturarlos es una tarea titánica debido a su tamaño, su piel gruesa y su comportamiento agresivo, por lo que el ritmo de reproducción supera por completo la velocidad de las cirugías.