Medellín

La inspiradora vida de Donny: del desastre de Gramalote a liderar una productora de rap en Medellín

Donny Leal es uno de los protagonistas de El juego de la vida, un documental que se estrena el 7 de mayo y sigue durante 14 años a cinco familias que intentan superar la pobreza en el país.

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Periodista de la Universidad de Antioquia. Hago parte del área Metro e investigo temas de ambiente, ciencia y cultura.

hace 47 minutos

La infancia de Donny Leal se fragmentó junto con las casas, las calles y la iglesia del pequeño municipio de Gramalote, en el Norte de Santander, cuando la tierra se lo tragó en 2010, el año en que Colombia vivió las peores inundaciones y deslizamientos de su memoria reciente. Pese a las adversidades y a las peripecias que le tocó vivir, se abrió paso en la industria musical, se volvió un rapero reconocido y hoy lidera su propia productora en Medellín.

La historia de Donny y su mamá Mildred trascendió los escenarios y llegará a la pantalla grande. Ambos son protagonistas de El juego de la vida, un documental dirigido por Andrés Ruiz que se estrenará el 7 de mayo y que es el resultado de más de diez años de investigación de la Universidad de los Andes sobre la pobreza y sus trampas en el país.

Volvamos a Donny. Tenía apenas 10 años cuando sintió el suelo rasgarse bajo sus pies. La falla geológica sobre la que fue construido el pueblo se activó con un sismo cercano, y las lluvias de La Niña terminaron por despertar el hambre de la tierra. De ese diciembre le quedó grabado un crujir que no callaba, el estruendo de las ceibas al caer y la sirena que nunca supo que existía hasta que la escuchó retumbar por todas sus calles.

Aunque la alerta oficial tardó en llegar, los vecinos ya percibían que algo grave se acercaba. Donny recuerda que el 6 de diciembre, antes de la noche de velitas, su mamá lo mandó a la tienda a comprar huevos. Las calles estaban casi desiertas y en medio de la noche vio a un hombre que cojeaba salir de la oscuridad, corriendo como si intentara huir de algo. Era el personero. Al cruzarse con el niño, le dijo:

—Mijo, dígale a su mamá que viene una avalancha.

Sin pensarlo, Donny corrió a casa a advertirle a su mamá. Toda la familia salió de la casa con miedo y se encontraron, en la calle, a todos los vecinos expectantes, aferrados a sus cobijas, hasta que anunciaron que era una falsa alarma. Pero el niño desconfió: los funcionarios de la alcaldía estaban desalojando el pueblo en silencio.

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Los días siguientes flotaba sobre las casas una espesa incertidumbre. Rafael Leal, un tío de Donny, se paraba cada mañana en su terraza a mirar la montaña de su trapiche y le repetía a Mildred que se estaba moviendo, un poco más cada día. El 16 de diciembre, mientras los niños jugaban en unas máquinas de arcade, ella y Rafael fueron a revisar una cañada que olía a azufre. Al regresar, decidió que esa noche todos dormirían juntos.

En la madrugada, a las 2 de la mañana, una peluquera que vivía a tres casas tocó su puerta: el pueblo se estaba cayendo, ya habían colapsado las primeras casas. La familia salió y encontró la misma escena de días atrás: vecinos en la calle, abrazando cobijas, esperando en silencio.

Se quedaron despiertos hasta las 5 de la mañana, hora de la misa de aguinaldos. En el parque ya había familias enteras tiradas en el suelo, en cambuches improvisados, con la ropa que habían alcanzado a sacar. La misa transcurrió con relativa calma hasta que, al final, el párroco tomó el micrófono y declaró la alerta roja. En ese instante sonaron las alarmas y comenzó el caos: vecinos intentando sacar sus pertenencias, cargueros que subieron sus tarifas hasta tres millones de pesos, la policía evacuando y una multitud desbordada y en pánico. El trabajo de generaciones desaparecía lentamente con el crepitar de la tierra.

La familia Leal fue a ver las primeras casas caídas y las encontraron aplastadas, como si una mano las hubiera cerrado en un puño.

Mildred les ordenó a sus hijos coger cobijas, un par de camisas y caminar hasta la salida del pueblo. Desde allí vieron el trapiche de Rafael desprenderse como si una serpiente bajo la tierra tumbara todo a su paso.

De Gramalote quedaron solo pedazos. La torre de la iglesia principal sigue en pie, paralizada en aquella madrugada, como esperando una brisa que termine de derrumbar lo que resta. Esa fue la última vez que Donny vio su pueblo intacto. Un año después regresó y encontró su cama, con el mismo tendido que tenía puesto esa noche, aplastada bajo las escaleras de lo que alguna vez fue su casa. La impotencia de no poder mover un muro le reveló una verdad amarga: el pueblo ya no existía y él, junto a su familia, era un desplazado en una Cúcuta que los recibía entre el desprecio y la lástima. “Cuando se acabó Gramalote, la infancia ya no fue la misma”, dice.

Aunque esa raíz con su pueblo fue cercenada, en el albergue de desplazados de La Palestina, Donny echó una nueva cepa. El rap llegó como un amor a primer oído en 2009, cuando escuchó a tres jóvenes en el parque de Gramalote cantar La hierba del rey, de Morodo. Empezó a escuchar sin parar, escribió sus propios versos y los cantaba escondiéndose de las miradas. Era un niño introvertido, pero en el ritmo y las rimas encontró un plan de fuga de la realidad que lo agobiaba.

En los albergues, rodeado de niños que vivían lo mismo, Donny se fue soltando: el rap le dio la libertad de decir lo que le dolía sin adornos.

Un día llegó al albergue un programa de 5ta con 5ta Crew, con el rapero MC Kno. Donny le mostró lo que hacía y se quedó con su número. Tiempo después, cuando compuso una canción, lo llamó para pedirle que se la grabara. MC Kno le dijo que todo tenía un precio: $20.000. Donny ahorró de a $500 del dinero que su mamá le daba para el descanso en el colegio, hasta reunir la suma. Cada moneda guardada era un hambre pequeña a cambio de un sueño más grande. Grabar ese primer tema fue el punto de no retorno: entendió que podía crear su propia realidad.

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En 2013, ya conocido como el niño rapero de Gramalote, el Fondo de Adaptación lo invitó a la Casa de Nariño para cantarle Gramalote Vive al presidente Juan Manuel Santos, una canción que compuso junto a otros jóvenes que vivieron la tragedia: “Una cruda enseñanza quedó escrita en los murales; hoy no hay ricos, hoy no hay pobres, hoy todos somos iguales”. Tres años después, fue él quien presentó la canción cuando Santos fue a inaugurar el Nuevo Gramalote, en 2016.

Esos espaldarazos impulsaron su carrera, pero fue su propia persistencia la que conquistó a Cúcuta, una ciudad que poco sabía de hip-hop. Sus conciertos llegaron a convocar 300 personas con boleta pagada. Entonces decidió expandirse y en 2019 se fue a Bogotá. Sin embargo, la pandemia lo atrapó y tuvo que trabajar en una bodega, donde el tiempo entre el trabajo y el transporte comenzó a disolver sus sueños. Esa angustia la convirtió en canción: Don’t Cry, donde escribió: “Solo resisto, insisto y me digo listo, debo trabajar por meses para poder pagar el disco”.

A lo largo de su carrera había aprendido de forma autodidacta la producción audiovisual para no depender de nadie y registrar su propia obra. Fue precisamente ese oficio el que le abrió una puerta: a finales de 2019, un amigo del sector cultural de Cúcuta lo contrató para un trabajo audiovisual cuyo pago equivalía a seis meses de trabajo en la bodega. Se dijo a sí mismo que valía la pena intentarlo.

En 2022 llegó a Medellín, atraído por un ecosistema musical industrializado y exigente, con la certeza de que tendría que ganarse cada milímetro de sus calles graffiteadas. Llegó a vivir con MC Kno durante los primeros meses y comenzó a conocer la escena de vieja guardia del rap en la ciudad. Recorre la capital antioqueña con una mentalidad de sobrevivencia y disciplina. “Medellín no regala aplausos”, dice. Ha tenido que lidiar con el regionalismo y las envidias del gremio, pero su trayectoria —dos álbumes de larga duración, Estados de ánimo (2016) y Lúcido (2023), y dos EPs, Letargo (2024) y Soliloquio, actualmente en lanzamiento— le ha servido de escudo. Hoy lidera su propia productora audiovisual, Desde Mi Óptica (DMO Prod), fundada en 2020, y produce videos para artistas de Colombia y otros países. Sigue viendo el rap como su forma de respirar. “El rap ha sido como un chaleco antibalas”, afirma.

De aquel niño que vio desaparecer su pueblo bajo el lodo queda la constancia. Medellín es hoy su base, el lugar desde donde proyecta su futuro, convencido de que, aunque el camino del arte sea agotador, la vida premia a quien no se queda quieto. Su historia se verá en El juego de la vida.

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